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viernes, 22 de febrero de 2019

Diálogo entre Jorge Luis Borges y Juan Rulfo

Rulfo: Maestro, soy yo, Rulfo. Que bueno que ya llegó. Usted sabe como lo estimamos y lo admiramos.

Borges: Finalmente, Rulfo. Ya no puedo ver un país, pero lo puedo escuchar. Y escucho tanta amabilidad. Ya había olvidado la verdadera dimensión de esta gran costumbre. Pero no me llame Borges y menos «maestro», dígame Jorge Luis.

Rulfo: Qué amable. Usted dígame entonces Juan.

Borges: Le voy a ser sincero. Me gusta más Juan que Jorge Luis, con sus cuatro letras tan breves y tan definitivas. La brevedad ha sido siempre una de mis predilecciones.

Rulfo: No, eso sí que no. Juan cualquiera, pero Jorge Luis, sólo Borges.

Borges: Usted tan atento como siempre. Dígame, ¿cómo ha estado últimamente?

Rulfo: ¿Yo? Pues muriéndome, muriéndome por ahí.

Borges: Entonces no le ha ido tan mal.

Rulfo: ¿Cómo así?

Borges: Imagínese, don Juan, lo desdichado que seríamos si fuéramos inmortales.

Rulfo: Sí, verdad. Después anda uno por ahí muerto haciendo como si estuviera uno vivo.

sábado, 24 de diciembre de 2016

Un deseo - Víctor Hugo

Te deseo primero que ames,
y que amando, también seas amado.
Y que, de no ser así, seas breve en olvidar
y que después de olvidar, no guardes rencores.
Deseo, pues, que no sea así, pero que sí es,
sepas ser sin desesperar.

Te deseo también que tengas amigos,
y que, incluso malos e inconsecuentes
sean valientes y fieles, y que por lo menos
haya uno en quien confiar sin dudar.

Y porque la vida es así,
te deseo también que tengas enemigos.
Ni muchos ni pocos, en la medida exacta,
para que, algunas veces, te cuestiones
tus propias certezas. Y que entre ellos,
haya por lo menos uno que sea justo,
para que no te sientas demasiado seguro

Te deseo además que seas útil,
más no insustituible.
Y que en los momentos malos,
cuando no quede más nada,
esa utilidad sea suficiente
para mantenerte en pie.

Igualmente, te deseo que seas tolerante,
no con los que se equivocan poco,
porque eso es fácil, sino con los que
se equivocan mucho e irremediablemente,
y que haciendo buen uso de esa tolerancia,
sirvas de ejemplo a otros.

Te deseo que siendo joven no
madures demasiado de prisa,
y que ya maduro, no insistas en rejuvenecer,
y que siendo viejo no te dediques al desespero.
Porque cada edad tiene su placer
y su dolor y es necesario dejar
que fluyan entre nosotros.

Te deseo de paso que seas triste.
No todo el año, sino apenas un día.
Pero que en ese día descubras
que la risa diaria es buena, que la risa
habitual es sosa y la risa constante es malsana.

Te deseo que descubras,
con urgencia máxima, por encima
y a pesar de todo, que existen,
y que te rodean, seres oprimidos,
tratados con injusticia y personas infelices.

Te deseo que acaricies un gato,
alimentes a un pájaro y oigas a un jilguero
erguir triunfante su canto matinal,
porque de esta manera,
te sentirás bien por nada.

Deseo también que plantes una semilla,
por más minúscula que sea, y la
acompañes en su crecimiento,
para que descubras de cuántas vidas
está hecho un árbol.

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez
por año pongas algo de ese
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Te deseo también que ninguno
de tus defectos muera, pero que si
muere alguno, puedas llorar
sin lamentarte y sufrir sin sentirte culpable.

Te deseo por fin que, siendo hombre,
tengas una buena mujer, y que siendo
mujer, tengas un buen hombre,
mañana y al día siguiente, y que cuando
estén exhaustos y sonrientes,
hablen sobre amor para recomenzar.

Si todas estas cosas llegaran a pasar,
no tengo más nada que desearte.

sábado, 9 de julio de 2016

De Jorge Luis Borges

que, alto en el alba de una plaza desierta,
rige un corcel de bronce por el tiempo,
ni los otros que miran desde el mármol,
ni los que prodigaron su bélica ceniza
por los campos de América
o dejaron un verso o una hazaña
o la memoria de una vida cabal
en el justo ejercicio de los días.
Nadie es la patria. Ni siquiera los símbolos.

Nadie es la patria. Ni siquiera el tiempo
cargado de batallas, de espadas y de éxodos
y de la lenta población de regiones
que lindan con la aurora y el ocaso,
y de rostros que van envejeciendo
en los espejos que se empañan
y de sufridas agonías anónimas
que duran hasta el alba
y de la telaraña de la lluvia
sobre negros jardines.

La patria, amigos, es un acto perpetuo
como el perpetuo mundo. (Si el Eterno
Espectador dejara de soñarnos
un solo instante, nos fulminaría,
blanco y brusco relámpago, Su olvido.)
Nadie es la patria, pero todos debemos
ser dignos del antiguo juramento
que prestaron aquellos caballeros
de ser lo que ignoraban, argentinos,
de ser lo que serían por el hecho
de haber jurado en esa vieja casa.
Somos el porvenir de esos varones,
la justificación de aquellos muertos;
nuestro deber es la gloriosa carga
que a nuestra sombra legan esas sombras
que debemos salvar.

Nadie es la patria, pero todos lo somos.
Arda en mi pecho y en el vuestro, incesante,
ese límpido fuego misterioso.

Jorge Luis Borges 1966

miércoles, 22 de junio de 2016

Cómo se hace una masa: escribir es seguir hasta terminar

Carolina Aguirre

PARA LA NACION

Domingo 19 de junio de 2016

Cuando te dedicás a escribir, todos los días viene alguien a contarte que tiene un relato, una novela o un guión que por esas cosas de la vida nunca terminó. Los motivos para haberlo empezado son variados. Está el que quiso escribir porque tenía una buena idea, el que lo hizo porque le gusta mucho, el que creció fascinado con la figura del escritor, el que necesita desahogarse en la hoja en blanco. Las razones para no terminarla también son disímiles: falta de tiempo, demanda familiar, un trabajo agotador, o un desinterés que no saben explicar del todo. Lo único que los une es una novela inconclusa guardada en un cajón.

Empezar a escribir es fácil porque es el momento más feliz del proceso: tenés una idea, te imaginás las escenas, sos pura ilusión. Y es fácil porque no hay nada más simple que meterse en problemas. Una mujer casada se enamora de otra persona. Un hombre descubre una estafa en la empresa en la que trabaja y queda involucrado. Un niño ve un asesinato por error. Un héroe recibe la misión pero pierde su amuleto. Un deportista tiene una enfermedad incurable en lo mejor de su carrera. Cualquiera puede ser un buen argumento porque lo difícil no es armar el lío sino deshacerlo. La vida es así. Todos sabemos tomar un mal camino, meternos en una relación espantosa, o endeudarnos hasta el cuello. Lo que pocos saben es salir. Y ser escritor es eso. Saber cómo salir del barro, no cómo meterse adentro.

La primera vez que entendí algo de esto fue a los ocho años. En esa época yo estaba decidida a ser artista plástica. Mi papá me había comprado lápices acuarelables y una resma de hojas A4. Todas las tardes, al volver del colegio, me encerraba en mi cuarto a dibujar. Estaba decidida a tener una carrera en las artes así que pasaba días practicando ahí adentro. Agarraba una hoja atrás de otra y ensayaba minuciosamente la cara de un caballo, el cuello de una mujer, un paisaje alpino, pero apenas cometía un error tiraba la hoja y empezaba de nuevo. A la noche juntaba decenas de bollos de papel del piso y al día siguiente empezaba de nuevo.

A los ocho me llevaron a mi primer concurso de manchas. Lo organizaba una automotriz y la única condición era que el dibujo incluyera un auto. Me dieron una hoja con el logo de la marca, materiales, y me sentaron en una mesa con otros chicos. Tenía dos horas para dibujar. Tracé las primeras dos líneas y supe que algo estaba mal en la trompa del auto. La perspectiva no es el fuerte de un nene de ocho años. Llamé a una de las organizadoras y le pedí otra hoja. Se rió y me explicó que en los concursos había una sola hoja por participante, firmada y sellada por un jurado. Si hubiera muchas, todos podían llevar un dibujo ya hecho de su casa, y hacer trampa. Miré las dos rayas y me derrumbé. Pasé una hora mirando el auto, girando la hoja, buscando un ángulo nuevo, hasta que encontré otra perspectiva que podía absorber esas rayas e hice un dibujo nuevo. Salí primera. Yo me sorprendí más que ellos.

Unos años después estaba en la clase de gimnasia haciendo el test de Cooper, esa prueba de resistencia en la que te obligaban a correr doce minutos. Salvo los deportistas, todos nos escondíamos atrás de unos arbustos, esperábamos ocho minutos, y después salíamos sin que nadie se diera cuenta. Un día el profesor nos descubrió y nos empezó a vigilar de cerca. No nos quedó otra opción que hacer el test completo. Fue la primera vez que corrí doce minutos y en la mitad pensé que se me iba a salir el corazón para afuera, que me moría ahí, pero me daba tanta vergüenza parar que seguí porque era mejor desplomarse a que te vieran con la lengua afuera. Hacia el final, descubrí que hay un momento en el que cruzás un umbral de cansancio imposible, de dolor de piernas, y aparece una energía nueva. No sé por qué, ni de dónde sale, pero está ahí. Sólo hay que aguantar el peor momento. No escuchar nada y seguir.

La tercera vez que aprendí algo sobre escribir fue en la cocina. Estaba haciendo una masa que llevaba huevos, cacao, avena, azúcar, sal, aceite. Cualquier persona que alguna vez haya hecho una masa sabe que cuando empezás a unir los ingredientes parece que nunca se van a unir. Al principio la masa nunca es una masa. Son cascotes, arenilla, una esponja chirle, pasta pegada sobre los dedos y la mesada. En ese momento estás segura de que la receta está mal o que vos te olvidaste algo de líquido, harina, un huevo. Mucha gente se desespera: vuelve a leer la receta, le agrega agua impulsivamente, la tira a la basura porque piensa que se equivocó. Sin embargo, si seguís amasando, hay un momento en el que el calor o el movimiento hacen su trabajo y de repente se une y queda perfecta.

Desde entonces, y un poco por esas tres razones, sé que escribir es seguir. Quedarse sentado cuando querés huir por la angustia, no cerrar el archivo cuando sentís que lo que estás haciendo es una porquería, clavarte en la silla cuando querés tomar aire, café o un recreo. Escribir no tiene nada que ver con empezar, ni con las ideas, ni con ser bueno con las palabras. Escribir es terminar. Sólo el que aguanta el umbral de angustia, de cansancio y de desconcierto se vuelve un escritor, los demás sólo tienen media novela.

Por supuesto que tampoco es un trabajo mecánico, al contrario. A veces con mi socio pasamos días enteros en skype, en bares o en autos mirándonos las caras, tirando ideas tontas que no logran arreglar la columna vertebral de la trama, ni sacar al actor del pantano en que lo metimos. A veces ni siquiera sabemos cuál es el problema pero sentimos que algo está mal. Si fuéramos dos chicos que escriben algo juntos para divertirse seguramente abandonaríamos en ese momento. Pero cuando viste muchas veces dos rayas sin sentido en un papel que después se transforman en un auto o cuando sabés que al final la manteca se derrite con el calor y la masa se arma perfecta, también sabes que lo único importante es seguir. Escribir profesionalmente es un poco eso. Tener el temple para aguantar la angustia y desarrollar montón de estrategias y trucos para saber cómo salir. No es diferente a sacar un cuerpo metido hasta el cuello de la arena movediza, remolcar un auto trabado en el lodo, o encontrar a un nene perdido en el medio de un bosque oscuro.

Tampoco sé si dedicarse a escribir es ser escritor. Nadie sabe, supongo. ¿Es el que gana plata por escribir? ¿El que sacó un libro? ¿Es el que sacó diez? ¿El que publicó un libro genial a los veinte años y nunca más escribió? ¿Y si nunca publicó ninguno pero escribe diez horas todos los días? ¿Y si publicó 20 libros pero es malísimo? No sé qué es ser escritor y creo que no me interesa. Pero sé bien qué es escribir. Y escribir no es tener ideas, ni empezar, ni sentarse muchas horas en la computadora. Tampoco es vender libros, ni ganar premios, ni hacer una linda frase llena de firuletes. Escribir es seguir hasta terminar. Es saber soportar la angustia hasta saber cómo salir del barro.

lunes, 28 de julio de 2014

Consejos para escritores–Abelardo Castillo

[De su libro “Ser escritor”]

SER ESCRITOR

MÍNIMAS
• Podrás beber, fumar o drogarte. Podrás ser loco, homosexual, manco o epiléptico. Lo único que se precisa para escribir buenos libros es ser un buen escritor. Eso sí, te aconsejo no escribir drogado ni borracho ni haciendo el amor ni con la mano que te falta ni en mitad de un ataque de epilepsia o de locura.

• Un albañil puede habitar la casa que construye, decía más o menos Sartre, un sastre usar el traje que ha hecho, un escritor no puede ser lector de su propio libro. Un libro es lo que los lectores ponen en él. Ningún escritor puede agregar un sentido nuevo a sus propias palabras. Si puede hacerlo, debería escribir el libro otra vez.

• El decálogo de Horacio Quiroga está muy bien, siempre y cuando seas cuentista. Pero, por favor, no tomes en serio eso de querer a tu arte como a tu novia. Quiroga lo escribió para enamorar a una alumna suya del secundario.

• Lo mejor que se ha escrito sobre el cuento es lo que Edgar Poe escribió en su ensayo sobre Nathaniel Hawthorne. No pienso facilitarte las cosas reproduciéndolo. Tendrás que encontrarlo solo. Un escritor es un buscador de tesoros. Los descubre o no. Ésa es la única diferencia entre la biblioteca de un escritor y el mueble del mismo nombre de las personas llamadas cultas.

• Lo que dice Borges sobre los sinónimos es verdad: no existen. Can no es lo mismo que perro ni la palabra ramera tiene la dignidad de la palabra puta. Pero yo te recomiendo un buen diccionario de sinónimos. Uno quiere escribir: “habló en voz baja”. Como eso no le gusta lo reemplaza por “voz queda”, que es espantoso. Hojea el diccionario de sinónimos al azar y en cualquier parte encuentra la palabra pálida. Entonces escribe: “habló con voz pálida”, lo que está muy bien.

• Nunca adjetives en orden decreciente, nunca digas: “Era una montaña titánica, enorme, alta”. Si no te das cuenta por qué, nadie puede ayudarte. Si adjetivaste en la dirección correcta tampoco te creas un gran estilista. Tal vez buscabas el último adjetivo y te olvidaste de borrar los otros dos.

• Podrás corregir tus textos o no corregirlos. Tolstoi escribió siete veces Guerra y paz; Stendhal terminó La Cartuja de Parma en cincuenta y dos días. El único problema es cómo se las arregla uno para ser Tolstoi o Stendhal.

• Nadie escribió nunca un libro. Sólo se escriben borradores. Un gran escritor es el que escribe el borrador más hermoso.

• No te preocupes demasiado por las erratas. En el Ulises de Joyce hay cerca de trescientas y los profesores les siguen encontrando sentido.

• Nunca escribas que alguien tomó algo con ambas manos. Basta con escribir las manos y a veces es suficiente una sola. La gente en general tiene cara, no rostro. No asciende las escaleras, sube por ellas. No penetra a las recámaras, entra en los dormitorios. Evitarás los ventanales y sobre todo los grandes ventanales. Dicho sea de paso, las ventanas no son de cristal, son de vidrio. Lo mismo los vasos. No digas que alguien empezó a cantar o a vestirse si no estás dispuesto a que termine de hacerlo. En los libros la gente empieza a reírse o a llorar en la página 3 y da la impresión de seguir así hasta que se muere. Sé ahorrativo: si lo que viene al galope es un jinete, no hace falta el caballo. La inversa no se cumple. La palabra caballo viene misteriosamente sin jinete.

• Los novelistas y los editores creen que una novela es más importante que un cuento. No les creas. Sólo es más larga.

• Los cuentistas afirman que el cuento es el género más difícil. Tampoco les creas. Sólo es más corto. El cuento es difícil únicamente para aquellos que nunca deberían intentarlo. Para Poe era facilísimo, para Cortázar, Chejov o Hemingway también.

• No te dejes impresionar porque hayan existido Dante, Cervantes o Shakespeare. Todo ocurre siempre por primera vez: también tu libro.

• Deberías pensar por lo menos una vez por día en esta frase de Nietzsche: “Un escritor deberá ser considerado como un criminal que, sólo en casos rarísimos, merece el perdón o la gracia: esto sería un remedio contra la invasión de los libros”.

• No intentes ser original ni llamar la atención. Para conseguir eso no hace falta escribir cuentos o novelas, basta con salir desnudo a la calle.

• Si la palabra mercado te hace pensar “persa”, quizá no seas muy original pero todavía estás a tiempo. Si la palabra mercado te hace pensar en la venta de tu libro, no insistas con la literatura.

• Cuidado con las computadoras. Todo se ve tan prolijo que parece bien escrito.

• Tal vez seas envidioso, rencoroso, un poco estúpido, avaro, mal amigo. No te preocupes: un buen libro siempre es mejor que la persona que lo escribe.

• En general cuesta tanto trabajo escribir una gran novela como una novela idiota. El esfuerzo, la pasión, el dolor, no garantizan nada. Es desagradable pero es así. No abandones la cama sin pensar en esto.

• Nunca tengas los libros que has escrito en tu biblioteca. El lugar de tu libro es la biblioteca de otro.

• Vas a morirte, nuestro planeta gira agónicamente alrededor de una estrella que ya cumplió la mitad de su vida, el universo entero está condenado a desaparecer. Si eso no te quita las ganas de ser escritor, ¡cuál es el problema!

• De tanto en tanto recordarás esta historia. Alguien le llevó un manuscrito a Anton Chejov y le preguntó:
−¿Qué hago, maestro? ¿Lo publico o lo tiro a la basura?
−Publíquelo –dijo Chejov−, de tirarlo a la basura ya se van a encargar los lectores.

• Podrás escribir: “Volvió a verla tres días más tarde”, pero sólo a condición de saber perfectamente (aunque no lo digas) qué le pasó a tu personaje en esos tres días, y por qué fueron tres días y no una semana o un año.

• No es lo mismo ambigüedad que confusión. Una historia debe tener siempre un único final. Si quisiste sugerir dos o más desenlaces, esos desenlaces son un único final: se llama ambigüedad. Si nadie te entiende ni medio se llama confusión.

• No describas sino lo esencial. La posición de un pie, en casi todos los casos, es más importante que el color de los zapatos.

• No confundas imaginar con combinar. La imaginación es una locura lúcida. La combinatoria sirve para elegir corbatas.

• Gide decía que con buenas intenciones se escriben malos libros. La verdad completa es que con malas intenciones también se escriben malos libros. Lo que nadie sabe es cómo se escriben los buenos.

• No cualquier cosa, por el mero hecho de haberte sucedido, es interesante para otro. Esto vale tanto para escribir como para conversar.

• Los sueños ajenos son invariablemente aburridos. Nunca olvides que tu propios sueños, para el otro, son ajenos.

• No defiendas tu libro argumentando que los críticos son escritores frustrados. Lo verdaderamente peligroso de un crítico es que sea un crítico frustrado.

• Leer una gran novela o un gran cuento es tan hermoso como haberlos escrito. Si nunca lo sentiste, no escribas ficciones ni, por el amor de Dios, te dediques a la crítica literaria.

• Isadora Duncan dijo: “Quiero bailar ese sillón”. Tal vez ella pudiera. Pero un novelista, un cuentista, un dramaturgo, no quieren ni bailar ni pintar ni hacer música con sus palabras. Quieren contar una historia.

• Montaigne decía que él empezaba a pensar cuando se sentaba a escribir; Edgar Poe, que más vale no sentarse a escribir sin haber terminado de pensar. En el fondo es igual. Se puede pensar con la cabeza o sobre un papel. Pero a pensar sobre el papel no lo llames escribir. Se llama primer borrador.

• No publiques todas las estupideces que escribas. Tu viuda se encargará de eso.

• Dijo Poe: “No es lo mismo la oscuridad de expresión que la expresión de la oscuridad”. Un escritor contemporáneo, tal vez distraído, dijo lo mismo con las mismas palabras. No importa. Lo que debe importarte es que es verdad.

• Lo que llamamos estilo sucede más allá de la gramática. “No es lo mismo decir: ahí está la ventana” que “la ventana está ahí”. En un caso se privilegia el espacio; en el otro, el objeto. Toda la sintaxis es una concepción del mundo.

• En el origen del conocimiento y de la literatura está el acto de contar. La crítica de la razón pura nos cuenta lo que Kant pensaba de los límites de la razón; los versos de La Eneida, la epopeya de Lacio; el teorema de Pitágoras, el cuadrado de la hipotenusa. El hombre es el único animal que cuenta.

• Escribir como se quiere es destreza. Escribir lo que se debe, probidad. El más grande y el peor de los escritores se parecen en una sola cosa: únicamente escriben como y lo que pueden.

• Nunca pidas que te presten un libro. Los buenos libros se compran o se roban.

• Si un libro te gustó mucho podrás regalarlo. Pero nunca lo prestes: vas a necesitar desesperadamente releerlo esa misma noche.

• Un hombre que dedique toda su vida a casi cualquier cosa puede llegar a ser una eminencia de algún tipo. Dedicarse toda la vida a escribir novelas sólo garantiza dolor de espaldas.

• Hay cierta clase de grandes escritores a los que uno, después de leerlos, quisiera llamar por teléfono. Esto lo decía Salinger, y Salinger, justamente, es uno de esos escritores.

• Hay otra clase de grandes escritores a los que mejor no conocer: son la mayoría.

• Cortázar solía decir que empezaba sus cuentos sin saber a dónde iba. No le creas. En sus mejores cuentos lo sabía perfectamente, aunque no supiera que lo sabía.

• Los grandes novelistas aconsejan ignorar el final de la historia, no tener nada claro qué hará el personaje en el próximo capítulo, no atarse a un plan previo. A ellos sí podrás creerles, pero con moderación. Digamos, hasta llegar a la página 150. Más allá de eso, saber tan poco de tu propio libro ya es mera imbecilidad.

• Cuidado con Borges, Kafka, Proust, Joyce, Arlt, Bernhard. Cuidado con esas prosas deslumbrantes o esos universos demasiado intensos. Se pegan a tus palabras como lapas. Esa gente no escribía así: era así.

• No creas en las máximas de los escritores. Tampoco en éstas. Lo que cautiva de una máxima es su brevedad; es decir, lo único que no tiene nada que ver con la verdad de una idea.

miércoles, 17 de julio de 2013

Creatividad

 

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viernes, 5 de julio de 2013

Razones para leer

martes, 2 de julio de 2013

El punto

miércoles, 6 de febrero de 2013

martes, 22 de enero de 2013

sábado, 19 de enero de 2013

miércoles, 16 de enero de 2013

lunes, 7 de enero de 2013