miércoles, 26 de marzo de 2014

Noche oscura del alma - San Juan de la Cruz (texto y comentario)

 

En una noche escura,

con ansias en amores inflamada,

¡oh dichosa ventura!,

salí sin ser notada,

estando ya mi casa sosegada.

A escuras y segura

por la secreta escala, disfrazada,

¡oh dichosa ventura!,

a escuras y en celada,

estando ya mi casa sosegada.

En la noche dichosa,

en secreto, que nadie me veía

ni yo miraba cosa,

sin otra luz y guía

sino la que en el corazón ardía.

Aquesta me guiaba

más cierto que la luz del mediodía,

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

 

¡Oh noche, que guiaste;

oh noche amable más que el alborada;

oh noche que juntaste

Amado con amada,

amada, con el Amado transformada!

En mi pecho florido,

que entero para él solo se guardaba,

allí quedó dormido,

y yo le regalaba

y el ventalle de cedros aire daba.

El aire del almena,

cuando yo sus cabellos esparcía,

con su mano serena

en mi cuello hería

y todos mis sentidos suspendía.

Quedéme y olvidéme,

el rostro recliné sobre el Amado;

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

VOCABULARIO

escura: Oscura.

en celada: a escondidas

aquesta: esta.

más cierto: con más seguridad.

alborada: amanecer

ventalle: abanico.

suspendía: embelesaba

cuidado: preocupación

LOCALIZACIÓN

Poema Noche oscura del alma. Su autor es San Juan de la Cruz (1542- 1591).

"Noche escura del alma", junto con "Cántico espiritual" y "Llama de amor viva" constituyen las tres obras poéticas más importantes de la poesía mística, en la que se nos muestra la ascensión del alma hasta su unión mística con Dios. La literatura mística se desarrolló en España en la segunda mitad del siglo XVI.

ESTRUCTURA

Estructura externa

Métricamente el poema está formado por ocho liras. La lira es una estrofa de origen italiano traída a España por Garcilaso de la Vega en su canción "A la flor de Gnido". Esta estrofa consta de dos endecasílabos (el segundo y quinto versos) y tres heptasílabos: su rima es consonante y las rimas se distribuyen: 7a 11B 7a 7b 11B.

Estructura

Para determinar la estructura interna de este poema hay que saber que en él se desarrollan las tres vías o caminos que tiene que recorrer el Alma hasta la unión mística con Dios. Estas vías se conocen con el nombre de vía purgativa, vía iluminativa y vía unitiva.

- En la vía purgativa el Alma se libera poco a poco de sus pasiones y purifica de sus pecados;

- en la vía iluminativa el Alma se ilumina con la consideración de los bienes eternos y de la pasión y redención de Cristo;

- finalmente, mediante la vía unitiva el Alma alcanza la unión con Dios, según el modo definido por San Juan de la Cruz como «matrimonio espiritual».

Los escritores místicos para poder expresar esta unión espiritual se valen de imágenes tomadas del amor humano. El amor humano es, pues, la manera de la que se valen los místicos para explicar el amor divino: el Alma será la Esposa o Amada y Cristo el Esposo o Amado.

El poema se estructura en las siguientes partes:

a)

Corresponde a la vía purgativa. La amada (el Alma) busca a Dios en medio de la noche y en secreto (las primeras estrofas, versos 1-10). Sólo hay un verbo principal (salí) que aparece en pretérito perfecto simple.

b)

Se centra en la vía iluminativa. El Alma es iluminada por la luz de la fe y esta luz le permite ir ascendiendo en su camino hacia Dios (estrofas tercera y cuarta, versos 11–20). Las formas verbales aparecen en pretérito imperfecto de indicativo para describirnos el estado del alma.

c)

El Alma prorrumpe en exclamaciones, para agradecer a la noche que le haya permitido conducirla hasta la unión con el Amado. Formalmente aparecen oraciones exclamativas que corresponden a la función expresiva del lenguaje (estrofa quinta, versos 21–25).

d)

Se alcanza a vía unitiva. El Alma se une definitivamente con Dios (estrofas sexta, séptima y octava, versos 26—40). Formalmente hay un agolpamiento de verbos en contraste con las estrofas anteriores, aunque aquí no indican acción sino más bien abandono, sensación que viene reforzado por el uso de pronombres enclíticos (quedéme, olvídeme, dejéme)

ARGUMENTO

La Amada (el Alma) una vez que ha dejado sosegada su casa (mediante la purgación de las pasiones y pecados) se eleva hacia Dios en medio de la noche de los sentidos y recibe una luz especial que le facilita el camino hasta llegar a la unión íntima con el Amado (Cristo).

TEMA

La unión mística del alma con Cristo.

ESTUDIO DE LA FORMA Y CONTENIDO

Lo primero que nos encontramos al analizar el texto es con el símbolo de la noche. Los escritores místicos se valen de símbolos para poder comunicar sus experiencias. En la primera estrofa noche simboliza los diversos sacrificios: y purgaciones que ha de llevar a cabo el alma para alcanzar la perfección que le permita elevarse hacia Dios. De esta manera el alma se aleja de las tentaciones mundanas (estando ya mi casa sosegada) y se prepara el encuentro con Dios (¡oh dichosa ventura!) A través del epíteto escura, que se repite en el texto con diversas variantes (A escuras y segura, a escuras y encelada) insiste el poeta en la idea de la oscuridad de los sentidos que ha de ser previa a la ascensión del alma.

Por otra parte, la oscuridad favorece la idea de secreto (recordemos que la palabra mística significa «sabiduría secreta») que también se repite varias veces en las tres primeras estrofas:

por la secreta escala disfrazada

— a escuras y encelada.

— en secreto que nadie me veía.

En el v.6 nos encontramos también con una paradoja —otro recurso místico para poder expresar lo inefable de esta poesía—: a escuras y segura. La oscuridad normal nos hace caminar inseguros, pero esta oscuridad en el sentido explicado más arriba sí permite al alma elevarse con seguridad hacia Dios.

El alma, pues, avanza segura y encuentra una luz especial que hace que se transforme la "noche oscura" en "noche dichosa"; que propicia el encuentro con el Amado, a quien se alude mediante una perífrasis (sin decir su nombre):

adonde me esperaba

quien yo bien me sabía,

en parte donde nadie parecía.

La estrofa quinta es toda ella una pura exclamación afectiva. Mediante el paralelismo sintáctico: ¡oh ,noche que guiaste / oh noche que juntaste... y la repetición anafórica de noche, el alma exalta los valores positivos de ésta: noche guiadora, noche amable, noche que junta a los amantes.

A partir de la sexta estrofa ya comienza la vía unitiva. En ella, mediante el polisíndeton se agolpan las acciones agradables, tomadas del amor profano: y yo le regalaba / y el ventalle de cedros aire daba.Mediante la metáfora, el poeta identifica el aire que mueve las hojas de los cedros con un abanico que refresca a los amantes. En la estrofa séptima hay un cambio de escenario: ahora el lugar de encuentro de los amantes es las almenas de un castillo, por donde también pasa el aire. Es en esta estrofa donde se produce el denominado éxtasis místico: y todos mis sentidos suspendía.

En la última estrofa se alcanza el clímax del poema: el Alma se une definitivamente al Amado y descansa del largo camino que ha tenido que recorrer. Mediante la aliteración del sonido /m/ se intenta cargar de afectividad y amor esta escena:

Quedéme y olvidéme;

el rostro recliné sobre el Amado

cesó todo y dejéme,

dejando mi cuidado

entre las azucenas olvidado.

Por último, aludiremos a los recursos que vertebran y confieren unidad al poema. Estos recursos se basan en la repetición, que se da en todos los componentes de la lengua. En la primera parte del poema todos los significados parecen repetirse de lira en lira. Se repite la idea de noche, la idea de salida nocturna y la idea de secreto. También se repiten frases enteras a modo de estribillo:

¡Oh dichosa ventura! (estrofas 1 y 2)          A oscuras...  (estrofa 2)

Oh noche... (estrofa 5)                               Amado con Amada... Amada en el Amado (estrofa 5)

Se repiten ciertos fonemas para sugerir la idea que pretende comunicar. Así, la aliteración de /s/ en el estribillo: estando ya mi casa sosegada que nos sugiere la idea de silencio y soledad expresada en las correspondientes estrofas. Y lo mismo ocurre con la aliteración de /m/ en la última estrofa.

CONCLUSIÓN

El poema que acabamos de comentar es típico de la poesía mística de San Juan de la Cruz. Mediante repeticiones y elementos intensificadores de todo tipo, la estructura perfecta del poema e imágenes tomadas del amor humano, el poeta ha logrado transmitirnos las sensaciones que el Alma experimenta en su camino ascendente hasta alcanzar la unión mística con Dios.

[De: http://elvelerodigital.com/apuntes/lyl/nocheoscura.htm]

miércoles, 19 de marzo de 2014

La legión extranjera – Clarice Lispector

Si me preguntaran por Ofelia y sus padres, habría respondido con el decoro de la honestidad: apenas los conocí. Delante del mismo jurado al cual respondería: apenas me conozco, y a cada cara del jurado le diría con la misma mirada límpida de quien se hipnotizó para la obediencia: apenas os conozco. Pero algunas veces despierto del largo sueño y me vuelvo con docilidad hacia el delicado abismo del desorden.

Estoy tratando de hablar de aquella familia que desapareció hace años sin dejar rastros en mí, y de la que tan sólo me había quedado una imagen esfumada por la distancia. Mi inesperado consentimiento en saber fue provocado hoy por el hecho de aparecer en casa un pollito. Vino traído por obra de quien quería tener el gusto de darme una cosa nacida. Al sacar de su encierro al pollito, su gracia nos atrapó en el momento. Mañana es Navidad, pero el momento de silencio que espero todo el año vino un día antes de nacer Cristo. Una cosa piando por sí misma despierta la tiernísima curiosidad que junto a un pesebre es adoración. Bueno, dijo mi marido, y ahora esto. Se había sentido demasiado grande. Sucios, con la boca abierta, los chicos se aproximaron. Yo, un poco osada, quedé feliz. El pollito piaba. Pero Navidad es mañana, dijo tímido el chico mayor. Sonreíamos desamparados, curiosos.

Pero los sentimientos son agua de un instante. Poco después —como la misma agua ya es otra cuando el sol la deja muy liviana, y otra ya cuando se irrita tratando de morder una piedra, y otra también en el pie que se sumerge—, poco después ya no teníamos en el rostro más que aureola e iluminación.Alrededor del pollito afligido, nos sentíamos bien y ansiosos. A mi marido, la bondad lo deja ríspido y severo, cosa a la que nos acostumbramos; él se crucifica un poco. En los chicos, que son más serios, la bondad es un ardor. A mí, la bondad me intimida. Al poco rato la misma agua era otra, y mirábamos disgustados, enredados en la falta de habilidad de ser buenos. Y, el agua ya otra, poco a poco teníamos en el rostro la responsabilidad de una aspiración, el corazón pesado de un amor que ya no era libre.También nos volvía torpes el miedo que el pollito nos tenía; allí estábamos, y ninguno merecía comparecer ante el pollito; a cada piada, nos echaba afuera. A cada piada, nos reducía a no hacer nada.La constancia de su pavor nos acusaba de una alegría imprudente que a esa hora ya ni era alegría, era incomodidad. Había pasado el instante del pollito, y él, cada vez más indispensable, nos expulsaba sin dejarnos. Nosotros, los adultos, ya habíamos ocultado el sentimiento. Pero en los chicos había una indignación silenciosa, y su acusación era que nada hacíamos por el pollito o por la humanidad. A nosotros, padre y madre, el piar cada vez más ininterrumpido ya nos había llevado a una resignación vergonzosa: las cosas son de ese modo. Sólo que nunca les habíamos contado eso a los niños, teníamos vergüenza; y postergábamos indefinidamente el momento de llamarlos y decirles con claridad que las cosas son así. Cada vez se hacía más difícil, el silencio crecía, y ellos empujaban un poco el afán con que queríamos darles, a cambio, amor. Si nunca habíamos conversado sobre las cosas, mucho más tuvimos que esconderles en ese instante la sonrisa que terminó aflorándonos con el piar desesperado de aquel pico, una sonrisa como si nos correspondiera bendecir el hecho de que las cosas fueran así, de ese modo, y hubiéramos acabado de bendecirlas.

El pollito piaba. Sobre la mesa barnizada no osaba dar un paso, un movimiento, piaba para adentro.Yo ni siquiera sabía dónde cabía tanto terror en una cosa que era sólo plumas. ¿Plumas cubriendo qué?,media docena de huesos que se habían reunido, débiles, ¿para qué?, para el piar de terror. En silencio, con respeto ante la imposibilidad de comprendernos, con respeto ante la rebelión de los chicos contra nosotros, en silencio mirábamos sin mucha paciencia. Era imposible darle la palabra tranquilizadora que lo hiciese no tener miedo, consolar a la cosa que por haber nacido se espanta. ¿Cómo prometerle la costumbre? Padre y madre, sabíamos cuán breve sería la vida del pollito. También éste lo sabía, del modo como las cosas vivas lo saben: a través del susto profundo.

Y mientras tanto, el pollito lleno de gracia, cosa breve y amarilla. Yo quería que también él sintiera la gracia de su vida, así como la habían pedido de nosotros, él que era la alegría de los otros, no la propia. Que sintiera que era gratuito, ni siquiera necesario —uno de los pollitos tiene que ser inútil—,sólo había nacido para gloria de Dios, entonces que fuese la alegría de los hombres. Pero era amar nuestro amor y querer que el pollito fuera feliz solamente porque lo amábamos. Yo también sabía que sólo la madre resuelve el nacimiento, y el nuestro era amor de quien se complace en amar: me agitaba en la gracia de permitírseme amar, campanas, campanas repicaban porque sé adorar. Pero el pollito temblaba, cosa de terror, no de belleza.

El niño menor no soportó más:

—¿Quieres ser su mamá?

Yo dije que sí, sobresaltada. Yo era la enviada junto a aquella cosa que no comprendía mi único lenguaje: estaba amando sin ser amada. La misión era falible, y los ojos de cuatro chicos esperaban con la intransigencia de la esperanza mi primer gesto de amor eficaz. Retrocedí un poco, sonriendo solitaria del todo; miré a mi familia, quería que ellos sonrieran. Un hombre y cuatro chicos me miraban fijamente, incrédulos y confiados. Yo era la mujer de la casa, el granero. Por qué la impasibilidad de los cinco, no lo entendí. Cuántas veces había fracasado para que, en mi hora de timidez, ellos me miraran. Intenté aislarme del desafío de los cinco hombres para yo también esperar de mí y acordarme de cómo es el amor. Abrí la boca, iba a decirles la verdad: no sé cómo.

Pero si me llegara de noche una mujer. Si ella asegurara al hijo en el regazo. Y dijera: cura a mi hijo. Yo diría: ¿cómo se hace? Ella respondería: cura a mi hijo. Yo diría: tampoco sé. Ella respondería:cura a mi hijo. Entonces —entonces, porque no sé hacer nada y porque no me acuerdo de nada y porque es de noche—, entonces extiendo la mano y salvo a un niño. Porque es de noche, porque estoy sola en la noche de otra persona, porque este silencio es muy grande para mí, porque tengo dos manos para sacrificar a la mejor de ellas y porque no tengo otro camino.

Entonces extendí la mano y tomé el pollito.

Fue en ese instante cuando volví a ver a Ofelia. Y en ese instante me acordé de que había sido el testimonio de una chica.

Más tarde recordé cómo la vecina, madre de Ofelia, era trigueña como una hindú. Tenía ojeras violáceas que la embellecían mucho y le daban un aire fatigado que hacía que los hombres la miraran una segunda vez. Un día, en el banco del jardín, mientras los chicos jugaban, me había dicho con esa su cabeza obstinada de quien mira hacia el desierto: «Siempre quise hacer un curso de decoración de pasteles». Me acordé de que el marido, trigueño también, como si se hubieran elegido por la sequedad del color, quería ascender en la vida a través de su ramo de negocios: gerencia de hoteles o incluso dueño, nunca entendí bien. Cosa que le daba una dura cortesía. Cuando en el ascensor nos veíamos forzados al contacto más prolongado, él aceptaba el cambio de palabras con un tono de arrogancia que traía de luchas mayores. Hasta llegar al décimo piso, la humildad a la que su indiferencia me había forzado, ya lo había amansado un poco; quizá llegara a casa más bien servido. En cuanto a la madre de Ofelia, ella temía que, a fuerza de vivir en el mismo piso, hubiese intimidad y, sin saber que yo me resguardaba también, me evitaba. La única intimidad había sido la del banco del jardín, donde, con ojeras y boca fina, había hablado de decorar pasteles. Yo no había sabido qué responder y terminé diciendo, para que supiera que ella me agradaba, que el curso de los pasteles me gustaría. Ese único momento mutuo nos había alejado aún más, por temor a un abuso de comprensión. La madre de Ofelia llegó incluso a ser grosera en el ascensor: al día siguiente estaba yo con uno de los niños tomado de la mano, el ascensor bajaba despacio, y yo, oprimida por el silencio que, a la otra, la fortificaba, había dicho en un tono de agrado que en el mismo instante también a mí me repugnó:

—Nos estamos dirigiendo a casa de la abuela de él.

Y ella, para asombro mío:

—No le pregunté nada, nunca me meto en la vida de los vecinos.

—Ajá —dije yo por lo bajo.

Lo que allí mismo, en el ascensor, me hizo pensar que yo estaba pagando por haber sido su confidente de un minuto en el banco del jardín. Lo que, a su vez, me hizo pensar que ella tal vez juzgase haberme confiado más de lo que en realidad había confiado. Lo que, a su vez, me hizo pensar si verdaderamente no me había dicho más de lo que las dos habíamos percibido. Mientras el ascensor continuaba bajando y deteniéndose, yo reconstituí su aire insistente y soñador en la banca del jardín, y miré con ojos nuevos la belleza altanera de la madre de Ofelia. «No le contaré a nadie que quieres decorar pasteles», pensé mirándola rápidamente.

El padre agresivo, la madre reservándose. Familia soberbia. Me trataban como si yo ya viviera en su futuro hotel y los ofendiese con el pago que exigían. Sobre todo me trataban como si ni yo lo creyera, ni ellos pudieran probar quiénes eran. ¿Y quiénes eran ellos?, me preguntaba a veces. ¿Por qué la bofetada que estaba impresa en sus rostros?, ¿por qué la dinastía exiliada? Y a tal punto no me perdonaban, que yo obraba como no perdonada: si los encontraba en la calle, fuera del sector al que me circunscribía, me sobresaltaba, sorprendida en delito; retrocedía para que ellos pasaran, les daba el lugar: los tres trigueños y bien vestidos pasaban como si fueran a misa, aquella familia que vivía bajo el signo de un orgullo o de un martirio oculto, amoratados como flores de la Pasión. Familia antigua,aquélla.

Pero el contacto se hizo a través de la hija. Era una chica hermosísima, con largos bucles duros, Ofelia, con ojeras iguales a las de la madre, las mismas encías un poco violetas, la misma boca fina de quien se cortó. Pero ésa, la boca, hablaba. Le dio por aparecer en casa. Tocaba el timbre, yo abría la mirilla, no veía nada, oía una voz decidida:

—Soy yo, Ofelia María dos Santos Aguiar.

Desanimada, abría la puerta. Ofelia entraba. La visita era para mí, mis dos chicos en aquel tiempo eran demasiado pequeños para su pausada sabiduría. Yo era importante y estaba ocupada; pero era para mí la visita: con una atención del todo interior, como si para todo hubiera un tiempo, levantaba con cuidado la falda de olanes, se sentaba, arreglaba los olanes, y sólo entonces me miraba. Yo, que entonces copiaba el archivo de la oficina, trabajaba y oía. Ofelia me daba consejos. Tenía opinión formada respecto a todo. Todo lo que yo hacía era un poco equivocado, en su opinión. Decía «en mi opinión» con tono resentido, como si yo le debiera haber pedido consejos, y ya que yo no los pedía, ella los daba. Con sus ocho años altivos y bien vividos, decía que en su opinión yo no criaba bien a los chicos; pues a los chicos, cuando se les da la mano, quieren subirse a la cabeza. El plátano no se mezcla con la leche. Mata.Pero claro que usted hace lo que quiere; cada uno sabe lo suyo. Ya no era hora de estar en bata; su madre se cambiaba de ropa en cuanto salía de la cama, pero cada uno termina llevando la vida que quiere. Si yo le explicaba que era porque todavía no me había bañado, Ofelia se quedaba quieta, mirándome atenta.Con alguna suavidad, entonces, con alguna paciencia, agregaba que no era hora de no haber tomado todavía el baño. Nunca era mía la última palabra. Qué última palabra podría dar cuando ella me decía: la empanada de verdura nunca lleva tapa. Una tarde, en una panadería, me vi inesperadamente ante la verdad inútil: allá estaba sin tapa una fila de empanadas de verdura. «Pero yo le avisé», la oí como si estuviera presente. Con sus bucles y olanes, con su firme delicadeza, era una visita en la sala todavía desarreglada. Lo que importaba era que decía también muchas tonterías, lo que, en mi desaliento, me hacía sonreír desesperada.

La peor parte de la visita era la del silencio. Yo levantaba los ojos de la máquina, y no sabría decir desde hacía cuánto tiempo Ofelia me miraba en silencio. ¿Qué le puede atraer en mí a esta niña?, me exasperaba. Una vez, después de su largo silencio, me había dicho, tranquila: usted es rara. Y yo,alcanzada en pleno rostro sin protección —Justamente en el rostro, que por ser nuestro revés es cosa tan sensible—, yo, alcanzada en pleno, había pensado con rabia; pues vas a ver que es precisamente esa rareza lo que buscas. Ella, que estaba totalmente protegida, y tenía madre protegida, y padre protegido.

Yo todavía prefería, pues, consejo y crítica. Menos tolerable era ya su costumbre de usar la expresión «por lo tanto» con la que unía las frases en una concatenación que no fallaba. Me dijo que yo había comprado demasiada verdura en el mercadillo; por lo tanto, no iban a caber en el pequeño refrigerador, y, por lo tanto, se marchitarían antes del próximo día de mercadillo. Días después yo miraba las verduras magulladas. Por lo tanto, sí. Otra vez había visto mis verduras esparcidas por la mesa de la cocina, yo que disimuladamente había obedecido. Ofelia miró, miró. Parecía dispuesta a no decir nada. Yo esperaba de pie, agresiva, muda. Ofelia dijo sin ningún énfasis:

—Es poco hasta el próximo día de mercadillo.

Las verduras se acabaron mediada la semana. ¿Cómo es que ella lo sabe?, me preguntaba con curiosidad. «Por lo tanto» sería quizá la respuesta. ¿Por qué yo nunca, nunca sabía? ¿Por qué ella sabía de todo, por qué la tierra le era tan familiar, y yo sin protección? ¿Por lo tanto? Por lo tanto.

Una vez Ofelia se equivocó. La geografía —dijo sentada frente a mí con los dedos cruzados en el regazo— es una manera de estudiar. No llegaba a ser un error, era más bien un leve estrabismo del pensamiento; pero para mí tuvo la gracia de una caída, y antes de que el momento pasara, por dentro le dije: es así como se hace ¡eso!, ve despacio así, y un día te va a ser más fácil o más difícil; pero es así, ve equivocándote, bien, bien despacio.

Una mañana, en medio de su charla, me advirtió autoritaria: «Voy a casa a ver una cosa, pero vuelvo en seguida». Arriesgué: «Si estás muy ocupada, no necesitas volver». Ofelia me miró muda, inquisitiva. «Hay una niña muy antipática», pensé bien claro para que ella viera toda la frase expuesta en mi rostro. Ella sostuvo la mirada. La mirada donde —con sorpresa y desolación— vi fidelidad, paciente confianza en mí y el silencio de quien nunca habló. ¿Cuándo es que yo le había tirado un hueso para que me siguiera muda por el resto de la vida? Desvié los ojos. Ella suspiró, tranquila. Y dijo con mayor decisión aún: «Vuelvo en seguida». ¿Qué es lo que quiere?, me agité, ¿por qué atraigo a personas que ni siquiera gustan de mí?

Una vez, cuando Ofelia estaba sentada, tocaron el timbre. Fui a abrir y me encontré con la madre de Ofelia. Llegaba protectora, exigente:

—¿Por casualidad Ofelia María está ahí?

—Sí —me excusé, como si la hubiera raptado.

—No hagas más eso —le dijo a Ofelia en un tono que también me dirigía; después se volvió hacia mí y, súbitamente ofendida:

—Disculpe la molestia.

—No se preocupe, esta chica es tan inteligente.

La madre me miró con ligera sorpresa; pero la sospecha pasó por sus ojos. Y en ellos leí: ¿qué es lo que quieres de ella?

—Ya le prohibí a Ofelia María que la moleste —dijo ahora con abierta desconfianza. Y, asegurando con firmeza la mano de la chica para llevarla, parecía defenderla contra mí. Con una sensación de decadencia, espié por la mirilla entreabierta sin ruidos: allá iban las dos por el corredor que llevaba a su apartamento, la madre abrigando a la hija con murmullos de reprensión amorosa, la hija impasible temblándole los bucles y olanes. Al cerrar la mirilla, advertí que todavía no me había cambiado de ropa y, por lo tanto, había sido vista así por la madre que se cambiaba de ropa al salir de la cama. Pensé con cierta desenvoltura: bueno, ahora la madre me desprecia; por lo tanto, estoy libre de que la chica vuelva.

Pero volvía, sí. Yo resultaba demasiado atrayente para aquella chica. Tenía bastantes defectos para sus consejos; era terreno para el desarrollo de su severidad; ya me había convertido en el dominio de mi esclava: volvía, sí, levantaba los olanes, se sentaba.

Por ese entonces, estando cerca la Pascua, el mercadillo estaba lleno de pollitos, y traje uno para los chicos. Jugamos, después él se quedó en la cocina, los chicos en la calle. Más tarde aparecía Ofelia para la visita. Yo escribía a máquina; de vez en cuando concordaba distraída. La voz igual de la chica,voz de quien habla de memoria, me atontaba un poco, entraba por entre las palabras escritas; ella decía, decía.

Fue cuando me pareció que de pronto todo se había detenido. Sintiendo falta del suplicio, la miré neblinosa. Ofelia María estaba con la cabeza bien erguida, con los bucles totalmente inmovilizados.

—¿Qué es eso? —dijo.

—¿El qué?

—¡Eso! —dijo inflexible.

—¿Eso?

Nos habríamos quedado indefinidamente en una ronda de «¿Eso?», y «¡Eso!», si no fuera por la fuerza excepcional de esa chica, que, sin una palabra, tan sólo con la extrema autoridad de la mirada, me obligaba a oír lo que ella misma oía. En el silencio de la atención a que me había forzado, oí finalmente el débil piar del pollito en la cocina.

—Es el pollito.

—¿Pollito? —dijo desconfiadísima.

—Compré un pollito —respondí resignada.

—¡Pollito! —repitió, como si la hubiese insultado.

—Pollito.

Y en eso quedaríamos. Si no fuera por cierta cosa que vi y que nunca había visto antes.

¿Qué era? Pero, fuese lo que fuese, ya no estaba allí. Un pollito había centelleado un segundo en sus ojos y en ellos se había sumergido para no haber existido nunca. Y la sombra se hizo. Una sombra profunda cubriendo la tierra. Desde el instante en que involuntariamente su boca estremeciéndose casi había pensado «Yo también quiero», desde ese instante la oscuridad se había adensado en el fondo de los ojos en un deseo retráctil, que si lo tocasen, más se cerraría como hoja de adormidera. Y que retrocedía delante de lo imposible, lo imposible que se había acercado y, con tentación, casi había sido de ella: lo oscuro de los ojos osciló como una moneda. Una astucia le pasó entonces por el rostro, si yo no estuviera allí, por astucia, ella robaría cualquier cosa. En los ojos que pestañearon ante la disimulada sagacidad, en los ojos la gran tendencia a la rapiña. Me miró rápida, y era la envidia; tienes de todo, y la censura, porque no somos la misma y yo tendré un pollito, y la codicia: ella me quería para sí. Lentamente me fui reclinando en el respaldo de la silla; su envidia, que desnudaba mi pobreza, y dejaba pensativa a mi pobreza; si no estuviera yo allí, también robaría mi pobreza; ella quería todo. Después de que el estremecimiento de la codicia pasó, lo oscuro de los ojos sufrió todo: no era solamente a un rostro sin protección que yo la exponía, ahora la había expuesto a lo mejor del mundo: a un pollito. Sin verme, sus ojos calientes me miraban en una abstracción intensa que se ponía en íntimo contacto con mi intimidad. Algo pasaba que yo no conseguía entender a simple vista. Y nuevamente volvió el deseo. Esta vez los ojos se angustiaron como si nada pudieran hacer con el resto del cuerpo que se desprendía independientemente. Y más se ensanchaban, sorprendidos con el esfuerzo físico de la descomposición que dentro de ella se realizaba. La boca delicada permaneció un poco infantil, de un violeta macerado.Miró hacia el techo: las ojeras le daban un aire de supremo martirio. Sin moverme, yo la miraba. Yo sabía la gran incidencia de mortalidad infantil. En ella me envolvía la gran pregunta: ¿vale la pena? No sé, le dijo mi quietud cada vez mayor, pero es así. Allí, delante de mi silencio, ella estaba entregándose al proceso, y si me preguntaba la gran pregunta, tenía que quedar sin respuesta. Tenía que darse por nada.Tendría que ser, y por nada. Ella se aferraba en sí misma, no queriendo. Pero yo esperaba. Sabía que somos lo que tiene que suceder. Yo sólo podía servirle a ella de silencio. Y, deslumbrada de desentendimiento, oía latir dentro de mí un corazón que no era el mío. Delante de mis ojos fascinados, allí frente a mí, como un ectoplasma, ella se estaba transformando en una niña.

No sin dolor. En silencio yo veía el dolor de su alegría difícil. El lento cólico de un caracol. Se pasó lentamente la lengua por los labios finos. (Ayúdame, dijo su cuerpo en la penosa bipartición. Estoy ayudándote, respondió mi inmovilidad.) La agonía lenta. Ella estaba engordando, deformándose con lentitud. Por momentos los ojos se volvían puras pestañas, en una avidez de huevo. Y la boca de un hambre temblorosa. Casi sonreía entonces, como si extendida en una mesa de operación dijera que no estaba doliendo tanto. No me perdía de vista: había marcas de pies que ella no veía, por allí ya había caminado alguien, y ella adivinaba que yo había caminado mucho. Se deformaba más y más, casi idéntica a sí misma. ¿Arriesgo? ¿Dejo sentir?, se preguntaba en ella. Sí, se respondió por mí.

Y mi primer sí me embriagó. Sí, repitió mi silencio para el de ella, sí. Como en la hora de nacer mi hijo yo le había dicho: sí. Tenía la osadía de decirle sí a Ofelia, yo que sabía que también se muere de chico sin advertirlo nadie. Sí, repetí embriagada, porque el peligro más grande no existe: cuando se va, se va todo junto, tú misma siempre estarás; eso, eso es lo que llevarás para lo que vaya a ser.

La agonía de su nacimiento. Hasta entonces nunca había visto el coraje. El coraje de ser el otro que se es, el de nacer del propio parto, y el de abandonar en el suelo el cuerpo antiguo. Y sin haberle respondido si valía la pena. «Yo», trataba de decir su cuerpo mojado por las aguas. Sus nupcias consigo misma.

Ofelia preguntó lentamente, con recato por lo que le sucedía:

—¿Es un pollito?

No la miré.

—Es un pollito, sí.

De la cocina venía el débil piar. Quedamos en silencio como si Jesús hubiera nacido. Ofelia respiraba, respiraba.

—¿Un polluelo? —se aseguró vacilante.

—Un polluelo, sí —dije yo guiándola con cuidado hacia la vida.

—¡Ah, un polluelo! —dijo meditando.

—Un polluelo —dije sin embrutecerla.

Hacía ya algunos minutos que estaba frente a una niña. Se había realizado la metamorfosis.

—Está en la cocina.

—¿En la cocina? —repitió, haciéndose la desentendida.

—En la cocina —repetí por primera vez autoritaria, sin agregar nada más.

—¡Ah!, en la cocina —dijo Ofelia con mucho fingimiento y miró hacia el techo.

Pero sufría. Con cierta vergüenza, noté finalmente que me estaba vengando. La otra sufría, fingía,miraba hacia el techo. La boca, las ojeras.

—Puedes ir a la cocina a jugar con el polluelo.

—¿Yo...? —preguntó haciéndose la tonta.

—Pero solamente si quieres.

Sé que debería haberla mandado, para no exponerla a la humillación de querer tanto. Sé que no le debería haber dado la opción, y entonces ella tendría la disculpa de que había sido obligada a obedecer. Pero en aquel momento no era por venganza por lo que le daba el tormento de la libertad. Es que aquel paso, también aquel paso debería darlo sola. Sola y ahora. Ella es la que tendría que ir a la montaña. ¿Por qué —me confundía—, por qué estoy tratando de soplar mi vida en su boca violeta? ¿Por qué estoy dándole una respiración? ¿Cómo me atrevo a respirar dentro de ella, si yo misma..., solamente para que ella camine, estoy dándole los penosos pasos? ¿Le soplo mi vida sólo para que un día, exhausta, sienta por un instante como si la montaña hubiera caminado hasta ella?

Yo tendría el derecho. Pero no tenía opción. Era una emergencia como si los labios de la niña estuvieran cada vez más violetas.

—Ve a ver el polluelo solamente si quieres —repetí entonces con la extrema dureza de quien salva.

Quedamos enfrentándonos, diferentes, cuerpo separado de cuerpo; solamente la hostilidad nos unía.Yo estaba seca e inerte en la silla para que la chica se hiciese dolor dentro de otro ser, firme para que luchase dentro de mí; cada vez más fuerte a medida que Ofelia necesitara odiarme y necesitara que yo resistiese al sufrimiento de su odio. No puedo vivir eso por ti, le dijo mi frialdad. Su lucha se hacía cada vez más próxima, y en mí, como si aquel individuo que había nacido extraordinariamente dotado de fuerza estuviera bebiendo de mi debilidad. Al usarme ella me lastimaba con su fuerza; me arañaba al tratar de agarrarse a mis paredes lisas. Finalmente, su voz sonó con baja y lenta rabia:

—Pues voy a ver al pollito en la cocina.

—Ve, sí —dije lentamente.

Se retiró pausada, buscando mantener la dignidad de la espalda.

De la cocina volvió inmediatamente: estaba sorprendida, sin pudor, mostrando al pollito en la mano, y en una perplejidad que me indagaba por completo con los ojos:

—¡Es un polluelo! —dijo.

Lo miró en la mano que se extendía; me miró, miró de nuevo la mano, y de pronto se llenó de una nerviosidad y de una preocupación que me envolvieron automáticamente en nerviosidad y preocupación.

—¡Pero es un polluelo! —dijo, e inmediatamente la censura le pasó por los ojos, como si yo no le hubiera dicho quién piaba.

Me reí. Ofelia me miró, ultrajada. Y de repente rió. Ambas reímos entonces, un poco agudas.

Después de reírnos, Ofelia puso a caminar en el suelo al pollito. Si él corría, ella iba atrás, sólo parecía dejarlo autónomo para sentir nostalgia; pero si se encogía, ella lo protegía presurosa, con pena de que él estuviera bajo su dominio, «Pobrecito, es mío»; y cuando lo aseguraba, era con mano torcida por la delicadeza: era el amor, sí, el tortuoso amor. Es muy pequeño; por lo tanto, lo que necesita es mucho cuidado, uno no puede hacerle mimos, porque esto tiene sus peligros; no deje que lo agarren por casualidad; usted haga lo que quiera, pero el maíz es demasiado grande para su piquito abierto; porque él es blandito, pobre, tan chiquito, por lo tanto, usted no puede dejar a sus hijos que le hagan cariños; sólo yo sé el cariño que le gusta; se resbala por cualquier motivo, por lo tanto, el piso de la cocina no es lugar para el polluelo.

Hacía mucho tiempo que intentaba nuevamente escribir a máquina, buscando recuperar el tiempo perdido, y Ofelia entreteniéndome, y poco a poco hablando sólo para el polluelo, y amando por amor.Por primera vez me había abandonado, ella ya no era yo. La miré, toda de oro como estaba, y el pollito todo de oro, y los dos zumbaban como rueca y huso. También mi libertad por fin, y sin ruptura; adiós, y yo sonreía de nostalgia.

Mucho después advertí que era conmigo con quien Ofelia hablaba.

—Me parece —me parece— que lo voy a poner en la cocina.

—Pues ve.

No vi cuándo fue, no vi cuándo volvió. En algún momento, por casualidad y distraída, sentí que desde hacía rato había silencio. La miré un instante. Estaba sentada, con los dedos cruzados en el regazo. Sin saber exactamente por qué, la miré una segunda vez:

—¿Qué pasa?

—¿Yo?...

—¿Estás sintiendo algo?

—¿Yo?...

—¿Quieres ir al baño?

—¿Yo?...

Desistí, volví a la máquina. Un poco después oí la voz:

—Voy a tener que irme a casa.

—Está bien.

—Si usted me deja.

La miré sorprendida:

—Mira, si quieres...

—Entonces —dijo—, entonces me voy.

Fue caminando despacio, cerró la puerta sin ruido. Me quedé mirando la puerta cerrada. Eres rara,pensé. Volví a mi trabajo.

Pero no conseguía salir de la misma frase. Bueno —pensé impaciente mirando el reloj—, ¿y ahora qué? Me quedé indagando sin gusto, buscando en mí misma lo que podría estar interrumpiéndome. Cuando ya desistía, volví a ver una cara extremadamente tranquila: Ofelia. Menos que una idea me pasó por la cabeza y, ante lo inesperado, ésta se inclinó para oír mejor lo que sentía. Lentamente empujé la máquina. Obstinada, fui apartando despacio las sillas del camino. Hasta pararme lentamente ante la puerta de la cocina. En el piso estaba el pollito muerto. ¡Ofelia!, llamé, en un impulso, a la niña prófuga.

A una distancia infinita yo veía el piso. Ofelia, inútilmente intenté alcanzar a la distancia el corazón de la chica callada. ¡Oh, no te asustes mucho!; a veces uno mata por amor, pero juro que un día uno se olvida, ¡lo juro! Uno no ama bien, oye, repetí como si pudiera alcanzarla antes de que, desistiendo deservir a lo verdadero, ella altivamente fuera a servir a la nada. Yo que no me había acordado de avisarle que sin el miedo existía el mundo. Pero juro que eso es la respiración. Estaba muy cansada, me senté en el banco de la cocina.

Donde estoy ahora, batiendo despacito el pastel para mañana. Sentada, como si durante todos estos años hubiera esperado pacientemente en la cocina. Debajo de la mesa, tiembla el pollito de hoy. El color amarillo es el mismo, el pico es el mismo. Como se nos promete en la Pascua, en diciembre vuelve. Ofelia es la que no volvió: creció. Fue a ser la princesa hindú por la que su tribu esperaba en el desierto.

[Del libro: Clarice Lispector – Cuentos reunidos, texto completo]

jueves, 27 de febrero de 2014

Dos textos inéditos de Cortázar

Lo fantástico y lo real en la literatura latinoamericana de nuestros días

Lo fantástico y lo real en la literatura latinoamericana de nuestros días

Pienso que ustedes saben que los juegos combinados del azar y de la genética me hicieron nacer en Bélgica, aquí mismo en Bruselas y más precisamente en Ixelles, un día de agosto de triste memoria en que los ejércitos del Kaiser aplastaban la resistencia del ejército belga y se apoderaban del país sin que yo naturalmente tuviera idea de lo que sucedía en torno de mí. Me emociona recordarlo esta noche porque si bien la noción de patria en su sentido más usual me es bastante ajena, en cambio me creo profundamente sensible a la noción de país como depositario, creador y continuador de una idiosincrasia y una cultura propias, y mi oficio de escritor le debe mucho a una Bélgica en la que ciertos aspectos de su literatura y de sus artes responden a mi vocación natural, que es la de lo fantástico como exploración de la realidad, no para escapar de ésta sino para avanzar en el conocimiento de sus posibles parámetros, para enriquecerla como la cultura belga la ha enriquecido, transgrediéndola y forzándola desde tanta pintura, tanta poesía y tanta narrativa. Yo era muy joven cuando conocí la obra de un Magritte, cuando entré en el mundo demoníaco de Ghelderode, leí a los surrealistas de este país y me asomé al mundo obsesionado de Paul Delvaux, para no citar más que a unas pocas figuras de proa. Y eso, allá en mi Buenos Aires tan remoto respecto de Bélgica, no hizo más que confirmarme en la seguridad de que las cosas suelen no ser lo que parecen, y ayudarme a buscar mi camino propio bajo la luz de esos fanales que me acompañaron siempre.
Texto inédito e inconcluso de la charla que Cortázar debía dar en Bruselas a finales de 1983 y no pudo celebrarse
Antepasados
Ayer vi desde lejos a dos antepasados. Iban a poca distancia uno de otro, con las palpas rozando el suelo, y cuando entre las fibras se les enredaba alguna colilla, se sacudían bruscamente y parecían consultarse furtivamente antes de reanudar la marcha.
En estos tiempos he visto muchos antepasados en la ciudad. La gente no los mira, quizá porque no se dé cuenta de que son antepasados. En el café de Bob hay siempre uno al caer la noche; bebe un vasito de mirabelle y antes de pagar lame el fondo del vaso y lo pone boca abajo sobre el mostrador. Pero los peores son los que compran carne; ésos me dan asco y quisiera intervenir o decirles algo, porque entran en parejas en la carnicería del pasaje Stürtz y toquetean largamente la nalga, el peceto, la falda, el vacío, la chiquizuela, las achuras y hasta el montoncito de huesos con carne que hay siempre en un canasto de mimbre y que sólo los perros esperan. Cuando al final compran algo se tiene la impresión de que no les importa, que es para disimular; en realidad han ido a manosear la carne, a darla vuelta, a consultarse con guiños y codazos.
No me gusta verlos en ninguna parte, quisiera que los echaran, pero nadie parece darse cuenta. Yo sí, cada vez, quizá porque soy también un antepasado y tengo las palpas llenas de escupidas y papeles sucios que se me pegan en la calle. (Texto inédito)

Cortazar de la a A la Z
Aurora Bernárdez y Carles Alvarez Garriga (Ed.)
Alfaguara
320 págs.

ar$ 250 (al 07/02/14)

Museo de la vida eterna

Aniversario. En el comienzo del “Año Cortázar”, donde se recordarán los 30 años de su muerte y el centenario de su nacimiento, se publica un álbum biográfico que recorre una vida signada por la literatura.

POR JULIO ORTEGA

Cicilismo metafísico. Bajo la mirada de Carol Dunlop detrás de la cámera, Julio Cortázar posa en bicicleta en La Habana (Cuba) en 1980.

Cicilismo metafísico. Bajo la mirada de Carol Dunlop detrás de la cámera, Julio Cortázar posa en bicicleta en La Habana (Cuba) en 1980.

Todo indica que la obra inédita de Julio Cortázar es más vasta que su obra publicada, parte de la cual él dejó preparada para su edición; pero hay otra que todavía sigue siendo recuperada,  Aurora Bernárdez, su viuda y albacea, ha venido descubriendo las cajas chinas de un taller que, sin prisa y sin pausa, ocupaban otros pisos de su trabajo, tan casual como puntual.  Si Borges, por su lado, parece haber decidido anotar todos los libros de la Biblioteca Nacional para dejar una huella deliberada de su lectura; si Bioy Casares, por el suyo, editó su vasto Diario literal como una loza capaz de culminar su parricidio de Borges; Cortázar, en cambio, parece haber escrito en los varios pisos de su torre de Piranesi. Sólo que, asombrosamente, con la gratuidad fervorosa que define su relación con la escritura, no parece haber escrito para publicar otro libro pero tampoco para que nadie lea esos papeles. Hizo muy bien Aurora en llamar a la primera compilación de esos escritos Papeles inesperados . El titulo tiene la inmediata precisión suya, ese ligero sobresalto de estirpe cortazariana: anuncia que esos textos son papeles sueltos pero que su publicación es impuesta por los mismos. No se los podría haber llamado “Libro inesperado”, porque eso son la mayoría de los que se publican. Quizá César Aira podría haber escrito una brevísima novela sobre este Narrador que se imagina como Lector de su obra para ser su Personaje y poder escribirla.

Mi hipótesis, en efecto, es que la literatura de Julio Cortázar no es causal, pero tampoco casual. Tiene otra lógica de producción: no conoce principio ni final, es un acto completo, no un proceso. Es, en fin, un evento: no tiene linaje (autoridad) y no propone ni demanda (des-autorizada). Aurora Bernárdez me ha explicado que Julio dejó inéditos algunos libros que ella ha ido publicando porque entendió que no eran borradores (o sea, documentos de su obra en proceso) sino libros que él no había logrado publicar.  Recuerdo bien los dilemas de Galaxia-Gutemberg con la edición de las Obras reunidas de Cortázar. Fuera de dos tomos de Novelas y uno de Cuentos, ¿cómo ordenar ese material que resiste los imperativos de la clasificación editorial? La biografía de Keats, por ejemplo, es una caja de papeles sueltos, todo hecho a mano, y está en la biblioteca de raros de Harvard.  Es imposible imprimirlo, salvo como “libro de arte”, pero eso pertenecería ya al museo, mientras que este objeto, “ejemplar único,” es una suerte de libre animal de la escritura.  ¿Quién hubiera imaginado que su correspondencia ocuparía cinco tomos? Cada carta es más que una carta: es casi un diario, una biografía de la escritura y postula una tribu de interlocutores.  ¿Bastaría llamar miscelánea a los dos escenarios de escritura que organizó?

La vuelta al día en ochenta mundos y Ultimo round son gabinetes de la escritura, hechos de partidas y arribos, si bien el trayecto es el libro mismo, el primer mapa de un territorio imaginario. Una vez le pregunté a Julio Silva qué hicieron con la muñeca que desmembraron para fotografiar. La tiramos a un contenedor de basura, respondió, pero a poco Cortázar le dijo: “No podemos dejarla allí.” Y volvieron y la recuperaron. Ya no era una muñeca rota: era su relato.

El libro de dos autores
Mi primera conversación con Cortázar, en 1972, anticipaba estas notas. Me sorprendió la gravedad con que me asignaba tareas en la revista Libre , que él y Juan Goytisolo iban a dirigir en París. En esa época sus lectores se dividían en dos tribus distintas y ajenas: una prefería los cuentos, otra Rayuela . Cortázar estaba intrigado por la enemistad entre ambas tribus, y le gustó mi idea de que Rayuela no era una novela sino muchas. Pero había una que era la novela de Morelli. Yo quería reunir las Morellianas más otros textos suyos sobre el cuento en un tomito pretencioso, que fuese el manual secreto de la narrativa por venir. Julio, todo sea dicho, se entusiasmaba con esta clase de juegos de variables y variaciones; y sorprendentemente me dijo: Pero esa casilla de Morelli es tuya, es un libro del que eres autor, tendrás que firmarlo. ¡Pero, Julio, le dije, decepcionándolo, cómo voy a firmar un libro que tú has escrito! Me miró en silencio, y replicó: Entonces lo firmamos los dos.

Estábamos, claro, en Barcelona, donde la conversación era dominada por estos temas. Y Beatriz de Moura, a quien he llamado nuestra musa editorial, porque todos queríamos publicar con ella, nos invitó a cenar para hablar del librito en cuestión. De pronto, Beatriz nos dijo: Tenemos que hablar del contrato y de los derechos de autor. Los dos Julios se miraron en silencio, demudados. Eramos, claro, incapaces de hablar de dinero. Rápidamente me excusé: El autor es Julio, protesté. No, exclamó Julio, mi tocayo es el autor, yo sólo lo he escrito. (Evito las comillas para no presumir de exactitud y evitar ser citado). Beatriz, como siempre, nos llamó al orden: dividiremos los derechos, dijo. Diez años después, estando yo de profesor en la Universidad de Texas, en Austin, fui responsable de la adquisición de los manuscritos de Cortázar. Preparé allí la edición de Rayuela para la colección Archivos de París (coeditada con Saúl Yurkievich). Encontré que Cortázar había ensayado ocho ordenamientos distintos de los fragmentos: según los personajes, en números arábigos y romanos, a partir de colores... Buscaba organizar una novela que llamó “Mandala” Hasta que entendió que la novela era otra: un todo ya escrito, y que había que restar cada fragmento de esa suma para que la remisión sea su principio combinatorio; y esa resta cuajó en la metáfora de la Rayuela : en la hipótesis del juego y la libertad delHomo ludens . Mi signo es buscar, escribe Cortázar. Picasso, en cambio, dijo, como una amenaza: Yo no busco, encuentro. Es más nuestro el signo de la intimidad.

La obra visible y la invisible
Por lo demás, este centenario de Julio Cortázar bien podría demostrar que su obra “visible” se hace más joven gracias a su obra “invisible” (o inesperada). Convoca su lectura a una complicidad en la excepción: leer, nos dice, es leernos; dialogar en la intimidad de la inteligencia mutua con ironía y empatía. Esta es una operación delicada, de aprendizaje y atención, que hay que saber compartir; si bien siempre incluye su “tablero de instrucciones” para reencontrarnos en sus páginas. Pero no es prudente llamar a Cortázar “gran cronopio,” lo que lo convierte en un personaje de Astérix. Y tampoco es necesario ir a París para arrojar al Sena un paraguas roto. El hecho es que los jóvenes que lo leen por primera vez descubren que su lectura abre un espacio nuevo, un horizonte hospitalario, donde el juego es una forma de la inteligencia y el lenguaje la materia del mundo.

El taller de Cortázar
El Diario de Andrés Fava (Alfaguara, 1995) es característico: Andrés Fava es protagonista de la novela El examen (escrita en l950 y publicada en l986) y su Diario pudo haber sido una parte de ese libro. Sin embargo, advierte Aurora Bernárdez, “quedó excluido del corpus de la novela” y fue conservado por el autor como un libro independiente y futuro. Tiene, así, el carácter no menos interesante de documentar el taller de Julio Cortázar. Fue escrito también en l950, y transparenta la proximidad del narrador, sus lecturas, proyectos, y en un párrafo (página 105) adelanta lo que será “Continuidad de los parques”. El Diario es un llamado a la fábula, al delicado y audaz trabajo de escribirlo todo de nuevo.

De allí que el libro empiece con la autoironía: “Diario de vida, vida de diario. Pobre alma, acabarás hablando journalese . Ya lo hacés a ratos.” El habla coloquial establece las distancias frente a la tradición sobreescrita del diario; mientras que “un tanguito alentador” advierte la perspectiva crucial de la escritura: “Sabé disimular.” Y un verso de Eduardo Lozano (“Mi corazón, copia de musgo”) sugiere los espacios de la escena: la intimidad, la escritura, la imagen. Así, hay que reconocer que la literatura es un “sacrificio de la verdad a la belleza”. La escena original (nombrar) se ha convertido en el escenario reflexivo donde ensayar la palabra religadora.

Eduardo Lozano fue un poeta argentino que colaboró en Sur y trabajó de bibliotecario en la Universidad de Pittsburgh, donde lo conocí. Había desaparecido de la literatura argentina, pero es notable que reaparezca en una página temprana de un libro póstumo de su amigo de juventud. Otro escritor argentino que fue amigo y protegido de Cortázar es Néstor Sánchez, narrador diferente, que frecuenté en Lima y Barcelona. Se hizo clochard en París, y cuando la policía lo detenía sólo mostraba un documento de identidad: la traducción al francés de su novela Nosotros dos , que Julio había celebrado. También ha desaparecido de la literatura argentina. Estaremos más solos si además desaparecen Enrique Molina y Héctor Libertella.

En esta papelería, la moral del artista joven va a definirse en tanto estado de “disponibilidad,” perspectiva que Cortázar desarrollará en una ética de la obediencia favorecida por el azar. Así, la escritura se define como “rigurosamente transmisible,” como un acto de comunicación plena. Esa conciencia formal impone la crítica de la prosodia, en virtud del “ritmo verbal” que desde la textura de su propia voz forja su prosa propia. Todo lo cual remite a una crítica del “realismo”, y a la reafirmación del espacio interior como la fuente de lo objetivo. Reveladoramente, la discusión lo lleva a plantearse un relato, que “nunca pude escribir bien”, porque requiere todavía imbricar “la literatura y lo objetivo” para liberar a la fábula. Ese relato será “Continuidad de los parques”, la semilla de la madurez creativa, buscada por este libro iniciático, gracias a un tal Fava que fabula la posible verdad de un escritor que, a sus cien años, sigue siendo parte del tiempo futuro. Porque con él recomienza, en cada lectura, la promesa de una fidelidad literaria mayor. No la ha apagado el gran desaparecedero argentino.

martes, 17 de diciembre de 2013

Recomendaciones de lecturas de Adriana

Cuento:

Demasiada felicidad - Alice Munro - Editorial Lumen (Premio Nobel de este año, increíble escritora. Mirar ahí la paciencia de llevar adelante el argumento, administración perfecta de la información, cualquier historia aparentemente pueril y cotidiana se transforma en un gran cuento. Trabaja sobre las emociones).

Cuentos reunidos - Kjell Askildsen - Editorial Lengua de trapo (Otro gran narrador de historias cotidianas, todo lo narra, todo puede ser narrado. Noruego, vive, hace dos años estuvo en Bs As, cascarrabias, es un contundente observador de la soledad. Ver el manejo de los diálogos, la escasa explicación, la confianza en la inteligencia del lector, la mirada desconfiada, la valentía de ser malísimo con los personajes). 

Todos los fuegos el fuego - Julio Cortázar (Cualquier edición)

Octaedro - Julio Cortázar (Cualquier edición) Aunque es nuestro y lo queremos mucho, no todos lo han leído completo. En estos dos libros está Cortázar en su mejor momento. ¿Qué mirar? En cuanto a los temas: su percepción del tiempo. En cuanto al estilo: el uso de oraciones subordinadas, la puntuación, el ritmo, el paso de una dimensión a otra del relato sin fisuras, ver cómo lo hace, cuándo ocurre. Otro gran tema: el manejo del lenguaje, transforma en literario el uso coloquial de la lengua. 

Novela: 

La casa de las bellas durmientes - Akutagawa - Editorial Anagrama

Kafka en la orilla - Aruki Murakami - Editorial Tusquets

La presa - Kensaburo Oè - Editorial Anagrama

Seda - Alessandro Baricco - Editorial Anagrama

El palacio de la luna - Paul Auster - Editorial Anagrama

El juguete rabioso - R. Arlt (cualquier editorial)

Las garras del niño inútil - Luis Mey - Editorial Ateneo

Notas:

Son novelas de iniciación, donde el personaje pierde la inocencia, abandona la infancia y el mundo se le revela. Cualquiera que elijan, mirar eso, cómo se produce el cambio, qué personajes son salvadores, quién oficia de motor del cambio. Pensar si existe en alguna de ellas algún intertexto.

Es una novela sobre el amor y la ilusión. Lo imposible nos arrebata lo que es posible y es amado. Aquí mirar la escritura, la relación con las narraciones tradicionales, qué elementos de la oralidad narrativa están presentes. ¿Cómo trabaja el contexto histórico?

Maravillosa!!! La vejez y la juventud. Mirar las descripciones en el relato, los racontos y la naturalidad con que los introduce, el secreto, la atracción de lo secreto y el trabajo sobre lo ominoso. Todo se cuenta con naturalidad, sin moralidad.

Elijan los que quieran. Lean por pálpito. No me gusta dar tarea específica.Tengo muchos más para recomendarles pero así está bien. Marquen los libros, no le teman a eso.  Lean con lápiz o marcador, escriban en los bordes, escriban si les inspira algún cuento o novela, discutan con los autores o arrodíllense de emoción ante el talento, no se me ocurre otra cosa.

Borscht - Juan Martini

[De: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161471-2011-01-31.html]

Eduardo Grosman entra en su departamento. Son las seis y media de la mañana. Enciende la luz del comedor y vacía los bolsillos sobre la mesa: un paquete de cigarrillos americanos, un encendedor Ronson de oro, monedas, un pañuelo blanco que tiene sus iniciales bordadas con hilo azul, tres o cuatro billetes de diez pesos, tickets, pastillas de menta y un bolígrafo. Deja también las llaves, sobre la mesa. Enciende un cigarrillo. Sopla el humo. Se mira en un espejo. Se mira los ojos. Se pasa una mano por el pelo. En la piel de la cara se ve ya el despuntar de la barba. Entonces se sienta en una silla, frente a la mesa, golpea suavemente el cigarrillo en el borde de un cenicero de cristal y se afloja la corbata.

El departamento no es suyo. Es de su mujer. O está a nombre de su mujer. Es un departamento chico. Tres ambientes, cocina, baño y un trastero. Su mujer está durmiendo. En otro dormitorio duermen los hijos de su mujer. Dos varones. Una hora más tarde ella se levantará y los despertará para que vayan al colegio. Después se volverá a acostar. El y su mujer duermen en camas separadas. A los dos les gusta dormir y que no los molesten. Que no los toquen, que no los despierten, que el sueño sea un refugio, o un lugar a salvo.

Entonces Eduardo Grosman apaga el cigarrillo, se incorpora, deja el saco en el respaldo de una silla, va al baño, se lava los dientes y la cara: se tira agua en la piel de la cara, en los ojos, se frota el cuello y la nuca con agua fría. Trata de no hacer ruido. Cierra la puerta del dormitorio de los hijos de su mujer y abre la puerta de su dormitorio. Huele el olor ligeramente ácido y familiar. Ella, es posible, tomó un par de copas la noche anterior. Su mujer llegó al departamento a eso de las once. Venía de bailar tango en una milonga de la calle Junín, a cuatro cuadras del departamento. Los chicos estaban dormidos. Les apagó el televisor. Se sirvió un whisky con hielo, se sacó los zapatos y miró el cielo desde la ventana de su dormitorio. Después cerró las persianas, se sirvió un poco más de whisky y se echó en la cama con el vaso a mano.

El, ahora, cierra la puerta. Se dejó la camiseta que tenía debajo de la camisa y se pone un pantalón pijama de color celeste. Se sienta en la cama. Ve, en la penumbra, el vaso que su mujer dejó en el suelo. Le queda todavía un trago de whisky. Ella duerme cubierta con una enagua negra de satén. Tiene las piernas largas, el pelo ondulado, la cintura angosta. A sus 37 años es una mujer atractiva. Parece un poco más joven y en las milongas los tipos hacen cola para sacarla a bailar. A él le gustan las enaguas de satén. A él le gusta su mujer. A él no le molesta el olor un poco ácido que deja en el aire, por las noches, la respiración de su mujer. Si él quisiera, ahora, se acostaría en la cama de ella. Le acariciaría el cuerpo envuelto en satén. La despertaría apenas, lo suficiente para que ella se entere de que él le está separando las piernas y empieza a entrar en ella. Lo indispensable para que no sea, técnicamente, un asalto o una violación. Y ella se dejará. Todavía dormida, casi con placer, ella lo dejará hacer sobre ella. Lo dejará jadear, empujar, tocar, y le acariciará la nuca, el pelo húmedo de la nuca, el cuello, mientras él se mueve sobre ella, gime, y termina.

Pero no lo hará. No sería justo. Y tampoco le quedan muchas fuerzas. Está cansado, Eduardo Grosman, cansado y vencido. Necesita hundirse en la almohada, en la oscuridad que queda de la noche, no fumar más, olvidarse, y dormir. Pero sobre todo necesita no hacer cuentas. No hacer más cuentas. La vida se le ha convertido en un cálculo de probabilidades, por un lado, y por otro en un balance continuo. Está harto de esa vida. Se recuesta en su cama. Acomoda la almohada. Mira, boca abajo, en la penumbra, la pared. Y antes de dormirse, Eduardo Grosman se acuerda de su abuelo, el padre de su madre. Y siente, o recuerda, en este momento, el olor inconfundible y pesado del borscht. También piensa en las piernas de su mujer cuando ella baila tango. Y piensa en cómo le miran las piernas, a su mujer, los tipos que quieren bailar con ella. Pero el olor a borscht, o el recuerdo del olor a borscht, lo lleva enseguida a la figura de su abuelo. Un hombre alto, flaco, siempre vestido de negro, que se llamaba Sasha. Su abuelo lo iba a buscar los sábados a la salida de Hebraica. El nadaba en la pileta de invierno de Hebraica y a las seis de la tarde su abuelo lo esperaba en la salida. Con su traje negro, su camisa blanca y la kipá. Sasha, su abuelo, jugaba al poker. Su abuelo le ponía una mano en el hombro y los dos caminaban por la calle Sarmiento.

“¿Cuántos largos hiciste?”, le preguntaba Sasha. Y él mentía: Cuarenta. Su abuelo sabía que él mentía, pero nunca le dijo nada. “Está bien”, decía su abuelo. Pero yo a tu edad me hacía cincuenta o sesenta largos en el mismo tiempo. Y Eduardo Grosman también sabía que Sasha, su abuelo, mentía.

Cuando suena el reloj y su mujer se levanta para despertar a los hijos, él ya duerme. Abrazado a la almohada. Con una respiración suave y pareja. No es, o no parece, la respiración de un fumador empedernido. Ella se levanta cubierta con su enagua negra de satén, se pone un pullover de hilo y sale del dormitorio. Descalza. Los pies delgados, que los zapatos para bailar tango desnudan y ocultan al mismo tiempo. Las piernas firmes, largas, que los tipos no pueden dejar de mirar cuando ella hace firuletes en la pista. Pero hoy, ella, no quiere despertarse del todo, quiere seguir durmiendo, hasta el mediodía, y al mediodía le gustaría que él se despierte, se dé una ducha, y la lleve a comer un revuelto Gramajo en el restaurante Río Bamba. Un revuelto Gramajo y un balón de cerveza muy fría. Entonces sería feliz. Por eso despierta con cuidado a sus hijos. Los ayuda a vestirse. Les pide que no griten. Se asegura de que lleven todos los útiles en los portafolios de cuero. Les da plata para que desayunen en el bar de la esquina. Y les pide que miren a los dos lados antes de cruzar la calle. Después cierra la puerta con llave, vuelve a su pieza, se acuesta y se duerme. Eduardo Grosman, en la cama de al lado, hace rechinar los dientes. Ella está acostumbrada y no le presta atención. Ya no. Pero hace tres o cuatro años el bruxismo de él la ponía nerviosa y la despabilaba.

Alejandro Feuer, Sasha, jugaba al poker. Jugaba en clubes. Perdía mucho dinero. Se endeudaba con usureros. Prestamistas goim, porque no podía o no quería pedirle dinero prestado a un judío. Pero de vez en cuando ganaba. A veces ganaba mucho. Y entonces pagaba sus deudas, o parte de sus deudas, y salía a festejar con su mujer. Iban, por ejemplo, a comer cualquier cosa en La Emiliana para después pedir de postre un omelette surprise.

Eduardo Grosman hace lo mismo. Juega al poker en un club que está cerca del Hospital de Clínicas. Con los años fue perdiendo sus cargos directivos en dos o tres compañías de seguros. Ahora vende por su cuenta seguros de vida para una empresa americana. La noche pasada perdió 3150 dólares. Pagó con tres cheques, la cifra que perdió más los intereses. Un robo. Pero ganó tiempo.

En la planta baja del edificio hay un restaurante. Nunca comieron allí, ellos. Es un local chico, humilde, oscuro, del que sale siempre olor a borscht. A su abuelo le gustaba el borscht. A él no. Pero el olor a borscht, el olor caliente y fuerte del borscht está ligado a su memoria como un código. Puede pasar mucho tiempo sin recordarlo, pero cuando lo hace, las imágenes y las sensaciones se deslizan como las huellas de una premonición. La infancia nunca es transparente. Esther, su abuela materna, hacía borscht una vez por mes. El nunca supo el porqué de esa frecuencia, pero era una costumbre más, o una manera de darle el gusto o de honrar a Sasha, su abuelo, y la casa de la calle Viamonte se llenaba de olor a repollo, zanahorias, remolacha, papas, cebollas, tomates, apio, perejil, porotos y carne hirviendo largamente en un caldo espeso y rojo. El recuerda, por ejemplo, que su abuela Esther revolvía la sopa con un pañuelo en la cabeza y una mano en la cintura, y lloraba. Si él, cuando tenía diez años, le preguntaba a su abuela por qué lloraba ella meneaba la cabeza y no respondía.

Poco después de las dos de la tarde su mujer, despierta desde una hora antes, aceptó que él seguiría durmiendo y se levantó, se dio una ducha, se puso un vestido liviano, zapatos de tacos bajos, un saquito de lana y salió. Se encontraría con Julia, una amiga, caminarían por la avenida Santa Fe, tomarían el té en el Petit Café, comerían tostados de jamón y queso, fumarían, y la tarde iría pasando con la intensidad y la mansedumbre de una primavera anticipada en la que todavía no florecieron ni los lapachos ni los jacarandaes. Por supuesto, ellas hablarían de hombres y de milongas, de historias entreveradas entre el amor y las conquistas fugaces, entre deseos y trivialidades.

Por eso, cuando los hijos de ella vuelven del colegio, encienden el televisor, se preparan la merienda y se pelean, Eduardo Grosman, boca abajo en su cama, la cara hundida en la almohada, destapado, abre los ojos y se frota, uno contra el otro, los pies desnudos, cortos y anchos. Después, como si el cuerpo le reclamase lentitud, se incorpora, se despereza, toca con los pies el suelo de madera y mira la luz que se filtra por las persianas de hierro. Sabe entonces que es una tarde radiante, que su mujer no está, y que los hijos de ella no miran el televisor en blanco y negro, encendido y con el volumen alto: escuchan, en cambio, por la radio, las aventuras de Tarzán. Eduardo Grosman abre las persianas y mira el cielo. Dos meses atrás, desde allí, se veían subir y bajar, ir y venir, a los aviones de la Marina y de la Fuerza Aérea que bombardeaban la Plaza de Mayo. Era el comienzo del fin de Juan Perón.

En la cocina se prepara café y saca un cigarrillo del paquete que encuentra en una repisa. Lo hace girar entre los dedos y lo huele. El tabaco está fresco. Se llena los pulmones de humo. Tose. Se sirve una taza de café humeante. Le pone azúcar. Y con el cigarrillo entre los labios, la taza en una mano y el diario que su mujer ha dejado en la cocina en la otra se dirige al comedor. Los hijos de ella escuchan la radio y han desplegado sobre la mesa sus soldaditos de plomo. No juegan. Mueven un jeep o una moto con sidecar o un caballo. Pero están distraídos. O sólo le prestan atención a la radio. Eduardo Grosman apaga el televisor y se sienta. Los hijos de ella lo miran. El mayor tiene once años y el menor ocho. El les hace una mueca, con la lengua bajo el labio inferior, imitando a un mono. Los hijos de su mujer se ríen. El toma su café, fuma, hojea el diario. Siempre ha leído ese diario. También lo había leído su padre. Y, antes, Alejandro Feuer, su abuelo materno. Cuando termina de leer hace los crucigramas. Casi nunca los resuelve por completo. Pero siempre le faltan, para lograrlo, apenas tres o cuatro palabras. Les dice a los hijos de ella que cuando termine Tarzán hagan los deberes. Y se va al dormitorio. Elige la ropa que se pondrá: un traje liviano de lana gris, una camisa celeste, una corbata azul con rayas verdes, medias grises y zapatos marrones. Después se afeita y se da una ducha.

Cuando sale, su mujer todavía no ha vuelto. Son las siete de la tarde. No tardará mucho. A esa hora ella les prepara el baño a los hijos y un poco más tarde les cocina algo. Después los acuesta y cuando se quedan dormidos se cambia y va un par de horas a la milonga de la calle Junín. Esa es su rutina, las cosas que hace casi todas las noches. Eduardo Grosman camina por Corrientes, pasa frente a los cines Cataluña y Radio City, llega a la avenida Callao y en el bar El Ciervo toma otro café y hace dos llamadas desde un teléfono público. Después, en la mesa del bar, repasa su agenda. El día siguiente, a primera hora de la tarde, tiene una cita de trabajo. Un cliente. Un hombre de 62 años al que piensa venderle un seguro de vida en dólares. Lo ideal sería acostarse, esta noche, a las dos, máximo a las tres de la mañana...

Ya son casi las ocho cuando toma un taxi. Podría ir caminando hasta el club, pero le gusta viajar en taxi, mirar la ciudad desde la ventanilla de un auto, fumar, sin sobresaltos, imaginar con quiénes se sentará a jugar, proponerse hacerlo con calma, esperando las cartas favorables, por un lado, y por otro las ocasiones ideales para mentir, para apostar con seguridad cuando intuya que los otros no tienen juegos o que no están dispuestos a pagar para ver si él lo tiene o no.

Sasha Feuer murió en septiembre de 1925 mientras esperaba un taxi. Salió de un club en la calle Rivadavia, caminó hasta la avenida de Mayo, encendió un cigarrillo y esperó. No hacía frío. Había perdido. La semana siguiente celebraría Rosh Hashaná. El ya tenía 70 años y Esther, su mujer, 67. Ella prepararía knishes, arenques marinados, vareniques con cebollas salteadas, y muchos postres: leicaj, strudel y rugelach, el preferido del único nieto que tenían, Eduardo, hijo de Ruth Feuer y de Daniel Grosman, un buen muchacho de 19 años que nadaba croll y había ganado algunas medallas en torneos estudiantiles.

Esa noche, Sasha, de pronto, cayó fulminado en la esquina de avenida de Mayo y San José. Lo asistió Renée Lightower, una norteamericana que había llegado a Buenos Aires antes de la Gran Guerra, había puesto una joyería en la calle Maipú, y jugaba al poker todas las noches en el mismo club que Sasha.

Las versiones sobre su muerte nunca pudieron aclararse. Esther, su mujer, sostuvo siempre que había sido un infarto. Ruth, su hija, creyó en cambio en el relato de un ajuste de cuentas que le contó un año después, en 1926, David Podolsky, el mejor amigo de Sasha, un judío ucraniano dueño de una peletería. La mujer de Podolsky, Sarita, le había enseñado a Esther a hacer el borscht. Y Podolsky le contó a Ruth que a su padre lo había envenenado un goi que no podía cobrarle una vieja cuenta.

Ahora Eduardo Grosman tiene tres nueves en la mano y pide dos cartas. Una pantalla, alrededor del foco que ilumina la mesa, deja los rostros de los jugadores casi en penumbras. El recibe las cartas que pidió. Mira el tapete verde y sus manos sobre el tapete, los puños de la camisa, el reloj de pulsera. Se ha sacado el saco para jugar y le gusta ver el reflejo de la luz en sus gemelos de oro. Orejea las cartas. Tiene un cigarrillo entre los labios.

Su mujer y sus hijos no son judíos. Son goim. Y Esther, su abuela materna, y Ruth, su propia madre, no le han perdonado nunca que se casara con una cristiana. Gracias al cielo, piensa, su padre y su abuelo ya no están en este mundo.

La primera carta es un siete de corazones. Aspira, en medio de una nubecita de humo, el cigarrillo y continúa lenta, devotamente, la tarea de orejear las cartas. Se toma demasiado tiempo para hacerlo y el jugador que está a su derecha le roza el brazo izquierdo con el codo. Es una mesa redonda, de madera y felpa, la misma mesa de todas las noches.

Esther, su abuela, siguió, después de la muerte de Sasha, haciendo borscht una vez por mes. Y siguió revolviendo el borscht, de vez en cuando, con una cuchara de madera, con la otra mano en la cintura, y con un pañuelo en la cabeza.

La segunda carta que recibe es el cuarto nueve, un nueve de tréboles con el que su trío se convierte en poker. El, con un gesto habitual, apuesta. Ni a su mujer ni a los hijos de su mujer les gusta el borscht. Y a él no le importa. A él tampoco le gusta. El olor del borscht es fuerte y flota, denso, en el aire de la cocina de la casa de Esther.

Entonces decide retirarse. Gana esa mano con un poker de nueves y completa así una noche de suerte. La mesa termina, él se levanta de la mesa, cambia las fichas, habla con un par de compañeros de juego. No se jacta. Sólo habla, comenta dos o tres incidencias propias del poker. Piensa que pagará las deudas y que ordenará un poco su vida. Sale a la calle. Es temprano, apenas las diez y media de la noche. Toma un taxi. Pasará por la milonga de la calle Junín. Le dará una sorpresa a su mujer. Su abuela lloraba. Revolvía el borscht y lloraba. Es un viaje corto. Paga y recibe el vuelto. El chofer le dice: “Se cae Perón, ¿no?”. Entra en el local. Escucha una grabación de la orquesta de Osvaldo Pugliese que toca sin Pugliese porque Pugliese es comunista y Perón no lo quiere ni ver. En la barra pide un whisky con hielo. Enciende un cigarrillo. Su mujer está bailando. Eduardo Grosman la mira bailar. Es una mujer atractiva. Y los tipos le miran las piernas mientras ella hace firuletes. Alberto Morán canta “No me escribas”.

Treinta y cuatro aviones North American AT-6, Beechcraft AT-11, Gloster Meteors y Anfibios Catalina tiraron bombas de fragmentación de 50 y de 100 kilos sobre la Plaza de Mayo a lo largo de cinco horas.

Desde la ventana de su dormitorio, el 16 de junio, Eduardo Grosman vio, a lo lejos, los aviones subir y bajar contra un cielo nublado. El tipo que baila con su mujer la abraza demasiado, la estrecha demasiado contra su pecho, y él cree ver en los ojos de ella un relámpago de disgusto. Entonces deja la copa sobre el mostrador y camina hacia la pista. Se abre paso entre los bailarines con suavidad. Llega junto a su mujer y al hombre que baila con ella. Con un gesto le pide disculpas al hombre. Toma del brazo a su mujer y se aleja con ella. El tipo, en el centro de la pista, se toca la traba de la corbata, y vacila. En los altavoces Morán desgrana versos de “No me escribas”. Ella le pregunta qué hace allí tan temprano, y se le nota en la voz que está complacida. El le dice que tenía ganas de verla, de hablar con ella, de caminar con ella. Y ella le dice que recoge su abrigo en el guardarropa y se van. El termina el whisky en la barra, paga, se acerca a la puerta, y espera.

Cuando por fin salen a la calle son apenas las once de la noche. No hace frío y en el aire hay olor a jazmines. De pronto, frente a ellos, un hombre insulta a otro y comienza un forcejeo. Se suman tres hombres que salen de la milonga. En el tumulto, alguien los empuja desde atrás, a Eduardo Grosman y a su mujer. Se golpean contra un tipo que huele a fijador para el pelo y contra una rubia que tiene corrida la pintura de los ojos. El sabe qué pasa. Lo sabe de inmediato. Por eso se saca a otro tipo de encima. En la mirada del hombre que usa una traba de oro reconoce el rencor. Abre la puerta de un taxi. Ella sube primero. El se deja caer en el asiento: se lleva una mano al vientre. Con la otra busca los cigarrillos y enciende uno con el Ronson. Abre la ventanilla y sopla el humo. El tumulto quedó atrás. Ella se queja. Recibió un codazo en la espalda. Saca un espejito de la cartera y se mira. No ve que él sangra. No ve que la sangre se desliza entre los dedos de él y que le mancha la camisa, la corbata y el saco. Ella no ve que Eduardo Grosman sangra. Por eso no grita.

jueves, 12 de diciembre de 2013

Blog de lengua

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