lunes, 4 de enero de 2016

Entrevista a Ernest Hemingway

 

Por George Plimpton – Paris Review N°18 – Spring 1958 (Entrevista en Madrid – Mayo 1954)

[Original en inglés http://www.theparisreview.org/interviews/4825/the-art-of-fiction-no-21-ernest-hemingway]

Ernest Hemingway escribe en la alcoba de su casa en una finca de San Francisco de Paula, en las afueras de La Habana. Dispone de un cuarto de trabajo que le fue preparado especialmente en una torre cuadrada en el ángulo sudoccidental de la casa, pero prefiere trabajar en su alcoba y sube a la torre solo cuando “los intrusos” lo obligan a refugiarse en ella.

La alcoba está en la planta baja y comunica con la pieza principal de la casa. La puerta entre una y otra se mantiene entreabierta gracias a un grueso volumen que enumera y describe The World’s Aircraft Engines (Los motores de aviones del mundo). La alcoba es amplia, soleada; por las ventanas orientadas hacia el este y el sur entra la luz del sol que da sobre las paredes blancas y el piso de mosaicos amarillentos.

La pieza está dividida en dos secciones por un par de estantes para libros cuya altura alcanza al pecho de un hombre, colocados en ángulo recto respecto de las paredes paralelas. Una cama matrimonial, amplia y baja, domina una de las dos secciones; al pie de la cama hay unas pantuflas y unos mocasines un número mayor del que calza su dueño, y sobre cada una de las dos mesitas de noche situadas a cada lado de la cabecera hay hasta siete libros colocados unos encima de otros. En la otra sección se encuentra un escritorio de gran tamaño, con una silla a cada extremo y su superficie llena de papeles y souvenirs bien ordenados. Más allá del escritorio, en el extremo de la habitación, hay un armario cubierto por una piel de leopardo en su parte superior. Las otras paredes están ocupadas por estantes para libros de cuyos anaqueles pintados de blanco los volúmenes se desbordan hasta el suelo, donde han sido colocados entre periódicos viejos, revistas taurinas y fajos de cartas ceñidos con ligas de goma.

Es en la parte superior de uno de estos estantes repletos —el que ocupa la pared junto a la ventana del lado este y a un metro más o menos de su cama— donde Hemingway tiene su “escritorio de trabajo”: unos 30 centímetros cuadrados de área cercada de libros por un lado y del otro por un montón de papeles, manuscritos y folletos cubiertos por periódicos. El espacio libre es exactamente el necesario para acomodar una máquina de escribir sobre la cual hay un tablero para leer, cinco o seis lápices y un pedazo de mineral de cobre que hace las veces de pisapapeles cuando el viento sopla por la ventana del lado este.

Hemingway tiene el hábito, adquirido desde los primeros tiempos, de permanecer de pie mientras escribe, los pies calzados con sus mocasines y asentados sobre la gastada piel de un antílope africano, con la máquina de escribir y el tablero para leer situados a la altura del pecho.

Cuando Hemingway empieza a trabajar en un proyecto, lo hace invariablemente con lápiz, usando el tablero para escribir en papel de copia tamaño carta. Mantiene un fajo de cuartillas en un sujetatapapeles colocado a la izquierda de la máquina de escribir, del cual saca las hojas una a una, levantando la pestaña de metal en la que puede leerse: “These Must Be Paid” (“Cuentas por pagar”). Pone la cuartilla sesgada sobre el tablero para leer, se apoya sobre este con el brazo izquierdo, sujetando el papel con la mano y llenándolo con una caligrafía que a lo largo de los años se ha hecho más grande, más amuchachada, con escasa puntuación, pocas mayúsculas y el punto final marcado a veces con una x. Una vez llena la cuartilla, Hemingway la inserta bocabajo en otro sujetapapeles que mantiene algo alejado a la derecha de la máquina.
Hemingway usa la máquina, quitándole de encima el tablero para leer, solo cuando la redacción marcha rápidamente y sin tropiezos o cuando esta es, para él cuando menos, sencilla: diálogos, por ejemplo.

Hemingway lleva la cuenta de la labor realizada cada día —“para no engañarme”— en un pedazo de cartón reclinado contra la pared bajo el hocico de una cabeza de gacela disecada. Los números apuntados en el cartón, que muestran la producción diaria de palabras, varían entre 450, 575, 462, 1.250, 512… Las cifras más altas corresponden a los días en que Hemingway trabajó horas adicionales, para no sentirse culpable al pasar el día siguiente pescando en la Corriente del Golfo.

Hombre de hábitos fijos, Hemingway no utiliza el escritorio perfectamente conveniente que se halla en la otra sección de la alcoba. Aunque el mueble ofrece más espacio para escribir, posee también su miscelánea de objetos: fajos de cartas, un leoncito de paja de los que venden en los establecimientos nocturnos de Broadway, un pequeño costal de aspillera lleno de dientes de animales carnívoros, casquillos de escopeta, un calzador, tallas en madera que representan un león, un rinoceronte, dos cebras y un puerco salvaje… y, naturalmente, libros: amontonados sobre el escritorio, junto a las mesas, apretados en los anaqueles en orden caprichoso: novelas, historias, colecciones de poesía, teatro, ensayos. Una ojeada a sus títulos muestra su diversidad. Sobre el estante frente a la rodilla de Hemingway mientras este se encuentra de pie ante su “escritorio de trabajo” están The Common Reader de Virginia Woolf, House Divided de Ben Ames Williams, The Partisan Reader, The Republic de Charlie A. Beard, Napoleon’s Invasión of Russia de Tarlé, How Young You Look de Peggy Wood, Will Shakespeare and the Dyer’s Hand de Alden Brook, African Hunting de Baldwin, los Collected Poems de T. S. Eliot, y dos libros sobre la muerte del general Custer en la batalla de Little Big Horn.

La habitación, sin embargo, pese a todo el desorden que se siente a primera vista, indica después de una inspección más detenida que su dueño es un hombre fundamentalmente ordenado, pero incapaz de deshacerse de ningún objeto… especialmente si este tiene un valor sentimental. Sobre uno de los estantes hay una variada colección de recuerdos: una jirafa hecha de cuentas de madera, una tortuguita de hierro colado, diminutos modelos de locomotoras, dos jeeps y una góndola veneciana, un osito de juguete con una llave en la espalda, un mono que carga un par de címbalos, una guitarra en miniatura y un pequeño modelo en hojalata de un biplano de la Marina de Guerra norteamericana (al que le falta una rueda) ladeado sobre un esterilla de paja circular. El carácter de la colección es el mismo de la que un niño suele guardar en una caja de zapatos en el fondo de un clóset. Es evidente, sin embargo, que estos objetos tienen su valor, de la misma manera que tres cuernos de búfalo que Hemingway guarda en su cuarto tienen un valor que no depende de su tamaño sino del hecho de que, durante la adquisición de dichos cuernos, las cosas empezaron mal y acabaron bien.

“Me causa júbilo mirarlos”, dice él.

Hemingway puede llegar a admitir supersticiones de ese tipo, pero prefiere no hablar de ellas porque piensa que cualquier valor que puedan tener corre el peligro de perderse con las palabras. Su actitud respecto a la actividad literaria es en buena medida la misma. Muchas veces, en el transcurso de esta entrevista, recalcó que el oficio de escribir no debe ser sometido a un exceso de escrutinio, “que aunque hay una parte del oficio que es sólida y a la que no se le hace daño hablando de ella, hay otra que es frágil y si se habla acerca de ella su estructura se agrieta y no queda nada”.

Por consiguiente, pese a ser un maravilloso narrador oral, un hombre de mucho humor y poseedor de un asombroso caudal de conocimientos sobre cosas que le interesan, a Hemingway le resulta difícil hablar sobre el trabajo literario, no porque tenga pocas ideas sobre el asunto, sino más bien porque está tan convencido de que tales ideas deben permanecer inexpresadas que cuando alguien le hace preguntas sobre ellas se siente tan “despavorido” que se vuelve casi incoherente. Prefirió elaborar en su tablero de lectura muchas de las respuestas que aparecen en esta entrevista. El ocasional tono mordaz de las respuestas forma parte también de esta firme convicción de que escribir es una ocupación privada y solitaria que no necesita testigos hasta que la obra queda concluida.

Esta dedicación a su arte tal vez sugiera una personalidad contraria a la del Hemingway aventurero, despreocupado y trashumante que presenta la concepción popular. El hecho real es que Hemingway, si bien disfruta obviamente la vida, pone una dedicación equivalente en todo lo que hace: una actitud que es esencialmente seria, llena de horror a lo impreciso, lo fraudulento, lo engañoso, lo mal hecho.

En ninguna parte es más evidente la dedicación a su arte que en la habitación con piso de mosaicos amarillentos, donde Hemingway se levanta temprano en la mañana para colocarse en absoluta concentración frente a su tablero de lectura, moviéndose solo para desplazar el peso de su cuerpo de un pie a otro, sudando abundantemente cuando el trabajo va bien y excitado como un muchacho, irritable y desdichado cuando el toque artístico se desvanece momentáneamente: esclavo de una disciplina voluntaria que dura más o menos hasta el mediodía, cuando empuña un bastón nudoso y sale de la casa hacia la piscina, donde nada su media milla diaria.

—¿Son placenteras esas horas dedicadas a la actividad concreta de escribir?

—Mucho

—¿Podría usted decir algo sobre ese proceso? ¿Cuándo trabaja usted? ¿Mantiene un horario fijo?

—Cuando estoy escribiendo un libro o un cuento trabajo todas las mañanas, empezando tan pronto como sea posible después de la salida del sol. No hay nadie que moleste y hace fresco o frío y uno entra en calor a medida que escribe. Se lee lo que se lleva escrito y, como uno siempre se detiene cuando sabe lo que va a suceder a continuación, sigue escribiendo a partir de ahí. Se escribe hasta que se llega a un lugar donde a uno todavía le queda jugo y donde se sabe lo que va a suceder a continuación, y entonces uno se detiene y trata de seguir viviendo hasta el día siguiente, cuando se vuelve a poner manos a la obra. Se ha comenzado, digamos, a las seis de la mañana y se puede continuar hasta el mediodía o tal vez antes. Cuando uno se detiene está tan vacío, y al mismo tiempo nunca vacío sino llenándose, como cuando se ha hecho el amor con alguien a quien se ama. Nada puede afectarlo a uno, nada puede suceder, nada significa nada hasta el día siguiente, cuando volvemos a hacerlo. Lo difícil de sobrellevar es la espera hasta el día siguiente.

— ¿Puede usted apartar de su mente cualquier proyecto en el que esté trabajando cuando está alejado de la máquina de escribir?

— Por supuesto. Pero hace falta disciplina para hacerlo y esa disciplina se adquiere. Tiene que ser adquirida.

— ¿Revisa usted su texto cuando relee lo que hizo el día anterior o lo hace más tarde, cuando ha terminado?

— Siempre reviso cada día hasta el punto donde me detuve. Cuando está todo terminado, naturalmente, uno vuelve a revisar. Hay otra oportunidad de corregir y reescribir cuando otra persona mecanografía el texto y uno puede verlo en limpio. La última oportunidad la dan las pruebas de imprenta. Uno agradece esas diferentes oportunidades.

—¿Reescribe usted mucho?

— Depende. Reescribí el final de Adiós a las armas, la última página, treinta y nueve veces antes de sentirme satisfecho.

—¿Había algún problema técnico en ese caso? ¿Cuál era la causa de la dificultad?

— Organizar bien las palabras.

— ¿Es la relectura lo que vuelve a activar el “jugo”?

— La relectura lo sitúa a uno en el punto en que el texto tiene que seguir adelante, porque le da a uno la certeza de que se ha hecho lo mejor que se ha podido hasta ahí. Siempre queda jugo en alguna parte.

— Pero, ¿no hay ocasiones en que la inspiración falta por completo?

— Naturalmente. Pero si uno se detuvo cuando sabía lo que iba a suceder a continuación, es posible seguir adelante. Mientras se pueda empezar, no hay problema. El jugo vendrá.

— Thornton Wilder habla de recursos mnemotécnicos que ayudan al escritor a comenzar su día de trabajo. Él dice que usted una vez le dijo que les sacaba punta a veinte lápices.

— No creo haber poseído nunca veinte lápices a la vez. Embotar siete lápices número 2 representa una buena jornada de trabajo.

— ¿Cuáles son algunos de los lugares que le han sido más favorables para escribir? El Hotel Ambos Mundos debe de haber sido uno de ellos, a juzgar por el número de libros que usted escribió ahí. ¿O tal vez el ambiente que lo rodea tiene poco efecto sobre su trabajo?

— El Ambos Mundos en La Habana fue un buen lugar para trabajar. Esta finca es un lugar espléndido, o lo era. Pero yo he trabajado bien en todas partes. Es decir, he podido trabajar tan bien como soy capaz de hacerlo en diversas circunstancias. El teléfono y los visitantes son los destructores del trabajo.

— ¿Es necesaria la estabilidad emocional para escribir bien? Usted me dijo una vez que solo podía escribir bien cuando estaba enamorado. ¿Podría ampliar un poco más esa afirmación?

— ¡Vaya pregunta! Pero hay que felicitarlo por el intento. Uno puede escribir en cualquier momento en que la gente lo deje quieto y no lo interrumpa. O, más bien, uno puede hacerlo si es lo bastante despiadado al respecto. Pero cuando mejor se escribe es indudablemente cuando se está enamorado. Si a usted no le importa, yo preferiría no entrar en detalles.

— ¿Y en cuanto a la seguridad económica? ¿Puede ser perjudicial para el buen trabajo literario?

— Si la seguridad económica llega pronto y uno ama la vida tanto como a su trabajo, hace falta mucha fuerza de carácter para resistir las tentaciones. Una vez que escribir se ha convertido en el vicio principal y el mayor placer, solo la muerte puede ponerle fin. La seguridad económica, en ese caso, es una gran ayuda porque lo libera a uno de la preocupación. La preocupación destruye la capacidad de escribir. La mala salud es perjudicial en la medida en que produce preocupación que ataca el subconsciente y destruye las reservas de uno.

— ¿Puede usted recordar el momento exacto en que decidió hacerse escritor?

— No. Siempre quise ser escritor.

— Philip Young, en su libro sobre usted, sugiere que la conmoción traumática de su herida de proyectil de mortero en 1918 tuvo una gran influencia en usted como escritor. Recuerdo que en Madrid usted se refirió brevemente a la tesis de Young, pareciéndole poco atinada y añadiendo que a su juicio el equipo del artista no es una característica adquirida, sino heredada, en el sentido mendeliano.

— Evidentemente en Madrid aquel año mi mente no podía haber estado funcionando muy bien. Lo único que podría decirse en su favor es que solo hablé muy brevemente sobre el libro del señor Young y su teoría traumática de la literatura. Tal vez las dos concusiones y la fractura de cráneo que sufrí aquel año me hayan hecho irresponsable en mis declaraciones. Sí recuerdo haberle dicho a usted que creía que la imaginación podía ser el resultado de la experiencia racial heredada. Eso suena bien en una plática sostenida a raíz de una concusión, pero creo que ahí es más o menos donde tiene su lugar, así que dejémoslo ahí hasta el próximo trauma de liberación. ¿Está usted de acuerdo? Pero, gracias por no haber mencionado los nombres de cualquier pariente que yo pueda haber involucrado. Lo bueno de hablar es explorar, pero mucho de lo que se habla y todo lo que sea irresponsable no debe escribirse. Una vez escrito hay que defenderlo. Uno puede haberlo dicho para averiguar si lo creía o no. En cuanto a la cuestión que usted planteó, los efectos de las heridas varían mucho. Las heridas simples que no fracturan huesos tienen poca importancia. Algunas veces inspiran confianza. Las heridas que afectan mucho a los huesos y a los nervios no son buenas para los escritores… ni para nadie.

— ¿Cuál considera usted que es el mejor adiestramiento intelectual para el aprendiz de escritor?

— Digamos que debería ahorcarse porque descubre que escribir bien es intolerablemente difícil. Entonces alguien debería salvarlo sin misericordia y su propio yo debería obligarlo a escribir tan bien como pudiera durante el resto de su vida. Así cuando menos tendría la historia del ahorcamiento para comenzar.

— ¿Y en cuanto a las personas que se han dedicado al magisterio? ¿Cree usted que los numerosos escritores que desempeñan cátedras han comprometido sus carreras literarias?

— Depende de lo que usted entienda por comprometer. ¿Se refiere usted a la acepción que tiene la palabra cuando se dice que una mujer ha quedado comprometida? ¿O tiene usted en mente el compromiso, en cuanto transacción, de un estadista? ¿O tal vez el compromiso que hace uno con su tendero o con su sastre para pagarle un poco más pero más tarde? Un escritor que pueda escribir y enseñar al mismo tiempo debe poder hacer las dos cosas. Muchos escritores competentes han demostrado que es posible. Yo no podría hacerlo, me parece, y admiro a los que han podido. Tengo la impresión, sin embargo, de que la vida académica podría ponerle punto final a la experiencia del mundo exterior, lo cual tal vez limitaría el desarrollo del conocimiento del mundo. El conocimiento, sin embargo, exige mayor responsabilidad de parte de un escritor y hace que el trabajo de escribir sea más difícil. Tratar de escribir algo de valor permanente es una tarea de tiempo completo, aun cuando solo se dediquen unas cuantas horas cada día a la redacción propiamente dicha. Un escritor puede compararse con un pozo. Hay muchas clases de pozos, como las hay de escritores. Lo importante es que haya buena agua en el pozo, y es mejor sacar de él una cantidad regular en lugar de dejarlo seco y esperar a que vuelva a llenarse. Veo que me estoy desviando de la pregunta, pero es que la pregunta no era muy interesante.

— ¿Le recomendaría usted el trabajo periodístico al escritor joven? ¿En qué medida lo ayudó a usted el adiestramiento que recibió en el Kansas City Star?

— En el Star uno estaba obligado a aprender a escribir una oración enunciativa sencilla. Eso es útil para cualquiera. El trabajo periodístico no le hará daño a un escritor joven y podrá ayudarlo si lo abandona a tiempo. Este es uno de los lugares comunes más manoseados y me disculpo por incurrir en él. Pero cuando uno hace preguntas viejas y trilladas corre el peligro de recibir respuestas viejas y trilladas.

— Usted escribió una vez en la Transatlantic Review que la única razón que hay para hacer periodismo es obtener una buena remuneración. Dijo usted: “Y cuando uno destruye las cosas valiosas que posee escribiendo sobre ellas, uno espera que le paguen buen dinero por hacerlo”. ¿Considera usted que escribir es una especie de autodestrucción?

— No recuerdo haber escrito eso jamás. Pero parece lo suficientemente tonto y violento como para que yo lo haya dicho a fin de no tener que morderme la lengua y dar una opinión sensata. Definitivamente no creo que escribir sea una especie de autodestrucción, aunque el periodismo, después que se llega a cierto punto, puede ser una autodestrucción cotidiana para un escritor creador serio.

— ¿Cree usted que el estímulo intelectual que proporciona la compañía de otros escritores tiene algún valor para un escritor?

— Indudablemente.

— ¿Tuvo usted en el París de los años veinte algún “sentimiento de grupo” respecto de otros escritores y artistas?

— No. No había ningún sentimiento de grupo. Nos respetábamos los unos a los otros. Yo respetaba a muchos pintores, algunos de mi misma edad y otros más viejos: Gris, Picasso, Bracque, Monet, que aún vivía, y a unos cuantos escritores: Joyce, Ezra, la buena de Stein…

— Cuando está usted escribiendo, ¿se siente en alguna ocasión influido por lo que está leyendo en ese momento?

— No desde que Joyce estaba escribiendo Ulises. La suya no fue una influencia directa, pero en aquellos días, cuando las palabras que conocíamos nos estaban prohibidas y teníamos que luchar por una sola palabra, la influencia de su obra fue lo que cambió todo y nos permitió liberarnos de las restricciones.

— ¿Pudo usted aprender algo de los escritores sobre el arte de escribir? Usted me decía ayer que a Joyce, por ejemplo, le era insoportable hablar de literatura.

— Cuando se está en compañía de gente del mismo oficio, uno por lo general habla de los libros de otros escritores. Mientras mejores son los escritores, menos hablan de lo que han escrito ellos mismos. Joyce era un escritor muy grande y solo les explicaba lo que estaba haciendo a los necios. Suponía que otros escritores a los cuales respetaba eran capaces de saber lo que él estaba haciendo cuando lo leían.

— Usted parece haber rehuido la compañía de otros escritores en los últimos años. ¿Por qué?

— Eso es más complicado. Mientras más lejos va uno cuando escribe, más solo se queda. La mayoría de los amigos mejores y más viejos se mueren, otros se alejan. Uno no los ve sino raras veces, pero uno escribe y se siente en contacto con ellos como si se los encontrara en el café de los viejos tiempos. Uno intercambia cartas cómicas, a veces alegremente obscenas e irresponsables, y eso es casi tan bueno cono conversar. Pero uno está más solo porque así es como se debe trabajar y el tiempo para trabajar es cada vez más corto y si uno lo desperdicia siente que ha cometido un pecado para el que no hay perdón.

— ¿Qué puede usted decirme sobre la influencia de algunas de esas personas —sus contemporáneos— en su obra? ¿Cuál fue la contribución de Gertrude Stein, si es que hubo alguna? ¿O la de Ezra Pound o la de Max Perkins?

— Lo lamento, pero no soy bueno para esas evocaciones postmortem. Hay necrólogos, literarios y no literarios, que se ocupan de esas cosas. La señorita Stein escribió en forma bastante extensa y con considerable inexactitud sobre su influencia en mi obra. Tuvo necesidad de hacerlo después que aprendió a escribir diálogos en un libro llamado The Sun Also Rises. Yo le profesaba mucho afecto y pensé que era magnífico que hubiese aprendido a escribir conversaciones. Para mí no era nada nuevo aprender de cualquiera, vivo o muerto, que pudiera enseñarme algo, y no me imaginé que eso pudiera afectar a Gertrude de manera tan violenta. Ella ya escribía muy bien en otros aspectos. Ezra era sumamente inteligente en relación con los asuntos que de veras conocía. ¿No lo aburre a usted este tipo de conversación? Este comadreo literario mientras se lava la ropa sucia de hacer treinta y cinco años me repugna. Sería diferente si uno hubiese tratado de decir toda la verdad. Eso tendría algún valor. Aquí es mejor y más sencillo agradecerle a Gertrude todo lo que aprendí de ella sobre la relación abstracta entre las palabras, decir cuánto la estimaba, reiterarle mi lealtad a Ezra como un gran poeta y un amigo leal, y decir que quería tanto a Max Perkins que nunca he podido aceptar que haya muerto. Max nunca me pidió que cambiara nada que yo hubiese escrito, excepto eliminar ciertas palabras que entonces no eran publicables. Dejábamos espacios en blanco y cualquier lector que conociera las palabras sabía cuáles eran. Para mí, Max no era corrector y editor de textos. Era un amigo sabio y un maravilloso compañero. Me gustaba la manera como usaba su sombrero y la extraña forma en que se movían sus labios.

— ¿Quiénes diría usted que son sus antecesores literarios, aquellos de quienes más ha aprendido?

— Mark Twain, Flaubert, Stendhal, Bach, Turguenev, Tolstoi, Dostoievsky, Chéjov, Andrew Marvell, John Donne, Maupassant, el Kipling bueno, Thoreau, el capitán Maryat, Shakespeare, Mozart, Quevedo, Dante, Virgilio, Tintoretto, Hyeronimus Bosch, Brueghel, Patinir, Goya, Giotto, Cézanne, Van Gogh, Gauguin, San Juan de la Cruz, Góngora… me llevaría un día recordarlos a todos. Y además daría la impresión de que estoy exhibiendo una erudición que no poseo en lugar de tratar de recordar a todos los que han influido en mi vida y en mi obra. Esta no es una pregunta vieja y trillada. Es una pregunta muy buena, pero solemne, y requiere un examen de conciencia. Incluyo a los pintores, o empecé a incluirlos, porque aprendo tanto de los pintores como de los escritores sobre el arte de escribir. ¿Qué cómo se hace eso? Me haría falta otro día para explicárselo. Creo que lo que uno aprende de los compositores y del estudio de la armonía y el contrapunto sí es obvio.

— ¿Tocó usted alguna vez un instrumento musical?

— Solía tocar el violonchelo. Mi madre me sacó de la escuela todo un año para que estudiara música y contrapunto. Creía que yo tenía facultades, pero yo carecía de todo talento. Tocábamos música de cámara (alguien se nos unió para tocar el violín), mi hermana tocaba la viola y mi madre el piano. Ese violonchelo… yo lo tocaba peor que nadie en el mundo. Aquel año, por supuesto, también salía de la casa para hacer otras cosas.

— ¿Relee usted a los autores de su lista? ¿A Mark Twain, por ejemplo?

— Con Twain hay que dejar pasar dos o tres años. Uno lo recuerda demasiado bien. Leo algo de Shakespeare todos los años, siempre El rey Lear. Leer eso lo reanima a uno.

— La lectura, entonces, es una ocupación y un placer constantes.

— Siempre estoy leyendo libros, tantos como hay. Me los raciono para que nunca me falten.

— ¿Lee usted originales?

— Eso puede causar dificultades a menos que uno conozca al autor personalmente. Hace unos años me demandó por plagiario un hombre que alegaba que yo había sacado Por quién doblan las campanas de un guión de cine inédito escrito por él. Él había leído ese guión en una fiesta en Hollywood. Dijo que yo estaba allí, que por lo menos un individuo llamado “Ernie” había estado presente y había escuchado la lectura, y eso le bastó para demandarme por un millón de dólares. Al mismo tiempo demandó a los productores de las películas Northwest Mounted Police y Cisco Kid, alegando que estas también habían sido plagiadas del mismo guión inédito. Fuimos a los tribunales y ganamos el pleito, por supuesto. El hombre resultó ser insolvente.

— Bueno, ¿podríamos volver sobre esa lista y considerar a uno de los pintores: Hyeronimus Bosch, por ejemplo? El carácter simbólico de pesadilla de su obra parece muy alejado del carácter de la obra de usted.

— Yo tengo las pesadillas y me entero de las que tienen otras personas. Pero uno no tiene que escribirlas. Uno puede omitir cualquier cosa que sepa que sigue estando en el texto y el carácter de esa cosa se dejará ver. Cuando un escritor omite cosas que no conoce, aparecen como agujeros en el texto.

— ¿Quiere eso decir que un conocimiento íntimo de las obras de las personas incluidas en su lista ayuda a llenar el “pozo” de que usted hablaba hace un rato? ¿O fueron esas obras conscientemente una ayuda en el desarrollo de las técnicas de escribir?

— Son parte de la manera de aprender a ver, a oír, a pensar, a sentir y no sentir, y a escribir. El pozo es donde esta el “jugo” de uno. Nadie sabe de qué está hecho, y uno mismo menos. Uno solo sabe si lo tiene o si tiene que esperar a que vuelva.

— ¿Reconoce usted la existencia de un simbolismo en sus novelas?

— Supongo que hay símbolos en ellas, puesto que los críticos los encuentran a cada rato. Si a usted no le importa, a mí me disgusta hablar de ellos y que me hagan preguntas acerca de ellos. Ya es bastante difícil escribir libros y cuentos para tener que explicarlos además. Por otra parte, eso es quitarles su trabajo a los explicadores. Si cinco o seis o más buenos explicadores pueden seguir trabajando, ¿por qué habría yo de inmiscuirme? Lea usted cualquier cosa que yo escriba por el placer de leerla. Todo lo demás que usted encuentre será la medida de lo que usted mismo aportó a la lectura.

— Solo otra pregunta dentro de este tema general. Uno de los redactores consejeros de nuestra revista está interesado en un paralelismo que cree haber descubierto en The Sun Also Rises entre las dramatis personae en el ruedo de la plaza de toros y los personajes de la propia novela. Nuestro redactor señala que la primera oración del libro nos dice que Robert Cohn es boxeador; después, durante la desencajonada, se describe al toro que usa sus cuernos como un boxeador, lanzando “ganchos” y “jabs”. Y así como el toro es atraído y apaciguado por la presencia de un cabestro, Robert Cohn trata con deferencia a Jake, que está castrado precisamente como un cabestro. El redactor ve a Mike como el picador, que hostiga a Cohn una y otra vez. La tesis del redactor va más lejos, pero él se pregunta si usted tuvo la intención consciente de darle a la novela la estructura trágica del ritual de la corrida.

— Me parece que su redactor consejero estaba un poco mal de la cabeza. ¿Quién ha dicho que Jake estaba “castrado precisamente como un cabestro”? En realidad había sido herido de una manera muy diferente y sus testículos estaban intactos y no habían sufrido daño. Por lo tanto tenía todos los sentimientos normales como hombre, pero no podía consumarlos. La distinción importante es que su herida era física y no psicológica, y que no estaba castrado.

— Estas preguntas relativas al oficio del escritor son realmente engorrosas.

— Una pregunta sensata no es ni placentera ni engorrosa. Con todo, creo que para un escritor es muy malo hablar sobre su manera de escribir. El escritor escribe para ser leído por el ojo y ninguna explicación o disertación debe ser necesaria. Uno puede estar seguro de que en el texto hay mucho más de lo que se leerá en una primera lectura, y, siendo el autor del texto, al escritor no le corresponde explicarlo ni dirigir excursiones por la región más difícil de su obra.

— En relación con esto, recuerdo que usted también advirtió que para un escritor es peligroso hablar sobre una obra en gestación, que el escritor puede “destruirla contándola”, por decirlo así. ¿Por qué habría de suceder eso? Hago la pregunta porque hay tantos escritores—Twain, Wilde, Thurber, Steffens son los que me vienen a la mente— que según parece solían pulir su material sometiéndolo a la prueba de ser escuchado por otras personas.

— No puedo creer que Twain haya “probado” alguna vez a Huckelberry Finn contándoselo oralmente a otras personas. De haberlo hecho, estas probablemente le hicieron sacar las cosas buenas y meter las partes malas. La gente que conoció a Wilde decía que este era mejor conversador que escritor. Steffens hablaba mejor de lo que escribía. Tanto sus textos como sus conversaciones eran a veces difíciles de creer, y yo lo escuché alterar muchas historias a medida que se hacía viejo. Si Thurber es capaz de hablar tan bien como escribe, debe ser uno de los conversadores más grandes y menos aburridos. El hombre que yo conozco que mejor habla sobre su propio oficio y tiene la lengua más agradable y más perversa es Juan Belmonte, el matador.

— ¿Podría usted decir cuánto esfuerzo consciente hubo en el proceso de crear su estilo distintivo?

— Esa es una pregunta cuya contestación sería larga y fatigosa, y si uno se pasara dos días contestándola llegaría a sentirse tan consciente de sí que no podría escribir. Yo diría que lo que los aficionados suelen llamar un estilo es por lo general tan solo la torpeza inevitable con que se empieza a tratar de hacer algo que no se ha hecho hasta entonces. Casi ningún nuevo clásico se asemeja a los clásicos anteriores. En un principio la gente solo puede ver las torpezas. Después estas ya no son tan perceptibles. Cuando se manifiestan de manera singularmente torpes, la gente piensa que las torpezas son el estilo y muchos las copian. Eso es lamentable.

— Usted me escribió en una ocasión que las sencillas circunstancias bajo las cuales fueron escritas varias de sus obras podrían ser instructivas. ¿Podría usted aplicar eso a "The Killers” (Los asesinos) —usted dijo que había escrito ese cuento, “Ten Indians” (Diez indios) y “Today Is Friday” (Hoy es viernes) en un solo día— y tal vez a su primera novela, The Sun Also Rises?

— Vamos a ver. The Sun Also Rises la comencé a escribir en Valencia el día de mi cumpleaños, el 21 de julio. Hadley, mi esposa, y yo habíamos ido a Valencia temprano para conseguir buenos boletos para la Feria que empezaba allí el 24 de julio. Todos los escritores de mi edad habían escrito una novela y a mí todavía me costaba trabajo escribir un párrafo. Así que comencé el libro el día de mi cumpleaños, escribí durante toda la Feria, sin salir de la cama por las mañanas, después me fui a Madrid y seguí escribiendo allí. En Madrid no había Feria, de modo que tomamos un cuarto con una mesa y yo escribía con gran lujo en la mesa y en una cervecería a la vuelta de la esquina, en el Pasaje Álvarez, donde hacía fresco. Por último el tiempo se hizo demasiado caluroso para poder escribir y nos fuimos a Hendaya. Había un hotelito barato en la playa grande, hermosa y larga y yo trabajé muy bien allí y después volvimos a París y terminé la primera versión en el apartamento en los altos del aserradero en el número 113 de la Rue Notre-Dame-des-Champs seis semanas después de haberla comenzado. Le mostré esa primera versión a Nathan Asch, el novelista que entonces hablaba el inglés con un acento muy marcado y me dijo: “Hem, vaht do you mean saying you wrote a novel? A novel huh. Hem you are riding a travel büch.” (“Hem, ¿qué es eso de que has escrito una novela? Una novela, ¿eh? Hem, estás escribiendo un libro de viajes”). No me sentí demasiado desalentado por lo que dijo Nathan y reescribí el libro, conservando el viaje (que era la parte sobre la excursión de pesca y Pamplona), en Schruns en el Voralberg en el Hotel Taube.

Los cuentos que usted menciona los escribí en un solo día en Madrid el 16 de mayo, cuando una nevada canceló las corridas de San Isidro. Primero escribí "Los asesinos", que había tratado de escribir antes y no había podido. Después de comer me metí en la cama para calentarme y escribí "Hoy es viernes". Tenía tanto jugo que pensé que tal vez me estaba volviendo loco y tenía como seis cuentos más que escribir, de modo que me vestí y me fui al Fornos, el viejo café taurino, y tomé café y volví y escribí "Diez indios". Esto me puso muy triste y bebí un poco de brandy y me dormí. Había olvidado comer y uno de los camareros me trajo un poco de bacalao y un pequeño bistec y papas fritas y una botella de Valdepeñas.

La mujer que administraba la pensión siempre estaba preocupada porque yo no comía bastante y me había enviado al camarero. Recuerdo que me senté en la cama y comí y me tomé el Valdepeñas. El camarero dijo que traería otra botella. Dijo que la señora quería saber si yo iba a escribir toda la noche. Le dije que no, que pensaba que iba a descansar un rato. ¿Por qué no escribe usted uno más?, preguntó el mesero. Se supone que solo escriba uno, dije yo. Tonterías, dijo él; usted podría escribir seis. Lo intentaré mañana, le dije. Inténtelo esta noche, dijo él; ¿para qué cree que mandó la comida la señora? Estoy cansado, le dije. Tonterías, dijo él (la palabra no fue tonterías). ¡Cansarse después de escribir tres cuentecitos! Tradúzcame uno.

Déjeme solo, le dije. ¿Cómo voy a escribir si usted no me deja solo? Así que me senté en la cama y me tomé el Valdepeñas y pensé qué formidable escritor era yo si el primer cuento era tan bueno como yo esperaba que fuera.

— ¿Hasta qué punto está completa en su mente la concepción de un cuento? ¿Cambian el tema o la trama o un personaje a medida que usted escribe?

— Algunas veces uno sabe la historia. Algunas veces uno la inventa a medida que escribe y no tiene la menor idea de cómo va a salir. Todo cambia a medida que se mueve. Eso es lo que produce el movimiento que produce el cuento. Algunas veces el movimiento es tan lento que no parece estarse moviendo. Pero siempre hay cambio y siempre hay movimiento.

— ¿Sucede lo mismo con la novela, o formula usted el plan entero antes de empezar y se atiene a él rigurosamente?

— Por quién doblan las campanas fue un problema con el que tuve que bregar cada día. En principio sabía lo que iba a suceder. Pero inventé cada día lo que iba sucediendo.

— ¿The Green Hills of Africa (Las verdes Colinas de África), To Have and Have Not (Tener y no tener) y Across the River and Into de Trees (A través del río y entre los árboles) fueron comenzadas todas ellas como cuentos y se desarrollaron hasta convertirse en novelas? Si así fue, ¿son tan similares los dos géneros que un escritor puede pasar del uno al otro sin rehacer completamente su enfoque?

— No, eso no es cierto. Las verdes colinas de África no es una novela, pero fue escrita en un intento de escribir un libro absolutamente verdadero para ver si la forma de un país y la pauta general de la acción de un mes podían competir, una vez presentadas con verdad, con una obra de la imaginación. Después que acabé de escribirlo, escribí dos cuentos: “The Snows of Kilimanjaro” (Las nieves del Kilimanjaro) y “The Short Happy Life of Francis Macomber” (La vida feliz de Francis Macomber). Esos fueron cuentos que inventé partiendo del conocimiento y la experiencia adquiridos durante la misma prolongada excursión de caza de la que yo había extraído un mes para intentar su presentación exacta en Las verdes colinas. Tener y no tener y A través del río y entre los árboles fueron comenzadas ambas como cuentos.

— ¿Le resulta a usted fácil desplazarse de un proyecto literario a otro o prefiere continuar hasta terminar lo que ha empezado?

— El hecho de que esté interrumpiendo un trabajo serio para contestar estas preguntas demuestra que soy tan estúpido que debería ser castigado severamente. Y seré castigado, no se preocupe.

— ¿Se concibe usted a sí mismo en competencia con otros escritores?

— Nunca. Yo solía tratar de escribir mejor que ciertos escritores ya muertos de cuyo valor yo estaba seguro. Pero desde hace mucho tiempo he tratado simplemente de escribir lo mejor que pueda. Algunas veces tengo suerte y escribo mejor de lo que puedo.

— ¿Cree usted que el poder de un escritor disminuye a medida que se hace viejo? En Las verdes colinas de África usted menciona que los escritores norteamericanos, al llegar a cierta edad, se convierten en viejas madrecitas.

— No sé de eso. La gente que sabe lo que está haciendo debe durar mientras le dure la cabeza. En ese libro que usted menciona verá, si lo repasa, que yo estaba desbarrando sobre la literatura norteamericana con un personaje australiano desprovisto de humor que me estaba obligando a hablar cuando yo quería hacer otra cosa. Yo escribí una versión fiel de la conversación, no para hacer pronunciamientos inmortales. Una porción regular de los pronunciamientos son bastante buenos.

— No hemos discutido los personajes. ¿Están los personajes de sus obras sacados todos ellos de la vida real?

— Por supuesto que no. Algunos provienen de la vida real. Mayormente uno inventa gente a partir del conocimiento y la comprensión y la experiencia de la gente.

— ¿Podría usted decir algo acerca del proceso de convertir un personaje de la vida real en un personaje novelesco?

— Si yo explicara cómo se hace eso algunas veces, sería un manual para los abogados especializados en casos de difamación.

— ¿Establece usted una distinción, como lo hace E. M. Forster, entre los personajes “planos” y los personajes “redondos”?

— Si uno describe a alguien, es plano, como una fotografía, y desde mi punto de vista es un fracaso. Si uno lo compone a partir de lo que uno sabe, debe tener todas las dimensiones.

— ¿A cuáles de sus personajes recuerda usted con particular afecto?

— La lista sería demasiado larga.

— ¿Entonces a usted le gusta releer sus propios libros, sin sentir que le gustaría hacer algunos cambios?

— Los leo algunas veces para reanimarme cuando es difícil escribir y entonces recuerdo que siempre fue difícil y que en ocasiones fue casi imposible.

— ¿Cómo les pone usted nombres a sus personajes?

— Lo mejor que puedo.

— ¿Se le ocurren a usted los títulos durante el proceso de escribir la historia?

— No. Hago una lista de nombres después de terminar el cuento o el libro, a veces hasta cien. Entonces empiezo a eliminarlos, en ocasiones a todos.

— ¿Y eso lo hace usted incluso con un cuento cuyo título viene del texto: “Hills Like White Elephants” (Colinas como elefantes blancos), por ejemplo?

— Sí. El título viene después. Conocí una muchacha en Pruniers, adonde yo había ido para comer ostras antes de la comida. Sabía que ella había tenido un aborto. Me le acerqué y conversamos, no sobre eso, pero de regreso a casa pensé en el cuento, omití la comida y pasé esa tarde escribiéndolo.

— De manera que cuando usted no está escribiendo, sigue siendo constantemente el observador, buscando algo que pueda usarse.

— Seguro. Si un escritor deja de observar está liquidado. Pero no tiene que observar conscientemente ni pensar cómo será aprovechable lo observado. Eso tal vez sería cierto en el comienzo. Pero más adelante todo lo que él ve entra en la gran reserva de cosas que él conoce o ha visto. Si usted considera provechoso que la gente se entere, yo siempre trato de escribir de acuerdo con el principio del témpano de hielo. El témpano conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua por cada parte que deja ver. Uno puede eliminar cualquier cosa que conozca y eso solo fortalece el témpano de uno. Es la parte que no se deja ver. Si un escritor omite algo porque no lo conoce, entonces hay un boquete en el relato.

El viejo y el mar pudo haber tenido más de mil páginas e incluir a cada uno de los personajes de la aldea y todos los procesos de cómo se ganaban la vida, cómo nacían, se educaban, tenían hijos, etc. Otros escritores hacen eso excelentemente y bien. Al escribir, uno está limitado por lo que ya se ha hecho satisfactoriamente. Así que yo he tratado de aprender a hacer algo distinto. Primero he tratado de eliminar todo lo que sea innecesario para comunicarle una experiencia al lector, de modo que después que él haya leído algo, eso se convierta en parte de su experiencia y parezca haber sucedido en realidad. Eso es muy difícil de hacer y yo he intentado hacerlo con mucho esfuerzo.
De todos modos, para pasar por alto la manera como se hace, esa vez tuve una suerte increíble y pude comunicar la experiencia completamente y lograr que fuera una que nadie había comunicado antes. La suerte consistió en que tuve un buen hombre y un buen muchacho, y los escritores se han olvidado de que tales cosas existen todavía. Por otra parte, el océano merece que se escriba sobre él tanto como lo merece el hombre. Así que tuve suerte ahí. Yo he visto al pez vela aparearse y sé de eso, de modo que lo dejé fuera. He visto un cardumen de más de cincuenta cachalotes en ese mismo pedazo de mar y una vez arponeé uno de casi sesenta pies de largo y lo perdí, de modo que dejé eso fuera. Todas las historias de la aldea de pescadores que conozco las dejé fuera. Pero el conocimiento es lo que constituye la parte del témpano que está bajo el agua.

— Archibald MacLeish ha hablado de un método de comunicar la experiencia al lector que, según él, usted desarrolló mientras “cubría” los juegos de béisbol para el Kansas City Star en los viejos tiempos. El método consiste simplemente en comunicar la experiencia por medio de pequeños detalles, íntimamente conservados, que tienen el efecto de indicar el todo haciendo consciente al lector de lo que éste sólo ha conocido subconscientemente…

— La anécdota es apócrifa. Yo nunca escribí sobre béisbol para el Star. Lo que Archie estaba tratando de recordar era cómo yo estaba tratando de aprender en Chicago hacia 1920 y buscaba las cosas inadvertidas que constituyen las emociones, como la manera que tenía un outfielder de tirar su guante sin volver la cabeza para ver donde caía, el crujido de la resina bajo las suelas de las zapatillas de un boxeador en el gimnasio, el color gris de la piel de Jack Blackburn cuando este terminaba una sesión de entrenamiento y otras cosas que yo anotaba de la misma manera que un pintor hace bocetos. Uno veía el extraño color de Blackburn y las viejas cortadas de navaja y la manera como manejaba a un hombre en el cuadrilátero antes de que uno conociera su historia. Esas eran las cosas que lo tocaban a uno antes de que uno conociera la historia.

— ¿Ha descrito usted alguna vez algún tipo de situación del que no tuviera un conocimiento personal?

— Esa es una pregunta extraña. Al decir conocimiento personal, ¿quiere usted decir conocimiento carnal? En ese caso la respuesta es afirmativa. Un escritor, si es bueno, no describe. Inventa o hace a partir del conocimiento personal e impersonal, y algunas veces parece poseer un conocimiento inexplicado que podría venirle de la experiencia racial o familiar olvidada. ¿Quién le enseña a una paloma mensajera a volar como vuela, dónde aprende un toro de lidia su bravura o un perro de caza su olfato? Esto es un desarrollo o una condensación de lo que hablamos en Madrid aquella vez cuando no se podía confiar mucho en mi cabeza.

— ¿Cuán alejado debe estar usted de una experiencia antes de poder escribir sobre ella en términos novelescos? Los accidentes aéreos que sufrió usted en África, por ejemplo.

— Depende de la experiencia. Una parte la ve uno con total alejamiento desde el principio. Otra parte está muy ligada a uno. Creo que no existe ninguna regla en cuanto al tiempo que debe transcurrir antes de que uno escriba sobre la experiencia. Eso dependería de lo bien ajustado que estuviera el individuo y de su capacidad de recuperación. Sin duda alguna, para un escritor con oficio es valioso estar en un avión que se estrella y se incendia. Aprende varias cosas importantes muy rápidamente. Que le sean útiles o no dependen de que sobreviva. La supervivencia con honor, esa palabra pasada de moda y de importancia capital, es tan difícil y tan importante como siempre para un escritor. Los que no perduran son siempre más amados puesto que nadie tiene que verlos en sus largas, tediosas e implacables luchas que libran sin dar ni recibir cuartel para hacer algo como ellos creen que debe hacerse antes de morir. Los que se mueren o cejan pronto y fácilmente y con buenas razones son preferidos porque son comprensibles y humanos. El fracaso y la cobardía bien disimulada son más humanos y más amados.

— Podría preguntarle en qué medida cree usted que el escritor debe preocuparse por los problemas sociopolíticos de su tiempo?

— Cada uno tiene su propia conciencia y no debería haber reglas sobre cómo debe funcionar una conciencia. De lo único que se puede estar seguro en el caso de un escritor politizado es de que, si su obra perdura, el lector tendrá que pasar por alto su contenido político cuando la lea. Muchos de los llamados escritores politizados cambian de actitud política con frecuencia. Esto es muy excitante para ellos y para sus revistas político-literarias. Algunas veces tienen incluso que reescribir sus puntos de vista… y de prisa. Tal vez ello sea respetable como una forma de búsqueda de la felicidad.

— ¿Ha tenido la influencia política de Ezra Pound en el segregacionista Kasper algo que ver con la opinión de usted en el sentido de que el poeta debería ser dado de alta en el Hospital de Saint Elizabeth?

— No. Nada en absoluto. Creo que a Ezra deberían soltarlo y permitirle que escriba poesía en Italia previa promesa de su parte de abstenerse de toda actividad política. Me alegraría ver a Kasper encarcelado lo antes posible. Los grandes poetas no son necesariamente mentores de señoritas, ni jefes de boy scouts ni magníficos ejemplos para la juventud. Para mencionar sólo unos pocos: Verlaine, Rimbaud, Shelley, Byron, Baudelaire, Proust y Gide no deberían haber sido recluidos para evitar que sus pensamientos, sus costumbres o su moral fueran plagiados por los Kaspers locales. Estoy seguro de que de aquí a diez años este párrafo requerirá una nota al calce para explicar quién fue Kasper.

— ¿Diría usted que en su obra hay alguna intención didáctica?

— Didáctica es una palabra que se ha usado mal y se ha dañado. Death in the Afternoon (Muerte en la tarde) es un libro instructivo.

— Se ha dicho que un escritor solo maneja una o dos ideas a lo largo de toda su obra. ¿Diría usted que su obra refleja una o dos ideas?

— ¿Quién dijo eso? Parece demasiado simple. El hombre que lo dijo probablemente tenía una o dos ideas, en efecto.

— Bueno, tal vez sería mejor expresarlo así: Gram. Green dijo que una pasión dominante le da a una colección de novelas la unidad de un sistema. Usted mismo ha dicho, me parece, que la gran literatura nace de un sentido de la injusticia. ¿Considera usted importante que un novelista sea dominado de esta manera… por algún sentido compulsivo de esa índole?

— El Sr. Greene tiene una facilidad para hacer afirmaciones que yo no poseo. A mí me resultaría imposible hacer generalizaciones acerca de una colección de novelas, los colores del arcoiris o una manada de gansos. Con todo, intentaré una generalización. Un escritor sin sentido de la justicia y de la injusticia debería dedicarse a redactar el Anuario de una escuela para niños excepcionales en lugar de escribir novelas. Otra generalización. Las generalizaciones, vea usted, no son tan difíciles cuando son lo suficientemente obvias. La cualidad más esencial para un buen escritor es la de poseer un detector de mierda, innato y a prueba de golpes. Ese es el radar del escritor y todos los grandes escritores lo han poseído.

— Por último, una pregunta fundamental. Como escritor creador, ¿cuál consideraría usted que es la función de su arte? ¿Por qué la representación de los hechos, en lugar de los hechos mismos?

— ¿Por qué dejarse preocupar por eso? De todas las cosas que han sucedido y de las cosas tal como existen y de todas las cosas que uno conoce y de las que uno no puede conocer, uno hace algo por medio de su invención, algo que no es una representación sino toda una cosa nueva más verdadera que cualquier cosa verdadera y viva, y uno la hace viva, y si la hace lo suficientemente bien, le confiere inmortalidad. Esa es la razón de que uno escriba, ésa y ninguna otra que uno conozca. Pero, ¿y qué decir de todas las razones que nadie conoce?

Plimpton, George, "Entrevista a Ernest Hemingway", en González, José Luis (trad.), El oficio de escritor. Entrevistas con grandes autores, mayo de 1954.

Los asesinos - Ernest Hemingway

 

La puerta del restaurante de Henry se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.

-¿Qué van a pedir? -les preguntó George.

-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Tú qué tienes ganas de comer, Al?

-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.

Afuera estaba oscureciendo. Las luces de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George cuando ellos entraron, los observaba.

-Yo voy a pedir costillitas de cerdo con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero.

-Todavía no está listo.

-¿Entonces para qué carajo lo pones en la carta?

-Esa es la cena -le explicó George-. Puede pedirse a partir de las seis.

George miró el reloj en la pared de atrás del mostrador.

-Son las cinco.

-El reloj marca las cinco y veinte -dijo el segundo hombre.

-Adelanta veinte minutos.

-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó el primero-. ¿Qué tienes para comer?

-Puedo ofrecerles cualquier variedad de sándwiches -dijo George-, jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado y tocineta, o un bisté.

-A mí dame suprema de pollo con arvejas y salsa blanca y puré de papas.

-Esa es la cena.

-¿Será posible que todo lo que pidamos sea la cena?

-Puedo ofrecerles jamón con huevos, tocineta con huevos, hígado...

-Jamón con huevos -dijo el que se llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.

-Dame tocineta con huevos -dijo el otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían, vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos. Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.

-¿Hay algo para tomar? -preguntó Al.

-Gaseosa de jengibre, cerveza sin alcohol y otras bebidas gaseosas -enumeró George.

-Dije si tienes algo para tomar.

-Sólo lo que nombré.

-Es un pueblo caluroso este, ¿no? -dijo el otro- ¿Cómo se llama?

-Summit.

-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó Al a su amigo.

-No -le contestó éste.

-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó Al.

-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá y cenan de lo lindo.

-Así es -dijo George.

-¿Así que crees que así es? -Al le preguntó a George.

-Seguro.

-Así que eres un chico vivo, ¿no?

-Seguro -respondió George.

-Pues no lo eres -dijo el otro hombrecito-. ¿No es cierto, Al?

-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia Nick y le preguntó-: ¿Cómo te llamas?

-Adams.

-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No es vivo, Max?

-El pueblo está lleno de chicos vivos -respondió Max.

George puso las dos bandejas, una de jamón con huevos y la otra de tocineta con huevos, sobre el mostrador. También trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina.

-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a Al.

-¿No te acuerdas?

-Jamón con huevos.

-Todo un chico vivo -dijo Max. Se acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George los observaba.

-¿Qué miras? -dijo Max mirando a George.

-Nada.

-Cómo que nada. Me estabas mirando a mí.

-En una de esas lo hacía en broma, Max -intervino Al.

George se rió.

-Tú no te rías -lo cortó Max-. No tienes nada de qué reírte, ¿entiendes?

-Está bien -dijo George.

-Así que piensas que está bien -Max miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena.

-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.

-¿Cómo se llama el chico vivo ése que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max.

-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-, anda con tu amigo del otro lado del mostrador.

-¿Por? -preguntó Nick.

-Porque sí.

-Mejor pasa del otro lado, chico vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador.

-¿Qué se proponen? -preguntó George.

-Nada que te importe -respondió Al-. ¿Quién está en la cocina?

-El negro.

-¿El negro? ¿Cómo el negro?

-El negro que cocina.

-Dile que venga.

-¿Qué se proponen?

-Dile que venga.

-¿Dónde se creen que están?

-Sabemos muy bien dónde estamos -dijo el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso?

-Por lo que dices, parecería que sí -le dijo Al-. ¿Qué tienes que ponerte a discutir con este chico? -y luego a George-: Escucha, dile al negro que venga acá.

-¿Qué le van a hacer?

-Nada. Piensa un poco, chico vivo. ¿Qué le haríamos a un negro?

George abrió la portezuela de la cocina y llamó:

-Sam, ven un minutito.

El negro abrió la puerta de la cocina y salió.

-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres lo miraron desde el mostrador.

-Muy bien, negro -dijo Al-. Quédate ahí.

El negro Sam, con el delantal puesto, miró a los hombres sentados al mostrador:

-Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.

-Voy a la cocina con el negro y el chico vivo -dijo-. Vuelve a la cocina, negro. Tú también, chico vivo.

El hombrecito entró a la cocina después de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, el lugar había sido una taberna.

-Bueno, chico vivo -dijo Max con la vista en el espejo-. ¿Por qué no dices algo?

-¿De qué se trata todo esto?

-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico vivo quiere saber de qué se trata todo esto.

-¿Por qué no le cuentas? -se oyó la voz de Al desde la cocina.

-¿De qué crees que se trata?

-No sé.

-¿Qué piensas?

Mientras hablaba, Max miraba todo el tiempo al espejo.

-No lo diría.

-Ey, Al, acá el chico vivo dice que no diría lo que piensa.

-Está bien, puedo oírte -dijo Al desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla por la que se pasaban los platos-. Escúchame, chico vivo -le dijo a George desde la cocina-, aléjate de la barra. Tú, Max, córrete un poquito a la izquierda -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal.

-Dime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué piensas que va a pasar?

George no respondió.

-Yo te voy a contar -siguió Max-. Vamos a matar a un sueco. ¿Conoces a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?

-Sí.

-Viene a comer todas las noches, ¿no?

-A veces.

-A las seis en punto, ¿no?

-Si viene.

-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-. Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine?

-De vez en cuando.

-Tendrías que ir más seguido. Para alguien tan vivo como tú, está bueno ir al cine.

-¿Por qué van a matar a Ole Andreson? ¿Qué les hizo?

-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos algo. Jamás nos vio.

-Y nos va a ver una sola vez -dijo Al desde la cocina.

-¿Entonces por qué lo van a matar? -preguntó George.

-Lo hacemos para un amigo. Es un favor, chico vivo.

-Cállate -dijo Al desde la cocina-. Hablas demasiado.

-Bueno, tengo que divertir al chico vivo, ¿no, chico vivo?

-Hablas demasiado -dijo Al-. El negro y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas en el convento.

-¿Tengo que suponer que estuviste en un convento?

-Uno nunca sabe.

-En un convento judío. Ahí estuviste tú.

George miró el reloj.

-Si viene alguien, dile que el cocinero salió. Si después de eso se queda, le dices que cocinas tú. ¿Entiendes, chico vivo?

-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán después?

-Depende -respondió Max-. Esa es una de las cosas que uno nunca sabe en el momento.

George miró el reloj. Eran las seis y cuarto. La puerta de la calle se abrió y entró un conductor de tranvías.

-Hola, George -saludó-. ¿Me sirves la cena?

-Sam salió -dijo George-. Volverá en alrededor de una hora y media.

-Mejor voy a la otra cuadra -dijo el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte.

-Estuviste bien, chico vivo -le dijo Max-. Eres un verdadero caballero.

-Sabía que le volaría la cabeza -dijo Al desde la cocina.

-No -dijo Max-, no es eso. Lo que pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo.

A las siete menos cinco George habló:

-Ya no viene.

Otras dos personas habían entrado al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sándwich de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en las bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una bolsa y lo entregó. El cliente pagó y salió.

-El chico vivo puede hacer de todo -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa, chico vivo.

-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole Andreson, no va a venir.

-Le vamos a dar otros diez minutos -repuso Max.

Max miró el espejo y el reloj. Las agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco.

-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos vamos de acá. Ya no viene.

-Mejor esperamos otros cinco minutos -dijo Al desde la cocina.

En ese lapso entró un hombre, y George le explicó que el cocinero estaba enfermo.

-¿Por qué carajo no consigues otro cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se marchó.

-Vamos, Al -insistió Max.

-¿Qué hacemos con los dos chicos vivos y el negro?

-No va a haber problemas con ellos.

-¿Estás seguro?

-Sí, ya no tenemos nada que hacer acá.

-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente, tú hablas demasiado.

-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos que entretenernos de alguna manera, ¿no?

-Igual hablas demasiado -insistió Al. Éste salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura, bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con las manos enguantadas.

-Adiós, chico vivo -le dijo a George-. La verdad es que tuviste suerte.

-Cierto -agregó Max-, deberías apostar en las carreras, chico vivo.

Los dos hombres se retiraron. George, a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero.

-No quiero que esto vuelva a pasarme -dijo Sam-. No quiero que vuelva a pasarme.

Nick se incorporó. Nunca antes había tenido una toalla en la boca.

-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo seguridad.

-Querían matar a Ole Andreson -les contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer.

-¿A Ole Andreson?

-Sí, a él.

El cocinero se palpó los ángulos de la boca con los pulgares.

-¿Ya se fueron? -preguntó.

-Sí -respondió George-, ya se fueron.

-No me gusta -dijo el cocinero-. No me gusta para nada.

-Escucha -George se dirigió a Nick-. Tendrías que ir a ver a Ole Andreson.

-Está bien.

-Mejor que no tengas nada que ver con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte.

-Si no quieres no vayas -dijo George.

-No vas a ganar nada involucrándote en esto -siguió el cocinero-. Mantente al margen.

-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde vive?

El cocinero se alejó.

-Los jóvenes siempre saben qué es lo que quieren hacer -dijo.

-Vive en la pensión Hirsch -George le informó a Nick.

-Voy para allá.

Afuera, las luces de la calle brillaban por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral. La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el timbre. Una mujer apareció en la entrada.

-¿Está Ole Andreson?

-¿Quieres verlo?

-Sí, si está.

Nick siguió a la mujer hasta un descanso de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta.

-¿Quién es?

-Alguien que viene a verlo, señor Andreson -respondió la mujer.

-Soy Nick Adams.

-Pasa.

Nick abrió la puerta e ingresó al cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido boxeador peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre dos almohadas. No miró a Nick.

-¿Qué pasa? -preguntó.

-Estaba en el negocio de Henry -comenzó Nick-, cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban a matarlo.

Sonó tonto decirlo. Ole Andreson no dijo nada.

-Nos metieron en la cocina -continuó Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar.

Ole Andreson miró a la pared y siguió sin decir palabra.

-George creyó que lo mejor era que yo viniera y le contase.

-No hay nada que yo pueda hacer -Ole Andreson dijo finalmente.

-Le voy a decir cómo eran.

-No quiero saber cómo eran -dijo Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.

-No es nada.

Nick miró al grandote que yacía en la cama.

-¿No quiere que vaya a la policía?

-No -dijo Ole Andreson-. No sería buena idea.

-¿No hay nada que yo pueda hacer?

-No. No hay nada que hacer.

-Tal vez no lo dijeron en serio.

-No. Lo decían en serio.

Ole Andreson volteó hacia la pared.

-Lo que pasa -dijo hablándole a la pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá.

-¿No podría escapar de la ciudad?

-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto de escapar.

Seguía mirando a la pared.

-Ya no hay nada que hacer.

-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?

-No. Me equivoqué -seguía hablando monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a salir.

-Mejor vuelvo adonde George -dijo Nick.

-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar hacia Nick-. Gracias por venir.

Nick se retiró. Mientras cerraba la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando a la pared.

-Estuvo todo el día en su cuarto -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien. Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo como este", pero no tenía ganas.

-No quiere salir.

-Qué pena que se sienta mal -dijo la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías?

-Sí, ya sabía.

-Uno no se daría cuenta salvo por su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.

-Bueno, buenas noches, señora Hirsch -saludó Nick.

-Yo no soy la señora Hirsch -dijo la mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la señora Bell.

-Bueno, buenas noches, señora Bell -dijo Nick.

-Buenas noches -dijo la mujer.

Nick caminó por la vereda a oscuras hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George estaba adentro, detrás del mostrador.

-¿Viste a Ole?

-Sí -respondió Nick-. Está en su cuarto y no va a salir.

El cocinero, al oír la voz de Nick, abrió la puerta desde la cocina.

-No pienso escuchar nada -dijo y volvió a cerrar la puerta de la cocina.

-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó George.

-Sí. Le conté pero él ya sabe de qué se trata.

-¿Qué va a hacer?

-Nada.

-Lo van a matar.

-Supongo que sí.

-Debe haberse metido en algún lío en Chicago.

-Supongo -dijo Nick.

-Es terrible.

-Horrible -dijo Nick.

Se quedaron callados. George se agachó a buscar un repasador y limpió el mostrador.

-Me pregunto qué habrá hecho -dijo Nick.

-Habrá traicionado a alguien. Por eso los matan.

-Me voy a ir de este pueblo -dijo Nick.

-Sí -dijo George-. Es lo mejor que puedes hacer.

-No soporto pensar que él espera en su cuarto y sabe lo que le pasará. Es realmente horrible.

-Bueno -dijo George-. Mejor deja de pensar en eso.

jueves, 24 de diciembre de 2015

Cicatrices - Marcelo Birmajer

 

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Hace mucho tiempo vivía en una aldea que no conocemos un muchacho de 20 años, justo y valiente. Pretendía a una doncella de su edad, blanca como la leche, y tan bella como vanidosa.

El muchacho tenía el rostro cruzado de cicatrices. La doncella, enferma de juvenil frivolidad, exigía para hablar de noviazgo, que el muchacho se quitara las cicatrices del rostro.

El muchacho sabía que esto era imposible, pero la doncella estaba acostumbrada a que se le cumplieran sus más estrafalarios deseos. Así la habían tratado sus padres y los ricos hombres que la cortejaban.

El muchacho pasaba noches de insomnio pensando en cómo satisfacer el requerimiento, y la doncella insistía en que cuando se hubiese quitado las cicatrices, ella lo estaría aguardando.

¿Por qué el muchacho seguía amando a una dama tan necia? ¡Misterio! ¿Por qué una mujer tan agraciada era tan necia? ¡Más misterio!

En una de las noches de insomnio que el muchacho sufría bajo un árbol del bosque (el estado de su alma le hacía imposible permanecer en una cama), acertó a pasar por allí un mago.

El muchacho vio llegar a un hombre en una carreta tirada por un mulo. Cuando el animal se detuvo, el hombre bajó de la carreta; y haciendo un movimiento de manos transformó al mulo en un hombre.

Hizo un pequeño fogón, sacó un pollo de la carreta, lo atravesó con un palo y comenzó a asarlo mientras conversaba con el mulo convertido en hombre. El muchacho se frotó varias veces los ojos y se acercó impávido al prodigioso dúo.

· ¿Có..có...cómo has hecho eso?-preguntó.

-Oh-dijo el mago sin darle importancia-. Es feo comer solo, y a la hora de la cena, siempre me procuro alguien con quien conversar.

Y ni bien terminó la frase, con un nuevo pase de manos, volvió a transformar al hombre en mulo.

-Ahora ya tengo con quien conversar- dijo el mago, haciéndole un ademán al muchacho para que se sentara junto a él.

-¿Cómo haces eso?- repitió el muchacho.

-A excepción de cómo hago mis trucos, podemos conversar de todo lo que quieras-respondió el mago.

El muchacho, que tenía un solo tema en su mente, acercando su rostro al fuego, mostrándoselo al mago, se apresuró a decir:

-¡Apuesto a que con tu magia podrías quitarme todas las cicatrices del rostro!

-Por supuesto-respondió el mago sin un ápice de vanidad.

-Pues, adelante-dijo el muchacho.

-¿Estás seguro de que es lo que quieres?-le preguntó el mago.

-De nada he estado más seguro-dijo el muchacho.

El mago pasó suavemente un dedo por una de las cicatrices del muchacho. De inmediato, entre los dos, se presentó una imagen. Era el recuerdo del día en que el muchacho se había hecho esa cicatriz. Los cosacos atacaban la aldea, y el muchacho, valientemente, salía al encuentro de ellos. El sable de un cosaco le rozaba el rostro. Pero ahora, en la imagen que el mago presentaba, el recuerdo cambiaba: el muchacho se escondía tras unos toneles y no enfrentaba a los bandidos. Aguardaba escondido hasta que se marchaba, luego de haber realizado todo tipo de tropelías. Cuando la imagen se desvaneció, nuevamente estaban el mago y el muchacho junto al fogón. El mago fue hasta la carreta y regresó con un espejo. Lo limpió con la manga de su abrigo y se lo extendió al muchacho.

-Mírate-le dijo.

El muchacho se observó. Efectivamente, la cicatriz ya no estaba.

-¡Prodigioso! – exclamó el muchacho.

-No es ningún prodigio- dijo el mago-.Si nunca has peleado contra los cosacos, ¿por qué habrías de tener esa cicatriz? ¿Quieres que te borre las otras?

-¡Por supuesto!- dijo el muchacho. Pero al instante se detuvo:

-Momento-agregó-. ¡Sí he peleado contra los cosacos!

-No- le dijo el mago-.Ya no, y ya no tienes esa cicatriz.

-Sólo te he pedido que me borres la cicatriz- dijo el muchacho-No el momento en que me la hicieron.

-Eso- dijo el mago-, es imposible. No lo puede lograr ni el más sabio de los magos. Si partes de tu vida te han dejado cicatrices, debemos borrar esos recuerdos para borrar las cicatrices. ¿Te borro las demás?

-No- dijo el muchacho

Y luego de comer el pollo, ambos durmieron mansamente.

Cuando el muchacho despertó, al alba y bajo un árbol, el mago ya no estaba.

Corrió a ver a la doncella.

-Te he dicho que no te me acercaras hasta que no te quitaras las cicatrices del rostro- le dijo fríamente ella.

El muchacho no respondió a su insulto. Se señaló una cicatriz y le contó su historia. Señaló otra y otro recuerdo. . Una más y otro suceso de su vida. Terminó de contarle el origen de la última cicatriz frente al rabino que los casó...

de Marcelo Birmajer (periodista y escritor)

 

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martes, 22 de diciembre de 2015

Ya se encuentra en línea la biblioteca digital Libros y Casas

Se trata de una colección de libros de ficción. Una de las publicaciones, basada en una leyenda del Noroeste, incluye una aplicación

Ya se encuentra en línea la biblioteca digital Libros y Casas

Luego de entregar cien mil bibliotecas a las familias que reciben viviendas sociales en todo el país (un millón ochocientos mil libros) y de realizar más de mil talleres de lectura, el programa Libros y Casas lanza su biblioteca digital e interactiva con libros de ficción para grandes y chicos, libros ilustrados, de historietas, manuales, libros históricos y periodísticos para toda la familia.

La propuesta incluye también un libro interactivo, "La Vieja Diabla", basado en una leyenda del noroeste argentino, que incluye ilustraciones, animaciones y sonido. La aplicación puede descargarse desde la web del programa y también desde Google Play.

Los 14 títulos que integran la colección son:

  • 90 minutos (Relatos de fútbol)
  • Amores argentinos (Historietas sobre cuentos y novelas de amor)
  • Animales rimados y no tanto (Poesía infantil)
  • Bajo sospecha (Relatos policiales)
  • Brujas, princesas y pícaros (Cuentos clásicos infantiles)
  • Constitución de la Nación Argentina
  • Cosas Imposibles (Cuentos fantásticos y de terror)
  • El Nunca Más y los crímenes de la Dictadura. (Adaptación del informe de CONADEP, con información actualizada y fotos aportadas por el Archivo Nacional de la Memoria y ARGRA)
  • Hubo una vez en este lugar (Mitos y leyendas de este lado del mundo)
  • Manual de las Mujeres (Guía de derechos, salud sexual y reproductiva, familia y trabajo para adolescentes y familias adultas).
  • Manual del Hogar (Guía para el mantenimiento de la casa y la prevención de accidentes domésticos).
  • Mucha, mucha poesía. (Tres siglos de poesías y canciones argentinas)
  • Palabra de mujer (Crónicas sobre mujeres argentinas. Realizado conjuntamente con Revista Anfibia)
  • Todo queda en familia (Textos de humor)

Entre los autores de la biblioteca se encuentran Hebe Uhart, Eduardo Sacheri, Claudia Piñeiro, Sergio Bizzio, Mariana Enriquez, Rodolfo Fogwill, Selva Almada, Beatriz Vignoli María Elena Walsh, Silvina Ocampo, Laura Devetach, Roberto Arlt, Mariano Blatt, Oliverio Girondo, Hernán Casciari, Isidoro Blaisten, Santiago Varela, Ruth Kaufman y Ricardo Mariño entre otros.

También participaron de la biblioteca los ilustradores: Pablo Bernasconi, Luis Grane, Mariano Epelbaum, Alex Dukal, Matías Trillo, Eva Mastrogiulio, María Elina Méndez, Pablo Picyck, Fernanda Cohen y Cynthia Orensztajn.

Sobre Libros y Casas

Libros y Casas es un programa que se lleva adelante desde 2007 con el objetivo de democratizar el acceso a los libros y promover la lectura tanto en el ámbito privado como en los espacios comunitarios a través de distintas actividades.

Hasta el momento ha entregado cien mil bibliotecas -un millón ochocientos mil libros- a cada una de las familias que reciben las viviendas de los Programas Federales de Construcción de Viviendas, a lo largo de todo el país, y ha llevado adelante más de mil talleres de lectura. Se estima que el total de beneficiarios del programa alcanza el millón de personas.

Los textos fueron especialmente editados y seleccionados para que las familias cuenten con una biblioteca básica que incluye libros de ficción para grandes y chicos, libros ilustrados, de historieta, manuales, libros históricos y periodísticos.

El programa Libros y Casas  ha sido tomado como modelo  y fue replicado en Cuba (Bibliotecas Familiares) y en Chile (Maletín Literario). Su impacto en las prácticas de lectura fue evaluado en el año 2008 a través de encuestas en 13 provincias. De la información recolectada se concluyó que  la llegada de los libros impactó de manera positiva en los hogares, además de que gran parte de las familias contaban con menos de diez libros antes de recibir la biblioteca.

En 2015, de acuerdo con las nuevas prácticas surgidas a partir de los cambios en el acceso a las nuevas tecnologías y a su uso,  el programa complementa sus acciones a través de una plataforma web y libros interactivos explorando nuevas herramientas para promocionar la lectura

jueves, 17 de diciembre de 2015

Cómo se salvó Wang-Fô (Cuentos Orientales) - Marguerite Yourcenar

El anciano pintor Wang-Fô y su discípulo 

Ling erraban por los caminos del reino de Han.

Avanzaban lentamente, pues Wang-Fô se

detenía durante la noche a contemplar los astros y

durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados,

ya que Wang-Fô amaba la imagen de las

cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del

mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser

pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de

arroz. Eran pobres, pues Wang-Fô trocaba sus

pinturas por una ración de mijo y despreciaba las

monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose

bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba

respetuosamente la espalda, como si llevara encima

la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de

Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve,

de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.

Ling no había nacido para correr los caminos

al lado de un anciano que se apoderaba de la

aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era

cambista de oro; su madre era la hija única de un

comerciante de jade, que le había legado sus

bienes maldiciéndola por no ser un hijo. Ling había

crecido en una casa donde la riqueza abolía las

inseguridades. Aquella existencia, cuidadosamente

resguardada, lo había vuelto tímido: tenía miedo

de los insectos, de la tormenta y del rostro de los

muertos. Cuando cumplió quince años, su padre

le escogió una esposa, y la eligió muy bella, pues

la idea de la felicidad que proporcionaba a su hijo

lo consolaba de haber llegado a la edad en que la

noche sólo sirve para dormir. La esposa de Ling

era frágil como un junco, infantil como la leche,

dulce como la saliva, salada como las lágrimas.

Después de la boda, los padres de Ling llevaron

su discreción hasta el punto de morirse, y su hijo

se quedó solo en su casa pintada de cinabrio, en

compañía de su joven esposa, que sonreía sin cesar,

y de un ciruelo que daba flores rosas cada

primavera. Ling amó a aquella mujer de corazón

límpido igual que se ama a un espejo que no se

empaña nunca, o a un talismán que siempre nos

protege. Acudía a las casas de té para seguir la

moda, y favorecía moderadamente a bailarinas

y acróbatas.

Una noche, en una taberna, tuvo por compañero

de mesa a Wang-Fô. El anciano había bebido,

para ponerse en un estado que le permitiera

pintar con realismo a un borracho; su cabeza se

inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por

medir la distancia que separaba su mano de la

taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de

aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang

hablaba como si el silencio fuera una pared y las

palabras unos colores destinados a embadurnarla.

Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban

las caras de los bebedores, difuminadas por

el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado

de las carnes lamidas de una forma desigual

por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color

de rosa de las manchas de vino esparcidas por los

manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de

viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la

habitación. Wang-Fô se agachó para que Ling

admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado,

dejó de tener miedo a las tormentas.

Ling pagó la cuenta del viejo pintor; como

Wang-Fô no tenía ni dinero ni morada, le ofreció

humildemente un refugio. Hicieron juntos el

camino; Ling llevaba un farol; su luz proyectaba

en los charcos inesperados destellos. Aquella noche,

Ling se enteró con sorpresa de que los muros

de su casa no eran rojos, como él creía, sino

que tenían el color de una naranja que se empieza

a pudrir. En el patio, Wang-Fô advirtió la forma

delicada de un arbusto, en el que nadie se había

fijado hasta entonces, y lo comparó a una mujer

joven que dejara secar sus cabellos. En el pasillo,

siguió con arrobo el andar vacilante de una hormiga

a lo largo de las grietas de la pared, y el

horror que Ling sentía por aquellos bichitos se

desvaneció. Entonces, comprendiendo que

Wang-Fô acababa de regalarle un alma y una

percepción nuevas, Ling acostó respetuosamente

al anciano en la habitación donde habían muerto

sus padres.

Hacía años que Wang-Fô soñaba con hacer

el retrato de una princesa de antaño tocando el

laúd bajo un sauce. Ninguna mujer le parecía lo

bastante irreal para servirle de modelo, pero

Ling podía serlo, puesto que no era una mujer.

Más tarde, Wang-Fô habló de pintar a un joven

príncipe tensando el arco al pie de un alto cedro.

Ningún joven de la época actual era lo bastante

irreal para servirle de modelo, pero Ling mandó

posar a su mujer bajo el ciruelo del jardín. Después,

Wang-Fô la pintó vestida de hada entre

las nubes de poniente, y la joven lloró, pues

aquello era un presagio de muerte. Desde que

Ling prefería los retratos que le hacía Wang-Fô

a ella misma, su rostro se marchitaba como la flor

que lucha con el viento o con las lluvias de verano.

Una mañana la encontraron colgada de las ramas

del ciruelo rosa: las puntas de la bufanda de seda

que la estrangulaba flotaban al viento mezcladas

con sus cabellos; parecía aún más esbelta que de

costumbre, y tan pura como las beldades que cantan

los poetas de tiempos pasados. Wang-Fô la

pintó por última vez, pues le gustaba ese color

verdoso que adquiere el rostro de los muertos.

Su discípulo Ling desleía los colores y este trabajo

exigía tanta aplicación que se olvidó de verter

unas lágrimas.

Ling vendió sucesivamente sus esclavos, sus

jades y los peces de su estanque para proporcionar

al maestro tarros de tinta púrpura que venían

de Occidente. Cuando la casa estuvo vacía, se

marcharon y Ling cerró tras él la puerta de su

pasado. Wang-Fô estaba cansado de una ciudad

en donde ya las caras no podían enseñarle ningún

secreto de belleza o de fealdad, y juntos ambos,

maestro y discípulo, vagaron por los caminos del

reino de Han.

Su reputación los precedía por los pueblos,

en el umbral de los castillos fortificados y bajo el

pórtico de los templos donde se refugian los peregrinos

inquietos al llegar el crepúsculo. Se decía

que Wang-Fô tenía el poder de dar vida a sus pinturas

gracias a un último toque de color que añadía

a los ojos. Los granjeros acudían a suplicarle

que les pintase un perro guardián, y los señores

querían que les hiciera imágenes de soldados.

Los sacerdotes honraban a Wang-Fô como a un

sabio; el pueblo lo temía como a un brujo. Wang

se alegraba de estas diferencias de opiniones que

le permitían estudiar a su alrededor las expresiones

de gratitud, de miedo o de veneración.

Ling mendigaba la comida, velaba el sueño de

su maestro y aprovechaba sus éxtasis para darle

masaje en los pies. Al apuntar el día, mientras el

anciano seguía durmiendo, salía en busca de paisajes

tímidos, escondidos detrás de los bosquecillos

de juncos. Por la noche, cuando el maestro, desanimado,

tiraba sus pinceles al suelo, él los recogía.

Cuando Wang-Fô estaba triste y hablaba de su

avanzada edad, Ling le mostraba sonriente el

tronco sólido de un viejo roble; cuando Wang-Fô

estaba alegre y soltaba sus chanzas, Ling fingía

escucharlo humildemente.

Un día, al atardecer, llegaron a los arrabales

de la ciudad imperial, y Ling buscó para Wang-

Fô un albergue donde pasar la noche. El anciano

se envolvió en sus harapos y Ling se acostó junto

a él para darle calor, pues la primavera acababa

de llegar y el suelo de barro estaba helado aún.

Al llegar el alba, unos pesados pasos resonaron

por los pasillos de la posada; se oyeron los susurros

amedrentados del posadero y unos gritos de

mando proferidos en lengua bárbara. Ling se estremeció,

recordando que el día anterior había

robado un pastel de arroz para la comida del

maestro. No puso en duda que venían a arrestarlo

y se preguntó quién ayudaría mañana a Wang-Fô

a vadear el próximo río.

Entraron los soldados provistos de faroles.

La llama, que se filtraba a través del papel de colores,

ponía luces rojas y azules en sus cascos de

cuero. La cuerda de un arco vibraba en sus hombros,

y, de repente, los más feroces rugían sin

razón alguna. Pusieron su pesada mano en la

nuca de Wang-Fô, quien no pudo evitar fijarse

en que sus mangas no hacían juego con el color

de sus abrigos.

19

Ayudado por su discípulo, Wang-Fô siguió

a los soldados, tropezando por unos caminos desiguales.

Los transeúntes, agrupados, se mofaban

de aquellos dos criminales a quienes probablemente

iban a decapitar. A todas las preguntas que

hacía Wang, los soldados contestaban con una

mueca salvaje. Sus manos atadas le dolían y Ling,

desesperado, miraba a su maestro sonriendo, lo

que era para él una manera más tierna de llorar.

Llegaron a la puerta del palacio imperial, cuyos

muros color violeta se erguían en pleno día

como un trozo de crepúsculo. Los soldados obligaron

a Wang-Fô a franquear innumerables salas

cuadradas o circulares, cuya forma simbolizaba

las estaciones, los puntos cardinales, lo masculino

y lo femenino, la longevidad, las prerrogativas del

poder. Las puertas giraban sobre sí mismas mientras

emitían una nota de música, y su disposición

era tal que podía recorrerse toda la gama al atravesar

el palacio de Levante a Poniente. Todo se

concertaba para dar idea de un poder y de una

sutileza sobrehumanas y se percibía que las más

ínfimas órdenes que allí se pronunciaban debían

de ser definitivas y terribles, como la sabiduría de

los antepasados. Finalmente, el aire se enrareció; el

silencio se hizo tan profundo que ni un torturado

se hubiera atrevido a gritar. Un eunuco levantó una

cortina; los soldados temblaron como mujeres,

y el grupito entró en la sala en donde se hallaba el

Hijo del Cielo sentado en su trono.

Era una sala desprovista de paredes, sostenida

por unas macizas columnas de piedra azul. Florecía

un jardín al otro lado de los fustes de mármol

y cada una de las flores que encerraban sus bosquecillos

pertenecía a una exótica especie traída de

allende los mares. Pero ninguna de ellas tenía perfume,

por temor a que la meditación del Dragón

Celeste se viera turbada por los buenos olores.

Por respeto al silencio en que bañaban sus pensamientos,

ningún pájaro había sido admitido en el

interior del recinto y hasta se había expulsado de

allí a las abejas. Un alto muro separaba el jardín

del resto del mundo, con el fin de que el viento, que

pasa sobre los perros reventados y los cadáveres

de los campos de batalla, no pudiera permitirse ni

rozar siquiera la manga del Emperador.

El Maestro Celeste se hallaba sentado en un

trono de jade y sus manos estaban arrugadas como

las de un viejo, aunque apenas tuviera veinte

años. Su traje era azul, para simular el invierno, y

verde, para recordar la primavera. Su rostro era

hermoso, pero impasible como un espejo colocado

a demasiada altura y que no reflejara más que los

astros o y el implacable cielo. A su derecha tenía al

Ministro de los Placeres Perfectos y a su izquierda

al Consejero de los Tormentos Justos. Como sus

cortesanos, alineados al pie de las columnas, aguzaban

el oído para recoger la menor palabra que

de sus labios se escapara, había adquirido la costumbre

de hablar siempre en voz baja.

—Dragón Celeste —dijo Wang-Fô, prosternándose—,

soy viejo, soy pobre y soy débil. Tú eres

como el verano; yo soy como el invierno. Tú tienes

Diez Mil Vidas; yo no tengo más que una y pronto

acabará. ¿Qué te he hecho yo? Han atado mis manos

que jamás te hicieron daño alguno.

—¿Y tú me preguntas qué es lo que me has

hecho, viejo Wang-Fô? —dijo el Emperador.

Su voz era tan melodiosa que daban ganas de

llorar. Levantó su mano derecha, que los reflejos

del suelo de jade transformaban en glauca como

una planta submarina, y Wang-Fô, maravillado por

aquellos dedos tan largos y delgados, trató de hallar

en sus recuerdos si alguna vez había hecho del

Emperador o de sus ascendientes un retrato tan

mediocre que mereciese la muerte. Mas era poco

probable, pues Wang-Fô, hasta aquel momento,

apenas había pisado la corte de los Emperadores,

prefiriendo siempre las chozas de los granjeros

o, en las ciudades, los arrabales de las cortesanas

y las tabernas del muelle en las que disputan los

estibadores.

—¿Me preguntas lo que me has hecho, viejo

Wang-Fô? —prosiguió el Emperador, inclinando

su cuello delgado hacia el anciano que lo escuchaba—.

Voy a decírtelo. Pero como el veneno

ajeno no puede entrar en nosotros, sino por nuestras

nueve aberturas, para ponerte en presencia

de tus culpas deberé recorrer los pasillos de mi

memoria y contarte toda mi vida. Mi padre había

reunido una colección de tus pinturas en la estancia

más escondida de palacio, pues sustentaba

la opinión de que los personajes de los cuadros

deben ser sustraídos a las miradas de los profanos,

en cuya presencia no pueden bajar los ojos.

En aquellas salas me educaron a mí, viejo Wang-

Fô, ya que habían dispuesto una gran soledad a

mi alrededor para permitirme crecer. Con objeto

de evitarle a mi candor las salpicaduras humanas,

habían alejado de mí las agitadas olas de mis futuros

subditos, y a nadie se le permitía pasar ante mi

puerta, por miedo a que la sombra de aquel hombre

o mujer se extendiera hasta mí. Los pocos y

viejos servidores que se me habían concedido se

mostraban lo menos posible; las horas daban

vueltas en círculo; los colores de tus cuadros se

reavivaban con el alba y palidecían con el crepúsculo.

Por las noches, yo los contemplaba

cuando no podía dormir, y durante diez años

consecutivos estuve mirándolos todas las noches.

Durante el día, sentado en una alfombra cuyo

dibujo me sabía de memoria, reposando la palma

de mis manos vacías en mis rodillas de amarilla

seda, soñaba con los goces que me proporcionaría

el porvenir. Me imaginaba al mundo con el país

de Han en medio, semejante al llano monótono

y hueco de la mano surcada por las líneas fatales

de los Cinco Ríos. A su alrededor, el mar donde

nacen los monstruos y, más lejos aún, las montañas

que sostienen el cielo. Y para ayudarme a

imaginar todas esas cosas, yo me valía de tus pinturas.

Me hiciste creer que el mar se parecía a la

vasta capa de agua extendida en tus telas, tan azul

que una piedra al caer no puede por menos de

convertirse en zafiro; que las mujeres se abrían

y se cerraban como las flores, semejantes a las

criaturas que avanzan, empujadas por el viento,

por los senderos de tus jardines, y que los jóvenes

guerreros de delgada cintura que velan en las

fortalezas de las fronteras eran como flechas que

podían traspasarnos el corazón. A los dieciséis

años, vi abrirse las puertas que me separaban del

mundo: subí a la terraza del palacio para mirar las

nubes, pero eran menos hermosas que las de tus

crepúsculos. Pedí mi litera: sacudido por los caminos,

cuyo barro y piedras yo no había previsto,

recorrí las provincias del Imperio sin hallar tus

jardines llenos de mujeres parecidas a luciérnagas,

aquellas mujeres que tú pintabas y cuyo cuerpo

es como un jardín. Los guijarros de las orillas

me asquearon de los océanos; la sangre de los

ajusticiados es menos roja que la granada que se

ve en tus cuadros; los parásitos que hay en los

pueblos me impiden ver la belleza de los arrozales;

la carne de las mujeres vivas me repugna tanto

como la carne muerta que cuelga de los ganchos

en las carnicerías, y la risa soez de mis soldados

me da náuseas. Me has mentido, Wang-Fô, viejo

impostor: el mundo no es más que un amasijo de

manchas confusas, lanzadas al vacío por un pintor

insensato, borradas sin cesar por nuestras lágrimas.

El reino de Han no es el más hermoso de los

reinos y yo no soy el Emperador. El único imperio

sobre el que vale la pena reinar es aquel donde

tú penetras, viejo Wang-Fô, por el camino de las

Mil Curvas y de los Diez Mil Colores. Sólo tú

reinas en paz sobre unas montañas cubiertas por

una nieve que no puede derretirse y sobre unos

campos de narcisos que nunca se marchitan. Y por

eso, Wang-Fô, he buscado el suplicio que iba a

reservarte, a ti cuyos sortilegios han hecho que

me asquee de cuanto poseo y me han hecho desear

lo que jamás podré poseer. Y para encerrarte

en el único calabozo de donde no vas a poder salir,

he decidido que te quemen los ojos, ya que tus

ojos, Wang-Fô, son las dos puertas mágicas que

abren tu reino. Y puesto que tus manos son los

dos caminos, divididos en diez bifurcaciones,

que te llevan al corazón de tu imperio, he dispuesto

que te corten las manos. ¿Me has entendido,

viejo Wang-Fô?

Al escuchar esta sentencia, el discípulo Ling

se arrancó del cinturón un cuchillo mellado y se

precipitó sobre el Emperador. Dos guardias lo

apresaron. El Hijo del Cielo sonrió y añadió con

un suspiro:

—Y te odio también, viejo Wang-Fô, porque

has sabido hacerte amar. Matad a ese perro.

Ling dio un salto para evitar que su sangre

manchase el traje de su maestro. Uno de los soldados

levantó el sable, y la cabeza de Ling se desprendió

de su nuca, semejante a una flor tronchada.

Los servidores se llevaron los restos y Wang-Fô,

desesperado, admiró la hermosa mancha escarlata

que la sangre de su discípulo dejaba en el pavimento

de piedra verde.

El Emperador hizo una seña y dos eunucos

limpiaron los ojos de Wang-Fô.

—Óyeme, viejo Wang-Fô —dijo el Emperador—,

y seca tus lágrimas, pues no es el momento

de llorar. Tus ojos deben permanecer claros, con

el fin de que la poca luz que aún les queda no se

empañe con tu llanto. Ya que no deseo tu muerte

sólo por rencor, ni sólo por crueldad quiero verte

sufrir. Tengo otros proyectos, viejo Wang-Fô.

Poseo, entre la colección de tus obras, una pintura

admirable en donde se reflejan las montañas,

el estuario de los ríos y el mar, infinitamente reducidos,

es verdad, pero con una evidencia que

sobrepasa a la de los objetos mismos, como las figuras

que se miran a través de una esfera. Pero

esta pintura se halla inacabada, Wang-Fô, y tu

obra maestra no es más que un esbozo. Probablemente,

en el momento en que la estabas pintando,

sentado en un valle solitario, te fijaste en un

pájaro que pasaba, o en un niño que perseguía al

pájaro. Y el pico del pájaro o las mejillas del niño

te hicieron olvidar los párpados azules de las olas.

No has terminado las franjas del manto del mar,

ni los cabellos de algas de las rocas. Wang-Fô,

quiero que dediques las horas de luz que aún te

quedan a terminar esta pintura, que encerrará de

esta suerte los últimos secretos acumulados durante

tu larga vida. No me cabe duda de que tus

manos, tan próximas a caer, temblarán sobre la

seda y el infinito penetrará en tu obra por esos

cortes de la desgracia. Ni me cabe duda de que

tus ojos, tan cerca de ser aniquilados, descubrirán

unas relaciones al límite de los sentidos humanos.

Tal es mi proyecto, viejo Wang-Fô, y puedo obligarte

a realizarlo. Si te niegas, antes de cegarte

quemaré todas tus obras y entonces serás como

un padre cuyos hijos han sido todos asesinados y

destruidas sus esperanzas de posteridad. Piensa

más bien, si quieres, que esta última orden es

una consecuencia de mi bondad, pues sé que la

tela es la única amante a quien tú has acariciado.

Y ofrecerte unos pinceles, unos colores y tinta

para ocupar tus últimas horas es lo mismo que

darle una ramera como limosna a un hombre

que va a morir.

A una seña del dedo meñique del Emperador,

dos eunucos trajeron respetuosamente la

pintura inacabada donde Wang-Fô había trazado

28

la imagen del cielo y del mar. Wang-Fô se secó

las lágrimas y sonrió, pues aquel apunte le recordaba

su juventud. Todo en él atestiguaba una

frescura de alma a la que ya Wang-Fô no podía

aspirar, pero le faltaba, no obstante, algo, pues en

la época en que la había pintado Wang, todavía

no había contemplado lo bastante las montañas,

ni las rocas que bañan en el mar sus flancos desnudos,

ni tampoco se había empapado lo suficiente

de la tristeza del crepúsculo. Wang-Fô

eligió uno de los pinceles que le presentaba un

esclavo y se puso a extender, sobre el mar inacabado,

amplias pinceladas de azul. Un eunuco, en

cuclillas a sus pies, desleía los colores; hacía esta

tarea bastante mal, y más que nunca Wang-Fô

echó de menos a su discípulo Ling.

Wang empezó por teñir de rosa la punta del

ala de una nube posada en una montaña. Luego

añadió a la superficie del mar unas pequeñas

arrugas que no hacían sino acentuar la impresión

de su serenidad. El pavimento de jade se iba poniendo

singularmente húmedo, pero Wang-Fô,

absorto en su pintura, no advertía que estaba trabajando

sentado en el agua.

La frágil embarcación, agrandada por las pinceladas

del pintor, ocupaba ahora todo el primer

plano del rollo de seda. El ruido acompasado de los

remos se elevó de repente en la distancia, rápido

y ágil como un batir de alas. El ruido se fue acercando,

llenó suavemente toda la sala y luego cesó;

unas gotas temblaban, inmóviles, suspendidas de

los remos del barquero. Hacía mucho tiempo que el

hierro al rojo vivo destinado a quemar los ojos de

Wang se había apagado en el brasero del verdugo.

Con el agua hasta los hombros, los cortesanos,

inmovilizados por la etiqueta, se alzaban sobre la

punta de los pies. El agua llegó por fin a nivel del

corazón imperial. El silencio era tan profundo que

hubiera podido oírse caer las lágrimas.

Era Ling, en efecto. Llevaba puesto su traje

viejo de diario, y su manga derecha aún llevaba la

huella de un enganchón que no había tenido

tiempo de coser aquella mañana, antes de la llegada

de los soldados. Pero lucía alrededor del

cuello una extraña bufanda roja.

Wang-Fô le dijo dulcemente, mientras continuaba

pintando:

—Te creía muerto.

—Estando vos vivo —dijo respetuosamente

Ling—, ¿cómo podría yo morir?

Y ayudó al maestro a subir a la barca. El techo

de jade se reflejaba en el agua, de suerte que Ling

parecía navegar por el interior de una gruta. Las trenzas

de los cortesanos sumergidos ondulaban en la

superficie como serpientes, y la cabeza pálida del

Emperador flotaba como un loto.

—Mira, discípulo mío —dijo melancólicamente

Wang-Fô—. Esos desventurados van a perecer,

si no lo han hecho ya. Yo no sabía que había

bastante agua en el mar para ahogar a un Emperador.

¿Qué podemos hacer?

—No temas nada, Maestro —murmuró el

discípulo—. Pronto se hallarán a pie enjuto, y ni

siquiera recordarán haberse mojado las mangas.

Tan sólo el Emperador conservará en su corazón un

poco de amargor marino. Estas gentes no están

hechas para perderse por el interior de una pintura.

Y añadió:

—La mar está tranquila y el viento es favorable.

Los pájaros marinos están haciendo sus nidos.

Partamos, Maestro, al país de más allá de las olas.

—Partamos —dijo el viejo pintor.

Wang-Fô cogió el timón y Ling se inclinó

sobre los remos. La cadencia de los mismos llenó

de nuevo toda la estancia, firme y regular como el

latido de un corazón. El nivel del agua iba disminuyendo

insensiblemente en torno a las grandes

rocas verticales que volvían a ser columnas.

Muy pronto, tan sólo unos cuantos charcos brillaron

en las depresiones del pavimento de jade.

Los trajes de los cortesanos estaban secos, pero el

Emperador conservaba algunos copos de espuma

en la orla de su manto.

El rollo de seda pintado por Wang-Fô permanecía

sobre una mesita baja. Una barca ocupaba

todo el primer término. Se alejaba poco a poco,

dejando tras ella un delgado surco que volvía a cerrarse

sobre el mar inmóvil. Ya no se distinguía el

rostro de los dos hombres sentados en la barca,

pero aún podía verse la bufanda roja de Ling y la

barba de Wang-Fô, que flotaba al viento.

La pulsación de los remos fue debilitándose y

luego cesó, borrada por la distancia. El Emperador,

inclinado hacia delante, con la mano a modo de visera

delante de los ojos, contemplaba alejarse la barca

de Wang-Fô, que ya no era más que una mancha

imperceptible en la palidez del crepúsculo. Un vaho

de oro se elevó, desplegándose sobre el mar. Finalmente,

la barca viró en derredor a una roca que cerraba

la entrada a la alta mar; cayó sobre ella la sombra

del acantilado; borróse el surco de la desierta

superficie y el pintor Wang-Fô y su discípulo Ling

desaparecieron para siempre en aquel mar de jade

azul que Wang-Fô acababa de inventar.

jueves, 8 de octubre de 2015

Audioteca Cultura de la Nación–Selección "Lugares" con 30 cuentos argentinos interpretados por actores.



La colección Lugares reúne cuentos de escritores argentinos contemporáneos que visitan sitios, parajes, ciudades, villas o aldeas de nuestra geografía, con la libertad de la imaginación narrativa y el tono propio del que cuenta en primera persona.

Un proyecto de la cineasta Lucrecia Martel. Son clásicos y modernos de la literatura argentina. Se podrá acceder a ellos en la tablet, en la computadora o el teléfono.

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As De Espada
de Juan Filloy
por Alejandro Awada
Asiático
de Federico Falco
por Alberto Ajaka
Ay Enrique!
de Elvira Orphee
por Verónica Llinas
Bajo Cero
de Damián Ríos
por Claudia Cantero
Caballo En El Salitral
de Antonio Di Benedetto
por Marco Antonio Caponi
Como Una Cabeza Enloquecida
de Patricio Pron
por Maximiliano Gallo
Diario De Un Explorador
de Jorge Accame
por Capullo Medina
El Cerebro Musical
de Cesar Aira
por Fernando Noy
El Diario
de Ana Basualdo
por Stella Galazzi
El Pianista
de Ricardo Piglia
por Iván Moshner
El Rescate
de Daniel Moyano
por Norma Argentina
Ferrocarriles Argentinos
de Elvio Gandolfo
por Osvaldo Santoro
Final De Juego
de Julio Cortázar
por Erica Rivas
Funes El Memorioso
de Jorge Luis Borges
por Guillermo Arengo
Habrá Que Matar A Los Perros
de Miguel Briante
por Manuel Callau
Japonés
de Rodolfo Fogwill
por Luis Ziembrovsky
La Casa De Azúcar
de Silvina Ocampo
por Cristina Banegas
La Gata
de Hector Tizón
por Jaime Torres
La Gran Bola De Pelusa
de Marcelo Cohen
por Humberto Tortonese
La Gran Noche De Los Trenes
de Sara Gallardo
por Adriana Aizemberg
La Tardecita
de Juan José Saer
por Mario Alarcón
Las Doce A Bragado
de Haroldo Conti
por Tata Cedrón
Los Bultos
de Carlos Hugo Aparicio
por Roly Serrano
Nada Que Ver Conmigo
de Carolina Bruck
por Alejandra Flechner
Oficina
de Leticia Obeid
por Eva Bianco
Pirovano
de Matilde Sanchez
por Marta Lubos
Tratado De Fitolingüística
de Mario Ortiz
por Esteban Bigliardi
Un Día Cualquiera
de Hebe Uhart
por Mónica Cabrera
Una Mañana Con El Hombre Del Casco Azul
de Washington Cucurto
por Erasmo Olivera

Velcro Y Yo
de Martín Rejtman
por Fabián Arenillas