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sábado, 17 de junio de 2017

HIJA DE NADIE | ENTREVISTA A ADRIANA ROMANO


Luis Adrian Vives

junio 14, 2017

Literatura

Una historia de familia, el peso de algún secreto y el sueño que abre la puerta de los recuerdos.

Un sueño que nos habla de algún temor, de cierta debilidad, de una falta de seguridad o, tal vez, simplemente anuncia la muerte de alguien cercano.

Una mujer que vuelve del exilio a reencontrarse con la niña que fue, con el pasado familiar y con el suyo, enfrentando lo que queda del poder concentrado en ese padre que la odia, ahora y siempre. Ese hombre, que ha construido vínculos enfermos, que le arruinó la vida a su hermano menor, a su joven esposa y a esta hija forzada a abandonar el país en el debut de la dictadura, es un hombre que se ha dedicado a generar, sobre su entorno más íntimo, impotencia y miedo.

Ese padre, que la despreciaba, que siendo ella pequeña la trataba de “puta”; ese hombre que le tiraba su muñeca al agua podrida, que le decía mierdita, cagona ; que la angustiaba y la sometía mediante torturas psicológicas es, ahora, un viejo moribundo y asqueroso, un despojo humano que se empeña en seguir siendo una basura en la recta final del juego sucio que fue toda su vida.

Una criatura que a corta edad se encuentra prácticamente sola, con su madre muerta y aquel padre ausente; una niña internada pupila en un colegio de monjas; una adolescente que, al sentir cierta vergüenza de su propia historia, se encierra en el ostracismo.

Tiempo después, esta joven – ya estudiante universitaria- es sorprendida por la mala fe de su padre en una suerte de emboscada, cuyo escenario es la casa negada, la que ella tenía prohibido pisar.

En resumidas cuentas: la cena de la entrega, después la persecución; finalmente, la salida obligada.

Y un exilio más, el de Mariana.

Ella, instalada desde hace años en París, sacudida por aquel sueño que operó como un disparador, piensa que debería haber protestado y exigido. Reflexiona y se cuestiona, “…¿Por qué siempre aceptó las órdenes sin resistirse y aguantó los golpes? ¿Dónde estaba su derecho? ¿A quién quería agradar? ¿De qué sirvió el sometimiento si no ha conseguido siquiera agradarse a sí misma? Aún así presiente que en algún punto no consiguieron o no consiguió el padre someterla del todo y, aunque pagó duro el precio, hoy está donde está, lejos de casa, arrancada de cuajo y extranjera, porque no hizo caso, porque a medias y a los tumbos intentó la verdad. Por eso paga. La verdad, piensa Mariana. ¿Cuál verdad? ¿La verdad de leer a escondidas el libro prohibido y las cartas del tío Emilio durante años hasta sabérselas de memoria, como una manera de burlar al padre? ¿La verdad de los compañeros de estudio a la que adhirió, sospecha, más por oposición al padre que por convicción política? Verdades a medias, piensa Mariana. Porque la verdad, la única, es que esos lugares que eligió fueron sólo trincheras desde donde resistir. Pequeñas verdades que ocultaban otra más insufrible: La certeza del odio del padre hacia ella.”

El regreso de Mariana a La Milagrosa, la estancia de sus mayores, ocurre en medio de permanentes lluvias; la inundación parece inevitable. Ello coincide con el retorno del país a la democracia. Tal vez una metáfora que nos interpela, como el pasado, mientras el revés de la trama marca un paralelo entre el poder del estado en manos de los dictadores y el poder de un tirano socialmente ungido como jefe de familia.

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Si tomamos como punto de partida, de esta tragedia, el vínculo enfermo que sostuvo Ernesto con Emilio, veremos que el hermano mayor -el heredero– sólo ve en el menor la figura del usurpador.Ernesto a Emilio lo llamaba “el bastardo” -otra manera de deslegitimarlo en su calidad de hermano-, además, lo envidiaba, lo celaba y competía con él. Parecería ser que la raíz del mal se encuentra en una especie de inseguridad que afecta a Ernesto y lo condiciona.

La pregunta sería, entonces, si la inseguridad puede convertirnos en monstruos.

Podría ser una tesis. Los hombres se perciben indefensos frente a lo que no comprenden y la consecuencia de esa indefensión suele ser la inseguridad. Nos percibimos precarios e indefensos frente a la realidad, pero en el largo proceso de crecimiento interno cada hombre decide que hacer con eso. Habría que pensar entonces que si los monstruos son inseguros, su monstruosidad se origina en el temor a los otros. Ernesto es un hombre manejado por sus miedos, sin dudas, por eso es incapaz de gestionar vínculos, se apropia de los otros a los que percibe como objetos, no como otros. Desde ese lugar rompe la red familiar, porque necesita usarlos para sus fines. Si no lo hiciera así debería aprender a compartir. En realidad el monstruo inseguro puede ser dominante como Ernesto, o débil como Emilio. El cainismo es eso, construye víctimas y victimarios.

Las cartas. Las de Emilio, las de Francisco, las de Catalina, también las de Mariana.

Aquella costumbre de enviar cartas manuscritas quedó en el olvido. Hoy todo es más rápido, ¿pero es mejor?; ¿cómo nos estamos comunicando en la actualidad?

Hoy nos comunicamos con mayor velocidad. La inmediatez es más importante que la reflexión que propone la carta. No sé si es mejor. Es diferente. Nos estamos comunicando en red, estamos armando vínculos diferentes, más superficiales tal vez aunque más veloces. La carta es propia de un tiempo muy lineal y por lo tanto más lento.

¿Cómo se relaciona Mariana con la muerte, con la palabra y con la idea de “la muerte”?

Como puede. Se ha familiarizado con la pérdida desde la infancia. Después de la muerte de la madre y del tío Emilio queda frente a frente con el padre, y el paraíso protector cae. Aunque pasa tiempo en la ciudad, su vida está muy vinculada con el campo. La muerte en un contexto rural es siempre aceptada como parte de la vida. La tragedia de Mariana no se origina porque debe enfrentar la muerte sino porque su padre no la ama. Ese odio le impide la vida.

La novela trata temas tales como el machismo, la instigación al suicidio, la violencia familiar, la de género, la psicológica. Mariana, siendo niña, siente miedo, pánico frente a la figura paterna. Aquí, el hombre tiene en sus manos el bastón del dictador. Hablemos de ello, por favor, del lugar que ocupa el varón en este tipo de relaciones.

Ernesto y Raúl Acera resumen lo peor del hombre, son arquetípicos. Ejercen la dominación del territorio. Son predadores. Sin embargo frente a ellos, las figuras de Aurelio y Patricio muestran otra cara de la masculinidad.

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Esta historia, que en sí misma es un conflicto que podríamos mal llamar, de instancia privada, a su vez encaja en otro que sería, por así decirlo, de orden público. Las miserias familiares, por una parte, y las miserias políticas que dieron paso a la dictadura, y la sostuvieron. ¿Podríamos hablar de ello?

La familia es un fractal del tiempo social. En un contexto de violencia política, la familia de Mariana es el reflejo privado de un estado de consciencia pública.

La novela reconoce un revés de la trama que se deslizaría metafóricamente; me refiero a la inundación en la apertura democrática. De estar en lo cierto, me gustaría que nos hables de ello.

Sí, el agua arrasa, limpia y se lleva a buenos y a malos. De alguna manera la inundación anuncia un tránsito de depuración. Parecería querer decirnos que si la tierra se limpia y fertiliza después del agua, el mundo de los hombres también debe atravesar ese proceso. En el final de la novela, cuando baja el agua, queda claro que hacia adelante se abre un largo proceso de reconstrucción con otros códigos. La Milagrosa ha cambiado y empieza a ser otra, mejor, más coherente, otra gente la habita, todos la habitan. Parecería que el agua se ha llevado el pasado y hay un perfume a futuro en el presente, aunque todavía es muy precario. Todo está por hacerse y en ese punto habría que hablar de la responsabilidad que Mariana se anima a asumir.

¿Por qué Cinco Esquinas?

Porque así se llama ese rincón del barrio de Recoleta, en la intersección de las calles Libertad, Juncal y Avenida Quintana, en el que se levanta la casa donde vive Mariana con sus padres cuando no está en el campo, y porque esa zona suele ser el hábitat de la clase social de la que habla la novela.

De esta historia se desprende, aunque tangencialmente, otro tema, el de las convicciones políticas de una parte de la juventud -la militancia en los años ´70- y, también, en más de un pasaje aparecen con claridad acciones solidarias asumiendo riesgos. ¿Qué podés decirnos al respecto?

Los 70 fueron años violentos desde la izquierda y la derecha, En el contexto mundial de la guerra fría Latinoamérica fue su campo de experimentación. Muy marcada, además, por la Teología de la Liberación y la opción por los pobres de la Iglesia Católica en Puebla. En ese punto dentro de la misma Iglesia Católica se vivía esa fricción política. La juventud quedó en el medio de esas discusiones.

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La decadencia de aquellos amigos del poder que, una vez agotada la dictadura, quedaron desamparados, librados a su suerte. Me refiero a tipos como Raúl Acera. ¿Qué representa este personaje que, siendo “amigo” del malo de esta historia, se mete en ella haciendo lo que se le da la gana? Y ¿qué representa Samuel?; ¿Pasado y futuro?

Raúl Acera es un predador y como tal su ley es la ley. No hay posibilidad de fraternidad en ese personaje. No puede o no sabe otra cosa que dejarse arrastrar por su deseo y su odio. Es primario, lo rige la supervivencia por eso es brutal.

Samuel es el presente y en él está el pasado y el futuro, es su compendio. Somos la fusión de todas las distorsiones que hemos transitado y que hay que asumir y aceptar. El amor es eso, reconocernos y admitirnos tal cual somos, la luz y la sombra, la inocencia y la maldad en un mismo envase. En el está el desafío y la posibilidad de la reconstrucción.

¿Cómo encaraste y resolviste todo aquello que tiene que ver con el clima y la atmósfera en este caso?

Nací en una población rural de la pampa húmeda, por lo tanto mi contacto con la tierra, los animales y su gente, es cotidiano. Ése es mi contexto original. Yo misma soy gente de campo y quería escribir una novela rural, hablar de los dueños de la tierra y de los otros y de cómo ese contexto incidió hasta mediados del siglo XX en la escenografía política del país.

Decinos algo acerca del proceso de escritura; ¿cómo surge y toma cuerpo esta novela?

Un mediodía volví de mi primera clase de Tai Chi y apareció el comienzo de la historia. Fue asombrosa para mí esa experiencia. Volví a casa en un estado bastante especial. Recuerdo que después del almuerzo me acosté a dormir una siesta y soñé el sueño con el que se abre la novela. Era tan vívido que me senté a registrarlo. Unos días después abrí el documento y tuve el impulso de continuarlo porque supuse que ahí había un cuento (en ese tiempo yo escribía sólo cuento). Me detuve cuando había escrito 50 páginas. Para cuento ya era tarde. Se había despertado la novela.

Le pusiste música, eligiendo a Charly Parker. ¿Algo que agregar?

Sí. Que aunque elegí a Charly Parker para acompañar una escena, la del baile de Emilio y la madre de Mariana en la glorieta, personalmente a la hora de escribir lo hice escuchando las Gymnopédies de Erik Satie.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Un cuento para antes de dormir–Adriana Romano

 

La Olivetti tecleaba y cuando lo hacía solías sentarte a escucharla porque ella siempre te contaba algunas cosas interesantes o te avisaba. Es lo que hizo el miércoles pasado, y vos, justamente ese día, no quisiste prestarle atención; te levantaste de mal humor, con las cervicales doloridas, diciendo que habías tenido un mal sueño. También las mandíbulas estaban tensas, apretados los dientes con los dientes, y te sentías peor que nunca o que otras veces, como si en lugar de haber dormido seis horas hubieras atravesado la noche perseguido por lobos o acechado por mariposas. Por eso no la escuchaste, porque ella te avisó y bien que lo hizo y te alertó sobre el peligro que Tai estaba corriendo. Pobrecita Tai que era tan niña, tan oriental, tan cándida, tan solita en el asiento trasero de un coche negro, desdoblada en tres: Tai de la derecha y Tai de la izquierda; y en el medio Tai del medio, tu Tai. La que vos querías y no defendiste y dejaste que se fuera con el que le prometió el té.
Ahora tenés claro qué poco podés hacer para salvarla y que no sirve que abras sus cajones y acaricies sus enaguas. Nada te la devolverá. Ni la vieja Olivetti que también la perdió en una encrucijada, seducida por el vuelo de unas águilas en las montañas del norte. Ayer tuviste una breve esperanza: te pareció escuchar que mencionaba un auto negro, pero pronto te decepcionaste, entendiste que era otra historia y que el auto negro no era el de Tai sino el de un secuestrado, un FAL y un grupo guerrillero. Aunque que te pases el día alerta, atento a las teclas, es inútil. La historia de Tai se perdió y vas a vivir ignorando si consiguió el té o si creció y ahora se hacina en Londres como refugiada, limpiando los baños del aeropuerto o, si disimulada en Tai de la derecha y Tai de la izquierda, se nacionalizó francesa y vive en París trabajando de día en la embajada China y de noche en Montmartre. Lo que sí sabés ahora es que nunca, pero nunca, ni siquiera cuando hayas pasado una mala noche, se abandona una historia a mitad de camino porque la máquina de escribir te la pierde.

Adriana Romano

martes, 17 de diciembre de 2013

Recomendaciones de lecturas de Adriana

Cuento:

Demasiada felicidad - Alice Munro - Editorial Lumen (Premio Nobel de este año, increíble escritora. Mirar ahí la paciencia de llevar adelante el argumento, administración perfecta de la información, cualquier historia aparentemente pueril y cotidiana se transforma en un gran cuento. Trabaja sobre las emociones).

Cuentos reunidos - Kjell Askildsen - Editorial Lengua de trapo (Otro gran narrador de historias cotidianas, todo lo narra, todo puede ser narrado. Noruego, vive, hace dos años estuvo en Bs As, cascarrabias, es un contundente observador de la soledad. Ver el manejo de los diálogos, la escasa explicación, la confianza en la inteligencia del lector, la mirada desconfiada, la valentía de ser malísimo con los personajes). 

Todos los fuegos el fuego - Julio Cortázar (Cualquier edición)

Octaedro - Julio Cortázar (Cualquier edición) Aunque es nuestro y lo queremos mucho, no todos lo han leído completo. En estos dos libros está Cortázar en su mejor momento. ¿Qué mirar? En cuanto a los temas: su percepción del tiempo. En cuanto al estilo: el uso de oraciones subordinadas, la puntuación, el ritmo, el paso de una dimensión a otra del relato sin fisuras, ver cómo lo hace, cuándo ocurre. Otro gran tema: el manejo del lenguaje, transforma en literario el uso coloquial de la lengua. 

Novela: 

La casa de las bellas durmientes - Akutagawa - Editorial Anagrama

Kafka en la orilla - Aruki Murakami - Editorial Tusquets

La presa - Kensaburo Oè - Editorial Anagrama

Seda - Alessandro Baricco - Editorial Anagrama

El palacio de la luna - Paul Auster - Editorial Anagrama

El juguete rabioso - R. Arlt (cualquier editorial)

Las garras del niño inútil - Luis Mey - Editorial Ateneo

Notas:

Son novelas de iniciación, donde el personaje pierde la inocencia, abandona la infancia y el mundo se le revela. Cualquiera que elijan, mirar eso, cómo se produce el cambio, qué personajes son salvadores, quién oficia de motor del cambio. Pensar si existe en alguna de ellas algún intertexto.

Es una novela sobre el amor y la ilusión. Lo imposible nos arrebata lo que es posible y es amado. Aquí mirar la escritura, la relación con las narraciones tradicionales, qué elementos de la oralidad narrativa están presentes. ¿Cómo trabaja el contexto histórico?

Maravillosa!!! La vejez y la juventud. Mirar las descripciones en el relato, los racontos y la naturalidad con que los introduce, el secreto, la atracción de lo secreto y el trabajo sobre lo ominoso. Todo se cuenta con naturalidad, sin moralidad.

Elijan los que quieran. Lean por pálpito. No me gusta dar tarea específica.Tengo muchos más para recomendarles pero así está bien. Marquen los libros, no le teman a eso.  Lean con lápiz o marcador, escriban en los bordes, escriban si les inspira algún cuento o novela, discutan con los autores o arrodíllense de emoción ante el talento, no se me ocurre otra cosa.

viernes, 23 de agosto de 2013

Igualito que un tesoro – Sandra Langono

Primer Premio del Jurado del Concurso de relato breve “Yo te cuento Buenos Aires II, edición Bicentenario”

No, señor. Si no fue por el huevo. Fue por otra cosa. Vaya una a saber. Capaz que fue de rabia, nomás. Es que ¿sabe, señor?, una está harta y a la final una se cansa. Siempre tratándola a una como si una sería un trapo de piso. Una termina tirando la toalla*. Es así. Qué se le va a hacer. Mire, señor, yo ya se lo conté todo. Todito, le dije. Pero si quiere, yo se lo cuento todo de nuevo, ¿eh? Total, qué más me da a mí. Vea, yo entré a la feria a eso de las ocho, ¿sabe? En la calle no había casi nadie. El guacho* ese apareció después. Nada más el quiosquero estaba en la cuadra. Si yo me acuerdo porque me arrimé a mirar los diarios… que con este gobierno una se ha vuelto pobre, pero yo de chica supe ir a la escuela, y me arrimé a pispear* en los diarios por lo de la elecciones de ayer, ¿vio?; por eso del jefe de gobierno; si yo lo vi por la tele; dicen que es la primera vez que Buenos Aires va tener jefe de gobierno y entonces, digo yo, el Intendente… (1) ¿qué? Yo no sé, yo no entiendo, señor, pero, usted digamé, ¿no nos va a pasar otra vez lo mismo? Que siempre nos prometen y nos prometen y después…, nada. Después, con noso¬tros… ah, no, si te he visto no me acuerdo. Mire la que nos hizo el patilla (2). Y nosotros… si habremos sido pajarones*. Nosotros lo votamos al patilla como si habría sido la reencarnación propia del General (3). Y usted se acuerda cómo ha¬blaba y cómo nos prometía que esto, que lo otro y después, ja…, a llorar a la iglesia y ahora mire cómo estamos. Y a quién íbamos a votar, ¿eh? ¿A quién? En mi casa siempre se fue peronista*, siempre. ¿Y ahora? Y no, no había nadie en la calle ni en la feria, tampoco. Yo voy siempre a esa feria porque ahí hay gente bue¬na y siempre me dan algo. Y después que está cerca de la iglesia, de La Redonda, ¿vio?; la que está cruzando Cabildo, justo antes de llegar a la plaza. La que se pone linda los fines de semana; se llena de gente y están los puestos y es alegre y hay pibes*; y del otro lado, del lado de La Redonda, están los juegos y los pibes se entretienen, ahí, y los fines de semana se la pasan jugando toda la tarde. ¿Qué va a ser de los críos, ¿eh? Digamé qué va a ser de los críos si a mí me pasa algo. Si yo soy lo único que tienen. Capaz que por eso me puse así, como una fiera. Capaz que por eso me la agarré así con ese guacho. Nada más la carnicería estaba abierta y algún que otro puesto, capaz, no sé. Pero la carnicería sí que estaba abierta y esta¬ba el carnicero. Y ahí fue que compré el huevo, en la carnicería que está a gatas* uno entra. Si yo cuando venía por la calle, por Juramento, vi que la feria estaba abierta porque lo vi desde afuera al carnicero preparando el mostrador. La Luisa me había prestado unos pesos. Cinco. Cinco pesos me dio la Luisa. Y yo me iba para la Estación de Barrancas, ¿vio?; como todas las mañanas. Agarro derechito por Juramento y me voy caminado hasta la barranca. En la estación siempre algo se vende. Yo vendo cositas: broches, hilos de coser, agujas… esas cosas. ¿Eso se lo dije? Yo, antes, no tenía tanta necesidad como ahora. Antes yo iba a trabajar y los críos iban a la escuela. Hasta que empezó a venirse todo abajo y cada vez peor. Después empezaron a echar gente y me echaron a mí también. Quién nos iba a decir, digamé, quién nos iba a decir a nosotros que el patilla nos iba a hacer el corte de mangas* que nos hizo (4). Porque, la verdad, señor, la verdad es que a este gobierno no le importa nada de todos nosotros y una los ve por la tele y ve las fotos en las revistas, con esas pilchas* y esos autos importados y las casas como pala¬cios y las mujeres todas llenas de anillos y collares y las pieles y los flequillos to¬dos iguales (5) y a una le da tanta rabia, señor, tanta rabia, porque nos han tratado como si seríamos quién sabe qué, señor, no me lo diga. De la textil me echaron y al Alberto terminaron por echarlo también… Si usted vio que hay una punta de gente en la calle, sin trabajo y sin nada que hacer que eso es lo peor de todo (6). Y vea, señor, acuerdesé bien de lo que yo le digo, que nosotros somos los primeros en caer porque somos los de más abajo, pero van a seguir cayendo, como moscas van a caer, usted ya lo va a ver y entonces ¿qué van a hacer con todos nosotros, eh? ¿Qué va a pasar con todos nosotros? Después al Alberto, no sé qué le pasó que se mandó a mudar* cuando me quedé de la más chica, de la Lola. Un buen día se levantó y se fue y no volvió más y yo me quedé sola, señor. Sola con todo. Hacía un frío esta mañana. A mí me temblaban hasta los dientes. Total, que cuando vi los huevos… Esos huevos, ahí. Parecían recién salidos de la gallina: tan ovaladitos, tan limpios; si hasta parecían calentitos, mire. No me pude resistir y entré. Que si yo habría sabido… Pero entré, nomás. Los dedos me transpiraban en el bolsillo. Yo acariciaba los cinco pesos. Se me hacía agua a la boca. Es que yo antes sabía comer huevo seguido, ¿sabe? Antes, cuando teníamos la casita; ahora fuimos a parar a la calle y por lo menos nosotros conseguimos donde dormir; pero ¿y los otros? ¿Y toda esa gente que tiene que dormir a la intemperie? Total que vi los huevos y me dio como un antojo, como un ataque de comer huevo. Igual pensé en los críos, ¿eh? No se vaya a pensar que no. Qué sé yo. Con esa plata, capaz me alcanzaba para comprar un poco de polenta aunque más no sea. Pero no me las pude aguantar. No me pude contener como quién dice. Y fui y me lo compré con los ojos cerrados. El carnicero me lo metió en una bolsita y yo me lo guardé en el bolsillo. Lo acariciaba con la punta de los dedos, mire. Si hasta me dan unas ganas de largarme a llorar. Lo acariciaba igualito que si tendría un tesoro. ¿Y sabe qué? Vea, señor, que si una sería adivina yo me lo comía ahí nomás al huevo. ¡Pero qué me iba a imaginar, yo! ¿Eh? Digameló usted, señor: ¿cómo me lo podía imaginar, yo? Yo salía de la feria contenta. Salía por la puerta donde está el puesto de flores. Y ahí, justo en la esquina de Juramento y Ciudad de la Paz, había estacionado uno de esos camiones de mercadería, ¿vio? Y justamente ahí fue que se me apareció este degenerado saliendo de atrás del camión. Yo lo vi que venía para el lado de la puerta de la feria. Verlo lo vi, la verdad. Pero no le di ni cinco. Me pensé que sería uno de esos guachos que salen de farra* corrida y que volvía a su casa medio bo¬rracho o algo así. Era un guacho bien vestido, no vaya a creer. Usted lo vio, no tendría más de 30. Bien vestido, sí. Uno de esos guachos que usan traje con zapa¬tillas seguro que importadas; y con el pelo bien cortito y como engominado y con os pelitos parados. Y tenía una pulsera y una cadena en el cuello. Pero a la pulse¬ra y a la cadena se las vi después, cuando ya estaba en el piso. Yo no sé si el tipo hizo como que se tropezaría o si se tropezó, nomás. Eso no lo sé. Pero el tipo se me venía encima como una bolsa de papa y yo me corrí. Y esa fue mi desgracia. Agatita* alcancé a correrme. Si yo vi cómo el guacho estiraba los brazos como para agarrarse de algo, de mí, capaz, y yo me corrí para no irme al diablo junto con él. Fue un impulso cuando me lo vi venir. Que si yo sabía la que se me venía me quedaba quietita ahí nomás y aguantaba el cimbronazo*. Pero usted fijesé cómo son las cosas, señor. Yo tuve la mala suerte de correrme. Y el desgraciado pasó de largo y se fue de jeta* al piso*. Si usted lo habría visto, señor… Como una bolsa de papa, cayó. Y ahí me vino la otra mala idea. Porque a mí me dio risa. La verdad que me entró una risa bárbara. Cuando vi cómo el tipo se estampaba de jeta en el piso, tan fifí*, él, agrandado como galleta en el agua*, porque era uno de esos guachos que la miran a una como si una sería un piojo, como le digo, no me pude aguantar y largué la carcajada. ¡Para qué, señor, para qué! La que se me vino des¬pués fue una verdadera tragedia. Yo, la verdad, no me recuerdo muy bien lo que pasó después. Preguntelé al carnicero, que estaba ahí nomás, del otro lado del mostrador de la carnicería y estaba acomodando la carne en la mesada. Que si el carnicero me habría dado una mano, capaz yo no estaría ahorita acá, con usted. Lo que me acuerdo muy bien es que el guacho se volvió loco. Perdió los estribos*, como quién dice. “Vieja de mierda”, me grita el guacho; eso sí que lo escuché bien clarito; me dice “vieja de mierda” y pega el salto y se me abalanza como una bes¬tia. Yo veía cómo la cadena se le reboleaba en el cogote*. ¿Y sabe cómo apretaba los dientes y estiraba los labios? Parecía propio, propio un perro. Y empezó a dar¬me una de puñetazos… había que ver cómo me daba. Una salsa*, pero una salsa… Meta trompada de acá y de allá me tenía. Pero a mí eso no me importó, ¿eh? Una ya ha pasado por tantas, que a la final ya se le hacen como callos a una, ¿me en¬tiende? Eso sí, me había agarrado como un ardor. Como una quemazón, acá, en el pecho. Y los ojos me ardían de una manera… Hasta que me dio ese trompazo en la nariz. Yo me fui para atrás de golpe. Y el huevo saltó, señor. No sabe cómo sal¬tó. Salió disparado del bolsillo y cayó. Y claro, se hizo pedazo contra el piso. A mí se me saltaron las lágrimas, se lo juro. Y encima, el muy hijo de mala madre, ¿sabe lo que hizo? Se arrimó al huevo partido, levantó el pie y lo estrujó más y más y más contra el huevo. Y se reía. Y más pisoteaba, más se reía. Mire que hay que ser hijo de una mala madre, no me lo diga señor. Ahí fue que a mí se me borró todo. No vi más nada. Se me borraron los gritos y los golpes y la risa de ese hijo de una gran perra. Ciega me puse. ¿Y sabe, qué? Me levanté como si tendría un volcán adentro del cuerpo. Cacé la cuchilla del carnicero y le entré a dar y dar. A cuchilla¬zo limpio lo tenía al desgraciado. No sé ni dónde le daba, mire. Hasta que vi el ojo. Recién ahí paré de darle. Cuando vi al ojo rodar por el suelo. Ahí me quedé con el cuchillo en esta mano, y con esta otra, me agaché y levanté el ojo del piso. Y se lo juro, señor, que diosito me castigue si le miento, se lo juro por los críos, que cuando pude abrir la mano, el huevo estaba ahí. Recién hervido. Tierno. Tibio. Hasta me pareció que latía. Se me escurría en la mano. Y a mí se me hizo que el huevo me llamaba. ¿Y qué quiere que le diga, señor? Hacía tanto frío. ¡Y yo tenía tanta hambre!

Sandra Langono
Un invierno de hace muchos años, en 9 de julio, Provincia de Buenos Aires. Una niña, siete, ocho años, con fiebre alta y anginas. Llega la abuela con un regalo en cada mano: en la primera, helado para calmar el ardor de la gar¬ganta. En la otra, una edición bellísima de “Príncipe y mendigo”, de Mark Twain. Ese fue el comienzo. Diez u once años más tarde, la niña, ahora joven recién llegada a Buenos Aires, se encuentra, con otra historia: “La au-topista del sur”… Entonces, levanta los ojos del libro, recuerda a la abuela, recuerda Príncipe y mendigo y sueña: Quiero ser escritora. Esa soy yo.

Un invierno de hace muchos años, en 9 de julio. Una niña, siete, ocho años, con fiebre alta y anginas. Llega la abuela con un regalo en cada mano: en la primera, helado para calmar el ardor de la garganta. En la otra, una edición bellísima de Príncipe y mendigo, de Mark Twain. Ese fue el comienzo. Diez u once años más tarde, la niña, ahora jovencita recién llegada a Buenos Aires, se encuentra, medio de casualidad con otra historia: La autopista del sur… Entonces, levanta los ojos del libro, recuerda a la abuela, recuerda Príncipe y mendigo y sueña: quiero ser escritora. Esa soy yo.

El reflejo de la daga en la pared - Marcelo Petetta

Ganador del concurso "Yo Te Cuento Buenos Aires III", 2012

Viernes por la tarde. Toma el colectivo 60 en Panamericana: cuerpos transpirados, olores y murmullos lo rozan y molestan aunque pensando en lo que lo espera preferiría quedarse ahí arriba, pero nada detiene al destino y la parada llega. Baja en Puente Pacífico y camina despacio hasta Godoy Cruz con la mochila del colegio al hombro. En la puerta del edificio saluda al encargado y sube por la escalera para hacer más lento el regreso.
Como todas las semanas, a la hora de siempre, sucederá. Comenzará el dolor. Dolor que arrancará en la boca del estómago y se transmitirá a todo su cuerpo en intervalos insoportables. Ella se meterá en la cama, cerrará la puerta (a veces con llave; otras, no), dejará sobre la mesa de luz los frascos de pastillas bien a la vista, para que él los vea si entra. Ya no se levantará hasta el lunes por la mañana (eso si, en el medio, una pastilla de más no le provoca la muerte).
Él también se encerrará en su cuarto y bajará las persianas para no oír los gritos de las prostitutas de Godoy Cruz. Con música de Floyd, tumbado en la cama, hará el intento de derramar alguna lágrima que (ya sabe) no va a fluir. Muchos viernes atrás se secaron sus ojos.
Sin embargo, éste no parece ser un fin de semana más; desde que llegó del colegio percibió las diferencias. A ella aún no se la ve tan mal. Es más, cuando lo recibió parecía entusiasmada en el preparativo de algo distinto a la misa rutinaria de los viernes, hasta le hizo la comida. Raro.
Almuerza en silencio y se encierra en su cuarto (por primera vez en mucho tiempo antes que ella). Baja la persiana para que el sol de noviembre no caliente su pequeño mundo. Enciende el ventilador de techo, aprieta el play del pasacasete, se desnuda (le hubiese gustado estar completamente desnudo, pero el pudor hace que se deje puestos los calzoncillos). Cierra los ojos y ve el ventilador. Los abre y sólo escucha su incesante zumbido. Cuando cierra los ojos lo ve, cuando abre los ojos lo escucha. No es un viernes como todos.
En este momento oye los pasos de ella en el pasillo que se dirigen a la habitación. Con los ojos cerrados y el dolor en la boca del estómago se le acelera el pulso, trata de escuchar la música para relajarse y no puede, el ventilador tampoco se oye. Abre los ojos para ver si se cortó la luz, pero el pasacasete mantiene las luces encendidas. Mira el techo y el ventilador sigue girando sin ruido. El silencio aturde: se tapa los oídos con fuerza; mira otra vez el techo y las palas del viejo ventilador le devuelven una imagen de extrema belleza en forma de dagas brillantes, como si alguien con mucha paciencia hubiese dado lustre al acero. El filo de sus puntas, la delicada forma asesina, su poder hipnótico. Trata de calmarse y gira la cabeza hacia el costado, hacia la ventana por donde no pasa ni un rayo de luz. Mira. Ahora, la imagen de las dagas reflejadas ha cambiado el paisaje del cuarto, la cortina se ha transformado en un lienzo enorme en el que, de pared a pared, algún extraño pintor ha dejado su huella.
Entonces lo ve. Su elefante apoyado contra el placard.
-Tardaste mucho- dice y levanta la cabeza de la almohada.
-No pensaba venir. Parece ser un día distinto el de hoy, ¿no?
-Es verdad. Hay algo raro dando vueltas por la casa. Fantasmas, quizá.
-No. Acá no hay fantasmas. Ni espíritus. Ni hablar de ángeles.
Se hace un silencio que él interrumpe con una directa a su mentón.
-¿Qué son esas dagas en el techo? ¿Las hiciste vos? ¿Y la imagen en la cortina?
Como siempre, nada conmueve al elefante.
-¿Miraste bien la imagen?- Pregunta el elefante.
Mira hacia la ventana y vuelve a verla: la cara de ella extremadamente hermosa, el cuerpo cubierto por un fino camisón de los que usa todos los viernes. La imagen sobre la tela irradia su fría belleza de forma casi perfecta. Sin embargo, hay algo raro.
-¿Te das cuenta de la diferencia de ésta con las anteriores?
Él piensa que al elefante le encanta preguntar, como si de esa forma fuera más eficaz. Busca detalles, qué hay en esa imagen. Un escalofrío le recorre el cuerpo semidesnudo. Es horrible: el color de la cara, la expresión, sus ojos....
-¿Está……? ¿Está muerta?
- ¡Ajá¡ Total y completamente muerta -lo dice sin mover un solo músculo.
Vuelve a mirarla y busca algún indicio de vida. No, todo inerte salvo un hilo de color negro deslizándose por el lado izquierdo del camisón, algo así como tinta china, la misma con la que más de una vez ensució su guardapolvo escolar en las clases odiosas de caligrafía.
-No es tinta -dice el elefante. Es sangre.
El ruido ensordecedor del tren sobre las vías de Pacífico lo molesta y despoja la habitación de dagas, lienzos y elefantes. Los gritos de una mujer y un hombre discutiendo le llegan desde la vereda. Cuando vuelve el silencio escucha los suaves acordes de Mother y el zumbido del ventilador. El corazón le late con fuerza; está sudando. Se levanta de la cama y camina hasta el baño, abre la canilla de la ducha y se mete bajo el agua helada, las palpitaciones aumentan. Luego comienza a relajarse y decide salir. Se seca despacio tratando de detener el tiempo, ya no quiere esto, ya no tiene fuerzas, no hay lágrimas, sólo un interminable dolor en la boca del estómago que casi no lo deja respirar. En el cuarto se quita la toalla de la cintura y vuelve a tirarse boca arriba, esta vez desnudo. La sábana roza sus genitales, produciéndole una suave excitación; el agua fría, el contacto con su intimidad lo relajan. Se queda dormido. Despierta y el cuarto está a oscuras, ha anochecido. Afuera, el paso de los colectivos y las bocinas de los ansiosos conductores apresurados por llegar a sus propios infiernos. A pesar del largo sueño siente que el cansancio no lo ha abandonado, es nuevamente una triste pero distinta tarde de viernes. Levanta los ojos. Vuelve a ver las dagas que giran en el techo, ahora con más brillo. Se abraza a sí mismo, quiere asegurarse de que está despierto. El silencio invade la habitación y el pequeño departamento. Vuelve a sonar Mother. La música devoradora de Waters lo levanta de la cama y, parado sobre ella, estira un brazo y toma por el mango una de las dagas del ventilador; las otras siguen girando sin percatarse de la ausencia de su compañera. Está desnudo pero no le importa. Se sienta con suavidad sobre las sábanas, pasa un dedo por el borde filoso. Lo recorre un escalofrío. Es como el contacto con la piel de una mujer: placer y temor.
Con el escalofrío en la espalda, se levanta y abre la puerta. La oscuridad del departamento le indica que están solos. Desnudo camina por el pasillo. Llega a la habitación de ella. Se detiene. Con la mano libre empuja la puerta que cede. No hay duda en él. Acostumbrado a la oscuridad puede distinguir su cuerpo inerte, cubierto en partes por una fina sábana de algodón blanco. Se acerca y la mira por última vez. Levanta la mano derecha y ve el reflejo de la daga en la pared. Con absoluta frialdad la descarga varias veces sobre su pecho; la sangre le inunda el brazo y ella no emite queja, ¿habrá tomado muchas pastillas hoy? Regresa temblando por el pasillo, se acuesta. No sabe cuándo lo gana el sueño.
Cuando despierta es lunes. No entiende cómo ha dormido tanto; seguramente ha sido la calma del deber terminado. Mira el techo y el ventilador está girando. Sus paletas de madera le tiran un aire dulzón. Falta una. Permanece un rato mirando ese vacío, hasta que alguien golpea la puerta y escucha su voz indiscutible, apremiante, apurándolo para que se levante.
-El café está listo –dice-. Vas a llegar tarde al colegio.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Río Unión, Adriana Romano

 

Entró en la cocina con el mapa en la mano. Lo desplegó sobre la mesa.

-Acá. Vamos a ir acá –dijo y puso un dedo, la uña comida más allá del borde, sobre un nombre al sur de la cordillera de los Andes.

-Río Unión, el más corto del mundo –dijo-. ¿Qué te parece?

Y continuó:

-…y después por la 40 hasta Bajo Caracoles.

El dedo se deslizó unos milímetros sobre el mapa. Levantó los ojos y la enfrentó.

-¿Te gusta? No te lo esperabas, ¿eh?

-¿Querés cenar? –dijo ella.

-No me contestaste…

-Sí, está bueno. Es bien al sur…Y ¿cuándo salimos?

-Más o menos –dijo él.

-Pero, dame una fecha. Quiero saber…

-Más o menos, te dije. Yo de esto sé. Vos dejáme a mí.

- ¿Querés cenar?

-¿Qué hay?

- Milanesas a la suiza.

Y se puso a pelar papas y a encender el horno y a cortar queso.

-Quiero cenar a las diez. Y después qué te parece si… -dijo él-.

Y se arrimó a ella por atrás y la empujó contra la mesada y le levantó la pollera. La palmeó y se fue con el mapa hacia el sillón del living a “pensar el viaje”. Lo escuchó tirarse sobre el sillón y ella se imaginó a una ballena fuera del agua y se preguntó por qué tendría que ser siempre así. Saber que primero cenar, después lavar los platos, después ir al dormitorio y escuchar cómo él se daba un “bañito de inmersión” para concentrarse y luego verlo aparecer desnudo y húmedo, preparado, y a apurarse, a ayudarlo … y luego “dale vos, así yo después voy” y ella a fingir que disfrutaba y después él encima de ella para que pudiera por fin y el dolor entre las piernas, insoportable, y nunca salirse del libreto y oírlo gemir mientras ella fijaba los ojos en un punto del techo o en los frunces donde se amontonaba la cortina y luego preguntarle si le había ido bien, si había sido bueno y oír su contestación en porcentajes:

- …de cero a diez, cinco.

Y enseguida a lavarse.

- Porque no vas a dormir así, sucia.

Y que duermas bien, hasta mañana y darse vuelta y dormir. Saber todo eso desde ahora cuando estaba recién pelando las papas y encendiendo el horno. Saber todo eso y no saber cuándo saldrían para el sur, como si eso le diera poder sobre ella. Su poder consistía en hacerle entender a ella que él estaba al tanto de ciertas cosas que ella no debería conocer hasta que llegara el momento, y todo porque él necesitaba darle la sorpresa. No le interesaban las sorpresas, pensó. Le gustaba saber, planificar juntos. Porque las sorpresas le hacían pensar que entre él y ella no había equipo y ella quería equipo con él y no era posible.

Sin embargo no podía quejarse. No puedo quejarme, murmuró, y cortó en cuatro una papa pelada. Cómo podría quejarse, ser tan injusta, de qué se quejaría si él era tan bueno que vivía pensando sorpresas para darle.

-Salimos el jueves a las cinco de la mañana.

Ella estaba en el dormitorio, de espaldas a él, doblando ropa.

-¡Qué compañeros que somos! – dijo él y la abrazó por atrás.

Eran compañeros. Él decía: “¡Somos tan compañeros…!” y decía: “Somos unos socios fenomenales”. También decía:”Yo me casé con vos porque sos un aborto de la naturaleza, si no, no me hubiera casado”. Y a sus amigos decía que les decía “Yo amo a mi mujer, soy feliz en mi matrimonio porque ella es diferente”. Odiaba a las mujeres. Ella no se explicaba por qué y si discutían y le daba ejemplos, él le soltaba que ella siempre sacaba la carpeta. Eso se lo dijo por primera vez un domingo a la tarde en un bar de la Avenida Callao. Habían discutido desde la mañana.

-La carpeta  -dijo.

-¿De qué hablás?

-De la carpeta –repitió-. Cuando discutimos siempre sacás la carpeta de excepciones.

No supo qué responderle. Percibió que en su cabeza, desde hacía tiempo, había levantado un muro por el que no pasarían las protestas; no las que ella no se animaba a esbozar, no, sino las otras, las que le hacía la otra de sí misma que había quedado cercada por el muro. Del muro hacia adelante había un enorme sector espejo que repetía el discurso de él y hasta se lo apropiaba. Del muro para atrás ¿quién sabe? Seguramente la otra, la que hubiera contestado unas cuantas cosas. Cuando la otra lograba saltar el muro decía cosas horribles. Pero cuando la otra no lograba saltarlo, la mayoría de las veces, ella oía una especie de rumor en su cabeza como de inmigrantes encerrados.

-Salimos el jueves a las cinco. Podés, ¿no? – repitió -. ¿En qué estás pensando?

Ella se había soltado y seguía de espaldas a él; ahora doblaba una camisa. Levantó la cabeza y miró por la ventana. Frunció apenas los labios.

- ¿Tan temprano? – dijo.

- No te olvidés de plancharme el jean – ya estaba abriendo la puerta de calle. Enseguida oyó el golpe de la puerta contra el marco.

Eran compañeros y ahora irían de vacaciones al sur, a un lugar que según él le iba a encantar y ella se preguntaba por qué desde hacía unos meses había empezado a escribir con tanta ferocidad. Pero sus cuentos eran como su cabeza: del muro hacia adelante, hacia atrás del muro no iba nunca a buscar material. Pensó que él se manejaba con slogans, cuatro o cinco, más o menos siempre los mismos. Verdades invariables.  Y enseguida pensó que era injusto pensar eso de él.

-Suben y bajan, suben y bajan... -le cantaba él cuando ella cambiaba de opinión.

-Yo soy previsible –decía orgulloso.

Y ella, que en el fondo estaba levemente en desacuerdo, se callaba porque antes, antes de él hacía ya mucho tiempo, había celebrado la constante mutación de las cosas.

-Y así te fue –decía él.

Por suerte había llegado él a su vida para salvarla; porque él era una roca en el mar, como decía Ana Paula.

-Tu marido y el mío son rocas en el mar –estaba tomando el té en casa de Ana Paula y era Ana Paula la que hablaba.

-Te salvan de la tempestad – A Ana Paula le encantaban las hipérboles.

Ella la escuchaba pero no entendía. No es que no entendiera el concepto, no. No entendía quién era Ana Paula, no le cerraba semejante afirmación cuando ella la había visto fastidiada porque “La roca en el mar” regresaba desde Barcelona y se instalaba durante un mes o dos en casa a pensar y a hacer negocios. Tampoco entendía otras cosas que ella reducía a algo tan infantil como vanidad o no resignarse a envejecer. Dos días atrás habían salido a cenar juntas por Palermo Viejo con Julieta, y Ana Paula estaba nerviosa.

-¿Estoy bien? ¿Estoy bien? – le preguntó cinco veces -. ¿Cómo me queda la camisa? ¿Me favorece el color? ¿O no?

Y mientras se lo preguntaba miraba todo el tiempo hacia la puerta de entrada del local.

-¿Tengo cara de cansada? ¿Se me nota, no? –Ana Paula estaba espléndida, Ana Paula era espléndida. Ana Paula había sido espléndida.

-¿Y tu marido? –le preguntó ella para sacarla de esas preguntas estúpidas que la ponían loca.

-En Barcelona. Por suerte se fue.

Por suerte para Ana Paula, “La roca en el mar” se había marchado por un mes.

Se levantó para ir al toilette y mientras regresaba caminando entre las mesas vio que Ana Paula y Julieta cuchicheaban y se reían. Miraban disimulando mal hacia la puerta de entrada. En cuanto ella se sentó a la mesa dejaron de hacerlo. Se sintió afuera, del otro lado del muro. O mejor, adentro, de este lado. Y percibió, lejano, el rumor del mundo. Pensó que para Ana Paula y para Julieta representaba la encarnación de esas cuatro o cinco verdades inmutables que eran de él y en las que ella no creía.

-Sos una idealista – Julieta había tomado demasiado vino y ya no controlaba-. Siempre fuiste tan idealista... Como tan mística, ¿no?

Ana Paula reía a carcajadas y miraba otra vez hacia la puerta.

-Sí, sos muy idealista… -dijo.

Él no le decía que era idealista ni mística. Él le decía que era una soñadora y ella percibía, como ahora percibía en los adjetivos de sus amigas, que esas afirmaciones no la celebraban.

-Soñadora – le dijo él y le pellizcó el cachete-. ¡Despertate!

Ella estaba mirando hacia arriba, apoyada la espalda contra la pared de una estación de servicio en Los Altares. Seguía el vuelo de un pájaro.

Eran las siete de la mañana. Hacía dos días que viajaban. Se pasó la mano por la mejilla, le ardía. El pellizco le había hecho bajar los ojos y vio cómo él entraba en la Administración a pagar el combustible. Vio después, casi al instante, cómo salía y venía hacia ella sin mirarla porque estaba doblando perfectamente el dinero y se lo metía en el bolsillo del jean. Los billetes todos con la cara hacia arriba, así como había estado ella hacía un instante mirando el vuelo de un pájaro, pero los billetes no seguían ningún vuelo de pájaro; los billetes miraban todos hacia arriba unos sobre otros mirándose el envés, doblados luego para mirar - el último- la cara de él en el carnet de conducir, en la oscuridad secreta del bolsillo.

Pasó a su lado.

-Movete, dale, soñadora – dijo.

Subió al auto del lado del acompañante.

-Me dejás manejar a mí. Dale… –dijo ella.

-No. No me siento seguro – dijo él-. Ya sabés…

-¡Por favor!

-No, te dije. Yo descanso si manejo.

Y manejó casi cuatrocientos kilómetros de un tirón.

En una estación de servicio a la entrada de un pueblo paró para cargar combustible, tomarse “un cafecito” y fumar un cigarrillo.

-Encargate. Yo no doy más –dijo y bajó del auto.

Ella llenó el tanque, le puso aire a las gomas y limpió el parabrisas. Entró al bar; él ya había terminado el café. Fumaba.

-Pedite algo –dijo- Y apurate que se hace tarde.

-Me podrías haber pedido algo vos, ¿no?

-Vine manejando cuatro horas sin parar. No puedo estar en todo –expulsó el humo y se puso a revisar el mapa

Ella pidió un café con leche y un sándwich de jamón y queso. El café estaba hervido. Lo sopló varias veces.

Él se levantó y caminó hacia la salida.

-Apurate – le gritó él desde la puerta-  Ya estoy listo.

Lo vio por el ventanal ir hacia el auto. Subió, encendió el motor y lo puso en posición con la trompa hacia la ruta.

Tocó bocina.

Y ella sin poder sorber. El café seguía caliente, le gustaba tibio.

Otro bocinazo.

Intentó beber. Se quemaba. Empujó la taza con rabia.

Se le volcó café encima.

-La puta…

Corrió hacia el auto con el sándwich en la mano. Abrió la puerta y se le cayó al suelo. Lo levantó igual, estaba lleno de arena.

-Me tenés repodrida –dijo mientras limpiaba el sándwich-. Al final el viaje es para vos…

-Desagradecida –dijo él y arrancó.

Siempre lo mismo, pensó ella. En un rato iban a llegar a destino y él no iba a dar más y ella no podría hablarle porque él había venido, durante horas, alerta a cada “ruidito” del motor, concentrado y controlando aunque el auto era fantástico y siempre –invierno o verano- con la ventanilla abierta “Porque puede ocurrir algo y yo tengo que solucionarlo”. Ella recordó otros viajes con su padre más plácidos, si pasaba algo pasaba, después de todo ¿qué podía pasar de extraordinario? ¿Quedarse sin combustible y hacer dedo, cambiar la correa del ventilador o una goma pinchada o dormir a la intemperie? Pero con él todo era tan serio. Siempre terminaba dándole la razón y cuando lo hacía se odiaba a sí misma y se decía: cómo me voy de acá.

-Es cuestión de prestar atención –decía él-. Alerta, siempre alerta –y chasqueaba los dedos. Y en cuanto decidía hacer noche, ella sabía que tenía que bajarse a buscar hotel -porque nunca reservaban antes- y a preguntar precios, revisar la habitación, los colchones y organizar todo lo que nunca le había gustado hacer porque le hubiera gustado manejar un trecho ella, otro trecho él y buscar alguna vez él el hotel y otras veces ella o reservarlo antes. Él era tan desconfiado y además, sabía siempre.

-Vos no preguntés y hacé lo que te digo. Yo sé y no puedo perder tiempo. Si digo por acá es por acá. Vos obedecé, después te explico.

Y ella obedecía.

-Te quiero – le dijo y se estiró desde su butaca hacia la de él. Hacía tres horas que habían dejado la estación de servicio. Le dio un beso en la mejilla y le acarició los brazos.

-Yo también, bebé – y siguió manejando, atento a la ruta.

Ella pensó que le había dicho “Te quiero” para recordárselo a sí misma y además pensó: “¿Y si le digo: Pará el auto acá y hagamos el amor al costado de esta ruta desierta?”. Pero no lo dijo. No lo deseaba. Ya no.  La compensaban otras cosas. No sabía muy bien cuáles, tal vez la roca en el mar.

-¡Qué bien lo estamos pasando! –Dijo él y le acarició la cabeza -¿Qué te parece si me hacés un cafecito instantáneo?

- ¿Y si paramos?, quiero tocar el pasto y oler el viento…

- En una hora.

Se aburría. Abrió la novela que  había traído.

-Bebé, si leés me dejás solo. Yo hago todo el trabajo...

-Pero...

-Te necesito atenta al camino. Si te aburrís, filmá.

Cerró el libro y lo tiró sobre el asiento de atrás.

Intentó concentrarse en el camino. El paisaje le fascinaba pero no entendía esta obsesión de hacer kilómetros sin bajarse a disfrutar, mirando todo a través del parabrisas o filmándolo para después verlo en casa, cosa que la ponía de mal humor porque entonces además de la barrera del parabrisas se interponía la lente y al final no sabía lo que estaba viendo.

Encendió la filmadora y filmó un rato, luego la apagó y la guardó en el bolso.

El silencio de él y el rumor del auto la adormecían. Se puso anteojos oscuros para disimular y se sentó derecha en el asiento. Se quedó dormida.

Sintió de repente una presencia cerca de su cara. Era la mano de él que se movía de arriba hacia abajo a la altura de los ojos. Quería comprobar si estaba dormida.

-Tramposa –dijo.

Se quitó los anteojos.

-Quiero bajar a hacer pis –mintió.

-¿No podés aguantar? Doscientos más y paramos.

-No. Me hago encima.

Él bajó la velocidad y se detuvo en la banquina.

Ella abrió la puerta del auto, puso los pies en tierra, pegó un salto y echó a correr hacia unos matorrales. Cuando se sintió lejos de su control respiró profundo, gritó dos veces como un búho y luego se agachó. Se desprendió el short y se lo bajó.

Escuchó un “Apurate” entrecortado por el viento y después un bocinazo. Agachada se entretuvo mirando cómo el pis dibujaba un surquito en la tierra.

-¡Qué manera de tardar! –dijo él cuando arrancaron. Habían pasado diez minutos.

Quiso ser amable y buscó un tema de conversación, más por culpa que por gusto, algo que lo convocara.

-¿Qué se sabe de la sede de Chivilcoy?

Sabía que ese tema era infalible. Y él empezó a hablar. Ella, ahora tranquila con su conciencia, se entretuvo con el paisaje solitario.

- ¿Me estás escuchando?

-¿Qué?

-¡Si me estás escuchando!

- Sí.

- A ver, ¿qué fue lo último que dije?

Se quedó callada unos instantes y rebobinó. Se había acostumbrado a dejar media cabeza atenta a lo que él decía y media que vagara a su antojo.

-Decías que habrá que poner orden. ¿Creés que se podrá?

En realidad no le interesaba nada y, además, no estaba de acuerdo. Pero no quería discutir porque cuando lo hacía, la otra, la que estaba del otro lado del muro, lo saltaba y se volvía implacable y era capaz de  humillarlo con todos sus razonamientos y luego la que estaba de este lado, o sea ella misma, se sentía mal, odiaba su alianza con la otra; sabía que después le llevaría por lo menos dos semanas restablecer la calma entre los dos. Él se las hacía pagar. Ella había aprendido a pedirle perdón por lo que no había hecho.

Habían discutido antes del viaje. Todo había empezado porque ella se negaba a llevar la filmadora y derivaron en una pelea feroz.

-Me destruís como persona –le dijo él.

-¿Y te entra lo que te digo? –dijo ella.

-¿Vas a empezar de nuevo?

-Fue un chiste…

-Vos sí que tenés un humor oscuro…

Y ella se calló. La otra, la que quedó encerrada golpeando en su cabeza le reprochó que con él no podía volar.

En Alto Río Senguer se bajaron a cargar combustible y dieron una vuelta por el pueblo. Era la última parada. En la próxima llegarían a Río Unión.

Se bajaron para sacarse una foto frente a la pensión pintada de celeste. Después entraron al almacén a comprar provisiones.

-Duraznos amarillos –dijo él a la vendedora.

-No –dijo ella-, blancos.

La mujer se quedó tiesa esperando.

-Me gustan los blancos –le dijo ella a él por lo bajo-, odio los amarillos. Ya lo sabés. Me dan alergia.

-Amarillos –repitió él. Se los señaló a la vendedora-. Un kilo. Y una botella de vino blanco bien fría, por favor.

-Blancos –gritó ella.

La mujer, volcada sobre el cajón de duraznos amarillos, se sobresaltó, torció el cuerpo y se quedó mirándolos con un durazno amarillo en una mano y en la otra la bolsa.

-Lo que le dije –le dijo él a la vendedora-. Y vos dejáte de caprichos –le dijo a ella por lo bajo, mientras le retorcía el brazo.

Y cuando la mujer los envolvió e hizo ademán de entregárselos:

-Lleválos vos – dijo él y le dio las bolsas-. Yo pago.

Volvían hacia el auto. Él le rodeó  el hombro y la atrajo hacia sí.

-¿Por qué ese caprichito, amor? –dijo.

-Idiota… -murmuró ella y se soltó.

-¿Qué decís?

-Nada –y dejó caer la bolsa, algunos duraznos se desparramaron sobre el ripio de la calle.

-¡¿Qué hacés?! –le gritó él desde abajo. Se había agachado y estaba recogiendo los duraznos en cuatro patas.

Ella reía a carcajadas.

-¿De qué te reís, imbécil?

No podía parar de reírse. Lloraba de risa.

-El culo... -dijo entre carcajadas.

-Idiota...

-La raya... se te bajó el pantalón... se te ve perfecta –y lo señaló mientras se sentaba en medio de la calle para verlo recoger los duraznos.

De repente dejó de reírse y sintió miedo. Una bola densa en el estómago. Sintió también que la otra había saltado el muro. Eso la asustó. Se puso de pie y caminó hasta el auto. Permaneció al lado de la puerta del acompañante esperando que él le abriera.

Él subió y no le abrió. Puso en marcha el motor.

-¡Abrime! –gritó, golpeando el vidrio de la ventanilla con un puño.

Arrancó. Ella vio cómo se alejaba rumbo a la salida del pueblo.

Corrió un trecho y se detuvo. Levantó y bajó los hombros. Caminó unos pasos y se sentó en el cordón de la vereda, puso la botella a un costado. El miedo se había disuelto. No sentía nada. Se metió la mano en el bolsillo del pantalón. Tenía la cédula, la tarjeta de crédito, unas monedas y cien pesos. Decidió que compraría un cuaderno y un lápiz en el almacén y se alojaría en la pensión. No sentía nada. Nada de miedo. En cambio sí sentía un alivio inmenso pero frágil. Se puso de pie y empezó a caminar hacia el almacén. Cuando estaba a punto de subir a la vereda, oyó una frenada y un bocinazo. Sobresaltada se dio vuelta.

-¡Subí! –escuchó.

Subió al auto.

-Vos sí que no podés vivir sin mí –dijo ella y cerró la puerta.

-¿Qué te pasa? –él la miraba fijo. Las manos eran garfios sobre el volante.

-¿Para qué volviste? Se estaba bien sin vos –lo enfrentó.

Él se quedó un rato en silencio, mirándola.

-Somos iguales... –masculló entre dientes

-¿Te parece? – se animó. Sentía que estaba más lúcida que nunca.

-Nos complementamos bien –dijo él.

-Vos y yo no somos iguales –dijo ella y enseguida pensó que había ido demasiado lejos y que en realidad ella no pensaba eso, que era la otra la que lo pensaba pero que ya no había forma de hacerla retroceder.

-Bueno, fue un chiste –dijo enseguida.

-Vos, y tu humor de mierda… –dijo él.

-Nos complementamos bárbaro, tesoro – mintió ella y sonrió y lo agarró de los cachetes y le abrió la boca con la suya y le entró la lengua y lo mordió suave.

Él se soltó.

-¡Salí…!

Y ella se retrajo en el asiento. Sintió que ya no sentía nada, ni siquiera pena. Oyó cómo él encendía el motor, ponía primera y luego el ruido apagado de las ruedas sobre la calle de tierra.  Por la mano contraria pasó un paisano a caballo. Los saludó tocándose el ala del sombrero. Oyó la segunda.

-La flaca es otra cosa, me dijo el Gato, el otro día – dijo él como si no hubiera pasado nada y le acarició la rodilla izquierda, la que estaba del lado del volante.

-¿Por?

-¿Qué?

-¿Por qué te dijo eso?

-Porque hacemos una pareja espectacular – dijo y subió la mano hasta la entrepierna de ella.

Ella corrió el cuerpo.

-¿Qué, no te gusta?

-Sí – dijo ella

-¿Sí te gusta o sí, no te gusta?

-Sí, me gusta.

-No parecés muy convencida… Antes de casarnos bien que querías…

-¿Cuánto falta para llegar? – cambió de tema.

-34 kilómetros de ripio. Desprendete y andá indicándome. Tengo mala visión.

Había empezado a lloviznar.

Llegaron a Río Unión a las siete de la tarde. Todavía había luz. El paisaje era salvaje, extraordinario. Bosque, piedra, viento frío, cuatro cabañas. Nada más.

-La cabaña del medio es la Administración. Andá. Registranos –dijo él.

-Andá vos -contestó ella y se bajó del auto-. Corrió hasta la orilla del río que en un breve trecho unía los dos lagos.  Metió la mano en el agua helada y cerró los ojos.

Se dio vuelta y vio que él también se había bajado y la observaba con los brazos en jarra.

-¿No vas a ir? –gritó él.

-No. Andá vos.

-La seguís, ¿eh?

Ella no contestó y empezó a saltar sobre la playa de canto rodado. El viento le golpeaba la cara. Detuvo los saltos y se dio vuelta. Él seguía en la misma posición

-¡Gracias por traerme a este lugar, amor! -gritó-. ¡Qué gusto! –Y extendió los brazos como un pájaro.

-Hija de puta... -rugió él y apretó los puños.

Ella, de cara al lago, sonrió y sacudió la cabeza de derecha a izquierda. También subió y bajó los hombros varias veces y ululó como un búho.

Un rato después vio cómo él hablaba con el dueño y cómo el hombre lo acompañaba hasta el auto y le ayudaba con el equipaje y se metían en una de las cabañas.

Comenzó a oscurecer y sintió frío. Decidió regresar. Entró en el salón comedor y se lo encontró apoyado en el mostrador charlando con el dueño. Se acercó.

-Hola –dijo.

Él no se dio vuelta

-Soy Martina –dijo ella y le extendió la mano al dueño.

-Mi mujer –dijo él que seguía dándole la espalda.

-Perdón –dijo ella –, ¿a qué hora se cena?

-No -dijo él-. Hoy cenamos en la habitación.

Pero, Luis -protestó-, si no tenemos nada...

Entonces él se volvió. Sonreía.

-¿Cómo que no, querida? ¿Y lo que compramos en el almacén?

Entraron sin hablarse en la cabaña que les habían asignado. La estufa a leña estaba encendida. Vio el bolso de él sobre la cama. Buscó el suyo.

-¿Y mi bolso? –preguntó.

-En el auto.

-¡Mierda! –dijo y agarró las llaves y salió a la noche.

Cuando regresó con el bolso, tiritaba. Él estaba pelando un durazno. Había abierto la botella de vino y se había servido un vaso.

-¿Querés? –Dijo y señaló la bolsa de duraznos-. Hay de sobra. Son pura pulpa, casi no tienen carozo.

Ella no dijo nada y se sentó en silencio frente a él para verlo comer. Lo miró fijo. Se cruzó de brazos. Él bebió el vino del vaso y lo depositó vacío sobre la mesa. Sacó otro durazno de la bolsa. Se le cayó la servilleta al suelo.

-¡Dale! –dijo-. Comé. Están lavados.

No contestó. Vio cómo hincaba los dientes en la fruta madura; un hilo de jugo le corrió desde la comisura hasta el borde de la camiseta. Él, sin levantarse de la silla, inclinó medio cuerpo para recoger la servilleta que se le había caído. El durazno a medio morder en la boca; medio durazno adentro, un pedazo afuera. Al agacharse casi se le cae el pedazo y, para evitarlo, se lo metió en la boca con la mano izquierda mientras con la derecha buscaba la servilleta. 

De repente se enderezó en la silla, tenía los ojos en punta y la cara colorada, se había tragado el durazno con el carozo. Hacía gestos con las manos, se ahogaba. Lo miró gesticular y no atinó a nada, apenas levantó los brazos a la altura del hombro y abrió los dedos de la mano. Se puso de pie, caminó hasta la puerta de la habitación sin darle la espalda, sin dejar de mirarlo; luego se dio vuelta  y la abrió. Salió al aire helado de la noche. Respiró hondo y volvió a estirar los brazos. Dio unos pasos. Se detuvo, giró  y entró.

Él ahora estaba desparramado sobre la silla y se golpeaba el pecho con los puños. Miraba hacia la puerta con la boca abierta, los ojos redondos, la cara congestionada. No se oía ningún ruido. Ella permaneció en el umbral, los brazos al costado del cuerpo. Lo observó un instante y volvió a salir. Caminó hacia la Administración, el aire frío le daba otra vez en la cara. Se detuvo antes de abrir la puerta del salón comedor y regresó corriendo.

Entró en la habitación y lo encontró tendido en el suelo. Fue hacia él, lo dio vuelta con el pie, se agachó y le pegó una trompada en la espalda. El carozo le salió por la boca como una bala y rodó sobre el entarugado. Lo oyó toser.

-¡Agua!  -gimió.

-¡Agua! 

No se volvió. Fue hasta la puerta abierta, salió despacio y la cerró. Caminó hacia la Administración. Entró al salón comedor y se sentó en la barra. Miró al camarero.

-Una coca light y un tostado –dijo.


9 de julio, Provincia de Buenos Aires. Docente en la escuela de periodismo Deportea y en el colegio Esquiú, ha colaborado con artículos para las revistas Ñ, Buen Destino y Clubs & Countries de Argentina y GEO de España.  Ha sido guionista del programa televisivo “Taxi –Gourmet” y “Yo te muestro Buenos Aires”.  Actualmente coordina talleres de escritura y lectura en 9 de Julio, Buenos Aires, Mendoza, Madrid  y Bilbao y tiene a su cargo la dirección del proyecto “Yo te cuento Buenos Aires”, antología de escritores noveles argentinos, auspiciado por la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Ha sido compiladora de varias antologías.  En 1998 fue finalista del Primer Premio Clarín de Novela y en 2008 quedó entre los veinte mejores narradores (sobre 6600 participantes) del Premio Clarín de Cuentos; en 2009 ganó en España el XV Premio Cortázar de Narración Breve (Cátedra de Literatura Hispanoamericana de la Universidad de Murcia con el auspicio de Caja Murcia). Servidumbre de paso, su primer libro de relatos, muchos de los cuales fueron premiados en diferentes concursos, mereció en el 2005 el “Primer Premio de Cuento de la Fundación Victoria Ocampo”, fue editado en Argentina por la Editorial Victoria Ocampo y en España,  por Dilema. 

Río Unión pertenece a su nuevo libro “Los malos adioses”, aún inédito.