lunes, 5 de noviembre de 2012

Germán Rozenmacher - Cabecita Negra

Germán Rozenmacher; "Cabecita Negra"

 

A Raúl Kruschovsky

 

El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.
Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro de verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.
Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tes de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía qúejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz -un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que ahora estaba abajo, en el garaje y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No no podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos donde los desórdenes políticos eran la rutina había estado varias veces al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran "señor". Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era más espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una muier gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto la mujer gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, hacienclo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.
El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cabecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso "Para Damas" en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.
- Quiero ir a casa, mamá - lloraba - . Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.
Era un china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.
El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrio, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.
- ¿Qué están haciendo ahí ustedes dos?, la voz era dura y malévola. Antes que se diera vuelta ya sintio una mano sobre su hombro.
- A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la via pública.
El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.
- Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.
Entonces se dio cuenta que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.
- Viejo baboso, dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro v sobrador que tenía adelante. - Hacéte el gil ahora.
El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.
- Vamos. En cana.
El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.
- Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablando? - Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.
- Andá, viejito verde, andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos?, dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no lo creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una verguenza inútil.
- Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer - dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.
De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.
- Señor agente - le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.
- Venga a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto. - Y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró - . Vivo ahí al lado - gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.
El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.
Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la mañana, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.
- Dame café - dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca, Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuando se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía su cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había pedido estudiar violín tenía un hermoso tocadistos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.
Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con ese hombre. Pero ¿de qué líbros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.
El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que esuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.
- Qué le hiciste - dijo al fin el negro.
- Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de... - el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.
- Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa ella se vino a trabajar como muchacha, una chica una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...
El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpear]o, a patear]o en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:
- Este no es, José. - Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida humillada del otro y vio que se detenía bruscamenté y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fín, sintió que algo tontamente le decía adentro "Por fin se me va este maldito insomnio" y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar todos los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? "Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada", trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. "La chusma", dijo para tranquilizarse, "hay que aplastarlos, aplastarlos", dijo para tranquilizarse. "La fuerza pública", dijo, "tenemos toda la fuerza pública y el ejército", dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

Mata-Hari 55 - Ricardo Piglia

Ricardo Piglia
(Adrogué, Buenos Aires, 1941)
Mata-Hari 55
(La invasión, 1967)
       La mayor incomodidad de esta historia es ser cierta. Se equivocan los que piensan que es más fácil contar hechos verídicos que inventar una anécdota, sus relaciones y sus leyes. La realidad, es sabido, tiene una lógica esquiva; una lógica que parece, a ratos, impo­sible de narrar. Frente al riesgo de violentarla con la ficción, he preferido transcribir casi sin cambios el material grabado por mí en sucesi­vas entrevistas. La lealtad del Grundig W2A portátil sirve como testigo de la verdad de este relato que me fue referido, por primera vez, entre el atardecer y la medianoche de un día de verano, en el Bar Ramos de Corrientes y Montevideo.
R. P.
Cinta A — lado i
      Estoy seguro que él nunca le dijo: “Tenés que acos­tarte con Ordóñez”. Quiero decir: nunca se lo dijo así, brutalmente. Fue más bien una maniobra por control remoto que al final se le escapó de las manos. Una es­pecie de bumerang: lo tirás como sin ganas y por ca­sualidad para un lado y si no te agachás te corta la cabeza.
      Vos tendrías que conocerla para darte cuenta: es del tipo de las trágicas, de las apasionadas. Cuando elige un papel ya no para: si es posible de mártir o de puta o de enfermera en el Congo. Cualquier cosa, pero con heroísmo. Con ráfagas de ametralladora y heridos tirados por el suelo. O muchacha que se acuesta con peronista para salvar la Patria mientras cae el telón y los de la banda le dan con todo a la marcha de San Lorenzo.
      Cuando yo la conocí se le había dado por cam­biarse el nombre. Hasta ese entonces se había llamado Marta o Luisa, algo por el estilo, pero lo encontraba demasiado vulgar. Al principio estaba un poco desorien­tada. A los dos meses había pasado por Ligeia, por Lola y andaba en Delfina mientras leía la vida de Pan­cho Ramírez.
      Dos años después, cuando volví a encontrarla, toda­vía no se había decidido.
      Supongo que él le habrá tomado el tiempo a los diez minutos de conocerla. Cuando descubrió la posibi­lidad la fue encauzando, seduriendo de a poco: la metió en dos o tres reuniones con distribución de armas, Himno Nacional y nombres cifrados y al final la embaló en el papel de Mata-Hari nacional.
      Todo pasaba en julio o agosto del 55, unos días la revolución. Yo no creo que ella entendiera mucho de Comandos Civiles, de Cristo Vence y esas cosas, pero le encantaba el misterio, el peligro, la furtividad con que venía empaquetado el asunto.
      Al principio se reunían con ella por Palermo, sin bajarse del auto, dando vueltas al lago con la luz apa­gada y hablándole en voz baja hasta dejarla hecha una seda, convencida de todo.
      La engatusaban con la puesta en escena, pobreci­ta, ella que en el fondo siempre quiso ser Eva Perón.
      Seguro pensaba en la Revolución Francesa, en el desfile por Santa Fe después de la Bastilla, todos en el capó del auto, levantando las metralletas mientras de las ventanas llueven flores y el viento agita las bande­ras y todos cantan.
      Por supuesto, cuando vino la revolución y el des­file ella no se contaba entre los asistentes, sino estu­diando gramática francesa en la Alianza porque quería irse a Europa.
      Eso después.
      En aquel tiempo pensaba todo el día en la Libera­ción y ensayaba, sin darse cuenta, el tipo gorro frigio y ojos llameantes. Estaba tan llena de literatura que, vos no te hacés una idea. Por eso me da bronca pensar cómo lo usaron. la usaron. Cuando me lo contó, estuve a punto de denun­ciarlos, mandarlos presos, pero no tenía sentido y además ya se olfateaba la revolución en el aire. Por otra parte eran inofensivos: chicos de la FUBA, vos te das cuenta, mareados por las crónicas de la Resistencia Francesa, los maquis peleando contra la Gestapo, cosa así.
Cinta A — lado ii
      Vos no me vas a creer. Parece mentira, sabés: el modo como los conocí, todo. Me hace acordar a algo, a una película, no sé. Es raro, te das cuenta? Como si se le hubiera pasado a otra y yo, ahora, pudiera mirarla desde aquí lo más tranquila y acordarme.
      Además yo a Javier lo conocí or casualidad. Por­que para mí todo empezó cuando lo conocí a Javier. Bueno no sé si empezó justo a ahí, pero él fue la causa. Yo sabía que andaba metido en política, a mí mucho no me interesaba; la verdad, lo peor era que no tuvié­ramos tiempo para vernos: a veces, los sábados y do­mingos él tenía reunión y yo me opiaba sola, en un cine o caminando por la calle.
      No sé si lo quería. Me gustaba mucho, eso sí. Te­nía el pelo de un color tan raro, si vieras, de un rubio tirando a ceniza, a gris y cuando el sol le pegaba en el pelo se iluminaba todo, parecía un Dios.
      Salíamos una vez cada tanto, pero cada vez menos y estoy segura que se hubiera terminado todo si no fue­ra por aquella tarde en la Facultad cuando él me pre­guntó: “¿Lo conocés?” “¿A quién?” le dije yo. “A ese que saludaste”. “¿A Germán? Sí ¿por?” “¿Sabés lo que es?” Y mira si seré estúpida que le contesté: “Claro, es abogado”. Y no me dí cuenta que era por lo del pero­nismo. Él me miró como si no me hubiera escuchado. “¿Así que lo conocés?” dijo y yo pensé que eran celos y me apreté contra él y le empecé a explicar.
      Después de eso cambió. Yo me doy cuenta ahora, En aquel tiempo me encantaba que nos viéramos más seguido, que Javier empezara a hablarme de política, co­mo buscando que yo lo comprendiera.
      Yo me entusiasmo fácil, siempre me pasa. Cuando quise acordarme estaba yendo a las reuniones.
      Además era tan emocionante, tan misterioso, si vie­ras. Me parecía mentira que en medio de Buenos Aires pudiera andar gente con armas, reuniéndose en secreto y queriendo hacer una revolución.
      Yo pensaba que se nos notaba en la cara. A veces iba por la calle y sentía que todos me miraban o que me seguía algún policía disfrazado.
      Nos encontrábamos en bares exóticos por Constitu­ción o en el Bajo; íbamos a un hotel de Adrogué lleno de eucaliptus. Me daban las direcciones anotadas de un modo extraño, en papeles doblados o con algún nú­mero cambiado. Después, para entrar, había que decir frases. Un tipo te preguntaba: “¿Y los cóndores?” Y vos tenías que contestar: “Vuelan lento...”
      Una vez yo estaba tan contenta que cuando el tipo me preguntó: ¿Y los cóndores?” “Bien, gracias”, le con­testé. Adentro me hicieron un lío porque dijeron que yo no era seria o que no me tomaba las cosas en serio, algo por el estilo. Y para colmo yo estaba tentada.
      Pero miento si te digo que no me lo tomaba en se­rio. Yo creía en todo: que tenían razón y que a Perón había que voltearlo para salvar la Patria.
      Yo quería hacer algo, cualquier cosa, pero ellos siem­pre me contestaban que tenía que esperar. Se la pasaban organizando grupos, comandos y esas cosas, claro que yo apenas me enteraba porque en las reuniones todo era en clave. Fui cerca de tres meses y nunca me hicieron hacer nada.
      Una sola vez salí con ellos en coche y pasamos a toda velocidad por Plaza Congreso tirando papeles. La verdad que no sentí nada, fue como dar un paseo.
      Hasta que por fin empezaron con el “Operativo Or­dóñez”. Lo llamaban así: “Operativo Ordóñez”, pero yo en seguida me dí cuenta. No porque me dijeran nada, sino que fue la sensación.
      A veces me pasa que de golpe me doy cuenta de algo y si me preguntan por qué no sé qué decir.
      Al principio hubiera querido hablarlo con Javier, pero no pude. Además yo no estaba segura, quiero decir, no iba a poder explicárselo, él me iba a decir que estaba loca porque ninguno de ellos me había dicho: “Necesi­tamos que vas te acuestes con Ordóñez”. Por lo menos, así, directamente, pero yo me di cuenta.
      Andaba todo el día con una sensación rara: viste cuando uno está en una terraza o en un lugar alto que tiene miedo y al mismo tiempo como ganas de tirarse, algo así.
      Además, si te cuento te vas a reír: me acordé de una película donde Míchéle Morgan se tiene que acos­tar con un alemán. Es el tiempo de la guerra y ella se tiene que acostar con un alemán. Qué sé yo, me acor­dé de eso y pensé que ellos estaban esperando que yo lo planteara, que ellos no se animaban a pedírmelo. Por eso fue que me aré y les dije: “Ustedes saben que yo lo conozco a Ordoñez”. Me paré, ¿sabés?, sola en medio de la reunión y trataba de no mirarlo a Javier. Si seré ton­ta, me daba vergüenza mirarlo y no quería que él se sintiera mal, pero mientras hablaba estaba segura que me iba a interrumpir. Me iba a decir que me sentara. La verdad, no sé qué le hubiera contestado si él me hubiera dicho algo, pero de todos modos Javier seguía fumando, sin levantar la cabeza, mirando el piso.
      Entonces yo les dije que si a ellos les parecía útil. “Si a ustedes les parece útil”, les dije, “ yo lo llamo”.
Cinta B — lado i
      Cuando llamó, me sonó raro. Parecía demasiado ne­cesitada de verme y yo, vos sabés, desconfío por prin­cipio ele los arranques pasionales. Sobre todo con ella, que se entusiasma hasta el delirio con la novela que está leyendo y si te toca la versión Temple Drake mejor es­quivarla por unos días o llevarla al cine a ver una de las carmelitas descalzas, para balancear. De todos modos, como te imaginás, también yo me dejé arrastrar por el entusiasmo y nos citamos para esa misma noche.
      Hacía siglos que no hablaba con ella. La hala cono­cido en Mar del Palta, en el verano del 53. El asunto se alargó hasta mediados de julio, ya en Buenos Aires, y se desinfló dulcemente a pesar de las mutuas promesas de amor eterno.
      Después nos encontramos tres o cuatro veces por el centro, sobre todo al principio, cuando a ella todavía le duraba el tostado. En general terminábamos en la ca­ma, alegremente y sin complicaciones, deseándonos mu­tuamente felicidad y prontas llamadas telefónicas.
      Estuve casi un año sin verla hasta una tarde —dos o tres meses antes de lo que te cuento— que la crucé ca­sualmente en la Facultad y ella me saludó apurada, co­mo con miedo ele que yo fuera a pararme. Supuse que era porque estaba al lado de uno de esos tipos de FUBA que sabían que yo era peronista y ella no quiso que el tipo se enterara que yo la conocía.
      También por eso me extrañó que me llamara, tan expansiva y ele golpe, tan con ganas de verme y charlar un rato.
      Así que me preparé como para el Colón, con traje oscuro y lavanda Yardley, pero en el fondo bastante intrigado.
      Quedamos citados en el Jockey de Florida, y yo lle­gué temprano y pagué el café en cuanto me lo trajeron, cosa de sacarla de allí no bien entrara, llevarla a un lu­gar con más clima, esquivar las formalidades caminando por la calle.
      Verla entrar, pararme para salirle al paso y por po­co no caerme de espaldas fue todo uno.
      Mientras ella iba entrando, yo cruzaba entre las mesas y no lo podía creer. Estoy seguro que hasta me paré en medio de la confitería con todo el mundo mirando. Parecía... ¿Cómo te puedo explicar?... ¿Viste una sufragista?... ¿Te acordás de esas minas con botas de media caña y carteles que salían en La Vanguardia? Algo así, pero no exactamente porque era más patético. Esta­ba disfrazada, te juro. Disfrazada de hombre, qué sé yo: con un pulóver negro y el pelo pegado a la cara, sin pintarse y con un par de zapatones como para caminar sobre la nieve. Daba tristeza, ganas de comprarle ropa.
      Pobrecita, carajo, ahora qué pienso.
      “Estás linda”, le dije mientras salíamos y me miró como para matarme y dijo: “Vos siempre con lo mismo”, algo así.
      Bajamos por Viamonte hacia Leandro Alem y ella caminaba rígida, como escondiendo el cuerpo y para col­mo no podíamos salir de “Y vos qué tal” y otras consideraciones igualmente espontáneas sobre el calor y la humedad de Buenos Aires.
      Por fin terminamos en “La escalerita” uno a cada la­do de la mesa y callados.
      Cada tanto ella se pasaba la mano por el pelo, como acordándose de sus tiempos de esplendor o queriendo despeinarse y estar más fea.
      Al final nos trajeron el whisky y entonces respiré más aliviado porque al menos había algo que hacer.
      Al rato habíamos tomado tanto para disimular el silencio que estábamos los dos bastante alegres: yo que­riendo llevármela con urgencia a la cama, a pesar del uniforme, y ella emperrada en no sé qué historia y que­riendo irse. “Pero para qué carajo me llamaste” pensaba o le decía yo, y a ella se le había dado por emocionarse y decir que me amaba o que me había amado, algo así, porque se le confundía el tiempo de verbo colmo se le había dado por llorar.
      Cada vez que empezaba con la historia del amor, yo sentía renacer la esperanza. “Bueno, ya está”, pensaba, “ahora nos vamos a la cama y santas pascuas”. Pero no. Es tan tenaz que no te hacés una idea. Volvía a llorar, a cruzarse la mano por la nariz y a querer irse.
      Yo trataba de sosegarla y entonces ella quería ex­plicarme algo, pero supongo que yo estaba obsesivo y lo único que quería que me explicara era por qué se había vestido así, como para un pic-nic. “Vos no en endés”, me decía, “yo cambié mucho”. Estoy seguro”. Yo la interrumpía para decirle que estaba seguro que había cambiado mucho y la tenía de un brazo y le juraba por Dios que iba a hacer todo lo que pudiera para que fuera otra vez la de antes y ella otra vez a decirme que yo no entendía y yo a jurarle y ella a querer explicarme y yo a decirle.
      Así, cerca de una hora.
      Hasta que al fin corté la ronda, la levanté de un brazo y la subí a un taxi que cruzaba por Tucumán mandado por Dios.
      En el taxi ella se apretó contra mí y lloraba despacito, como no queriendo que la notara.
       De vez en cuando se le cruzaba uno de esos suspiros que se com­plican con la nariz y hacen un ruido raro, casi un grito y entonces el chofer nos fichaba, insistente, por el espejito reglamentario. Yo le hacía un gesto con la cara como diciendo “¿Qué le vas a hacer pibe?” y él seguía ligero por Las Heras para arriba.
      La verdad, ahora que pienso, vistos de afuera, desde el ángulo del chofer, por ejemplo, debíamos parecer algo exóticos: ella con su cara de ex alumna de Nuestra Señora del Huerto pero vestida de boy-scout y yo de oscu­ro, de camisa celeste y trabita de oro, con todo el tipo del cuarentón sádico.
      Cuando llegamos y me agaché para pagarle el cho­fer me miró corno diciendo: “No le da vergüenza, don”. Yo le dejé veinte pesos de propina, pero seguro que lo mismo se anotó en la cabeza el número de mi casa, por las dudas.
Cinta B — lado ii
      Adentro todo pasó de golpe.
      O ahora me parece que pasó de golpe y fue distinto, no estoy seguro.
      Me acuerdo que ni bien entramos ella se arrimó a la ventana y se quedó mirando la plaza, como pen­sando algo.
      Yo aproveché para apagar la luz que me habla de­jado prendida, para traer vasos y servir whisky, para en­tornar la puerta del dormitorio porque siempre causa mala impresión.
      Por fin me le arrimé, tratando de parecer vivamente interesado en el paisaje urbano de Palermo chico, pero cuando le puse la mano encima se echó para atrás como si yo hubiera querido tirarla por la ventana.
      Cruzó todo el living y se paró en un costado, justo abajo de la única lámpara prendida. Yo la dejaba hacer y fumaba, sin sacarle los ojos de encima. Era bastante absurdo, bien mirado, una mujer metida adentro de una lámpara de pie, con luz por todos lados. Seguro tenía un calor bárbaro pero trataba de disimularlo, son­riendo.
      Vos tendrías que haberle visto la sonrisa para po­der contarlo. Tenía la cara seria, blanqueada por la luz y destapaba los dientes como si, más que nada, estuviera a punto de largarse a llorar.
      A rato pareció decidirse.
      —¿No me vas a servir whisky? ——dijo, enfilando ha­cia la mesa ratona.
      Levantó un vaso y se me vino.
      Yo estaba sentado en el sillón y ella se paró en­frente y me miraba desde arriba, el vaso a la altura de los ojos, a través del vidrio. Se hamacaba, sin moverse del lugar, como queriendo seducirme.
      Daba pena pobrecita, haciendo de mujer fatal con ese pulóver todo desteñido y los zapatones.
      Te juro que en un momento estuve a punto de prender la luz, sacarle el vaso y mandarla a su casa a dormir el whisky. Pero no sé si llegué a pensarlo o se me ocurre ahora porque cuando me quise acordar ya estábamos en el dormitorio, ella colgada de mí y yo tratando de esquivar los muebles, sin soltarla y hacién­dola girar, para ubicar la cama por encima de su hombro.
      Cuando llegamos empecé a hablarle bajito, a dejarla que se fuera calmando mientras le sacaba el uniforme, trabajosamente, hasta dejarla desnuda, los dos tirados en la cama pero yo todavía con el traje y los zapatos puestos porque no había querido distraerme, no fuera cosa que empezara de nuevo.
      Mientras me desvestía traté de seguir acariciándola, pero es muy difícil, vos viste. No hay modo de cuidar el estilo si estás todo encorvarlo, luchando con un par de zapatos, y en calzoncillos.
      No sé cómo explicarte, ya te dije que las cosas se me mezclaban, culpa del whisky, supongo, pero ahora se me da por pensar que ahí, pasó algo.
      No me acuerdo muy bien, sé que yo estaba meta saltar en un pie peleando por sacarme los zapatos y que de pronto ella se reía, como antes.
      —Estás bastante ridículo, parecés un elefante bai­lando el can—can —me dijo, y en ese momento no me causó ninguna gracia aunque ahora pienso que desnuda y riéndose con todo el cuerpo ya era otra, era la de siempre, la del verano del 53.
      Fue todo un acontecimiento volver a encontrarla, descubrir otra vez esa curva del vientre, el gusto de la boca, recordar de nuevo el ritmo justo para verla arquearse y gemir como una gata.
      De todos modos lo que importa pasó después y ahora vas a entender por qué te cuento esto y por qué quiero que vos lo contés.
      Pasó al rato, los dos tirados boca arriba y fumando, yo le acariciaba los muslos, le rozaba el vientre con la mano y de golpe ella dio vuelta la cara.
      —Germán... —dijo y yo le pregunté qué quería sin mucho entusiasmo.
      —Nada... Nada... —me dijo mirando el aire con una sonrisa rara y como pensando en otra cosa.
      Yo le seguí pasando la mano por el vientre, com­probando que todavía le duraba una especie de línea di­visoria, una franja donde la piel se le aclaraba, entre el vientre y los muslos.
      —Geman... —repitió, al rato.
      —¿Qué?
      —Vos no me vas a creer...
      —¿Cómo?
      —Digo que vos no me vas a creer...
      Yo estaba medio dormido y apenas la escuchaba y le contesté cualquier cosa.
      —Sí, querida, te voy a creer, no te preocupés, date vuelta y dormí.
       Algo por el estilo, pero ella seguía, los ojos fijos en el aire.
      —Parece un sueño. Una película, no sé. Como si le hubiera pasado a otra y yo, ahora, pudiera mirarla desde aquí, lo más tranquila y acordarme. No sé si te das cuenta...
      —No. No me doy cuenta —le contesté, furioso por­que se me había ocurrido darme vuelta y con el codo había volcado el cenicero, así que de golpe la cama era un asco de puchos y ceniza por todos lados.
      Y mientras yo me arrodillaba en el colchón, putean­do, y trataba de juntar la ceniza y pasarla al cenicero, las cosas se complicaban. Especialmente porque la ceniza es muy jodida de agarrar, se mete en los recovecos del col­chón y entonces casi no me daba cuenta que ella había empezado a contarme todo esto, sin importale que yo estuviera luchando con los montoncitos de ceniza; sin importarle que yo la fuera entendiendo de a poco, déle sacudir las sábanas, mientras ella seguía hablando lo más tranquila, porque no era a mí (y esto lo pienso ahora por primera vez) a quien le estaba descubriendo las reuniones y los nombres, detalladamente, no era a mí sino a ella misma. A ella misma, ¿te das cuenta?

miércoles, 31 de octubre de 2012

Se abre el concurso Yo Te Cuento Buenos Aires 2013

Ya está abierta la cuarta edición del concurso de cuentos "Yo te cuento Buenos Aires" que auspicia la Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Como es tradición, el concurso se propone la publicación de una antología de 26 cuentos de narradores inéditos argentinos. Los cuentos seleccionados deberán narrar una historia de ficción de tema libre que ocurra en la ciudad de Buenos Aires y que esté enmarcada en algún barrio porteño con calles reconocibles. (VER BASES)

Entre las condiciones establecidas en las Bases del consurso se indica que podrán participar escritores inéditos mayores de 16 años, argentinos o extranjeros, que los cuentos de tema libre, escritos en español, que deben ser originales e inéditos, no premiados anteriormente ni presentados simultáneamente en ningún otro concurso, que cada escritor podrá participar con una obra y fimar con seudónimo.

La fecha tope de recepción d elos trabajos es el 29 de marzo de 2013, y para las obras enviadas por correo se tomará como límite esa fecha de envío. El Jurado estará conformado por distintas personalidades vinculadas a las letras y sus nombres se darán a conocer en el acto de entrega de premios. Su fallo será inapelable. El fallo del jurado se hará público a fines de mayo de 2012 a través de la página web de la Legislatura y de diferentes medios de comunicación.

Se elegirán 26 cuentos. El premio será la publicación del cuento seleccionado en la Antología YO TE CUENTO BUENOS AIRES IV. Además, se establece un primero, segundo y tercer premio y tres menciones de honor para los seis cuentos que, de los 26, consigan la mayoría de votos de los miembros del jurado. tambiésn se indica que, en caso de no alcanzar todos los textos preseleccionados la calidad literaria requerida para completar la antología, el jurado puede declarar desierto algunos de los 26 lugares dentro de la antología.

Por eso, y dada la condición de escritores noveles de los concursantes, la Legislatura ofrece antes de su publicación una instancia de corrección -gramatical y estilística-  de los cuentos seleccionados con la finalidad de mejorar la calidad literaria de los mismos.

martes, 23 de octubre de 2012

¿Porqué no bailáis? - Raymond Carver (1938 - 1988)

Se sirvió otra copa en la cocina y miró los muebles del dormitorio, situados en la parte delantera de su jar­dín. Excepto el colchón desnudo y las sábanas a vivas rayas, que descansaban junto a dos almohadas sobre el chiffonier, todo mostraba un aspecto muy semejante al que había tenido el dormitorio: mesilla de noche y pe­queña lámpara a su lado de la cabecera, mesilla de no­che y pequeña lámpara al otro lado, el de ella.

Su lado y el lado de ella.

Pensó en ello mientras bebía a sorbos el whisky.

El chiffonier se encontraba a unos pasos del pie de la cama. Aquella mañana vació los cajones, y en la sala aparecían las cajas de cartón donde había metido lo que contenían. Junto al chiffonier había una estufa portátil. Y al pie de la cama, una silla de bejuco con un cojín de diseño exclusivo. Los muebles de cocina, de aluminio bruñido, ocupaban parte del camino de entrada. Un enor­me mantel de muselina amarilla —era un regalo— cu­bría la mesa y colgaba a los lados. Sobre la mesa había un tiesto con un helecho, una vajilla de plata en su caja y un tocadiscos. También eran regalos. Un gran televisor de consola descansaba sobre una mesa baja, y a unos pasos había un sofá y una butaca y una lámpara de pie. El escritorio estaba colocado contra la puerta del garaje, y en el camino de entrada había una caja de cartón con tazas, vasos y platos envueltos por separado en papel de periódico. Aquella mañana vació los armarios, y todo lo que había en ellos estaba fuera de la casa, salvo las tres cajas de cartón de la sala. Mediante un cable alar­gador tendido al exterior había conectado lámparas y aparatos. Todo funcionaba igual que cuando había esta­do dentro de la casa.

De cuando en cuando un coche reducía la marcha y los ocupantes miraban, pero ninguno paraba.

Se le ocurrió que tampoco él lo habría hecho.

 

—Debe de ser una liquidación casera —le comentó la chica al chico.

Estaban amueblando un pequeño apartamento.

—Veamos lo que piden por la cama —dijo la chica.

—Y por el televisor —añadió el chico.

El chico enfiló el camino de entrada y detuvo el co­che ante la mesa de la cocina.

Se bajaron y empezaron a mirar las cosas: ella toca­ba el mantel de muselina, él enchufaba la batidora y apretaba el botón de PICAR; ella cogía el calientaplatos y él encendía el televisor y hacía pequeños ajustes con los mandos.

El chico se sentó a ver la televisión en el sofá. Encen­dió un cigarrillo, miró a su alrededor, tiró la cerilla al césped.

La chica se sentó en la cama. Se quitó los zapatos y se tendió de espaldas. Le pareció ver una estrella.

—Ven aquí, Jack. Prueba la cama. Trae una de esas almohadas.

—¿Qué tal es? —preguntó él.

—Pruébala —insistió ella.

El chico miró en torno. La casa estaba a oscuras.

—No me siento a gusto —dijo—. Será mejor que mire si hay alguien ahí dentro.

Ella hizo brincar su cuerpo sobre la cama. —Pruébala antes —repitió.

El chico se echó en la cama y se puso la almohada bajo la cabeza.

—¿Qué te parece? —preguntó ella. —Parece sólida—respondió él.

Ella se volvió sobre un costado y le puso una mano en la cara.

—Bésame —pidió.

—Levantémonos —propuso él.

—Bésame.

Cerró los ojos. Lo abrazó. El dijo:

—Veré si hay alguien en la casa.

Pero se sentó y se quedó donde estaba, haciendo como que miraba la televisión.

A derecha e izquierda de la calle, las casas se ilumi­naron.

—¿No sería divertido si...? —insinuó la chica, y sonrió abiertamente y dejó la frase a medias.

El chico rió pero sin ningún motivo especial. Sin ningún motivo especial, asimismo, encendió la lámpara de la mesilla.

La chica se quitó de encima un mosquito, y el chico se levantó y se metió la camisa en los pantalones.

—Voy a ver si hay alguien en la casa —dijo—. No creo que haya nadie. Si hay alguien, preguntaré cuánto piden por las cosas.

—Pidan lo que pidan, ofrece diez dólares menos. Siem­pre es bueno —aconsejó ella—. Además, deben de estar de­sesperados o algo así.

—Es un televisor muy bueno —observó el chico.

—Pregúntales cuánto —dijo la chica.

El hombre se acercaba por la acera con una gran bol­sa de supermercado. Traía bocadillos, cerveza, whisky. Vio el coche en el camino de entrada y a la chica en la cama. Vio el televisor encendido y al chico en el porche.

—Hola —saludó el hombre a la chica—. Ya has visto la cama. Perfecto.

—Hola —contestó la chica, y se levantó—. La estaba probando. —Dio unos golpecitos a la cama—. Es una cama estupenda.

—Es una buena cama —corroboró el hombre, y puso la bolsa en el suelo y sacó la cerveza y el whisky.

—Pensábamos que no había nadie —intervino el chi­co—. Nos interesa la cama, y quizás el televisor. Puede que también el escritorio. ¿Cuánto quiere por la cama?

—Pensaba en cincuenta dólares —dijo el hombre.

—¿La dejaría en cuarenta? —preguntó la chica.

—Bien. La dejo en cuarenta.

Cogió un vaso de la caja de cartón. Le quitó la envol­tura de periódico. Rompió el precinto del whisky. —¿Y el televisor? —quiso saber el chico. —Veinticinco.

—¿Lo dejaría en quince? —sondeó ella. —Está bien, quince. Lo dejo en quince —concedió el hombre.

La chica miró al chico.

—Eh, chicos, tomad un trago —invitó el hombre—. Hay vasos en esa caja. Me voy a sentar. Me voy a sentar en el sofá.

El hombre se sentó en el sofá, se acomodó sobre el respaldo y miró al chico y a la chica.

 

El chico sacó dos vasos y sirvió dos whiskys. —Ya basta —dijo la chica—. El mío lo quiero con agua.

Acercó una silla y se sentó a la mesa de la cocina.

—Hay agua en aquel grifo —dijo el hombre—. Abre aquel grifo.

El chico volvió con el whisky con agua. Se aclaró la garganta y se sentó a la mesa de la cocina. Sonrió. Pero no bebió de su vaso.

El hombre miró la televisión. Apuró su whisky y em­pezó el segundo. Alargó la mano y encendió la lámpara de pie. Precisamente entonces el cigarrillo le resbaló de los dedos y fue a caer entre los cojines.

La chica se levantó y le ayudó a encontrarlo.

—Bueno, ¿qué quieres que nos llevemos? —le pregun­tó el chico a la chica.

Sacó el talonario y se lo llevó a los labios, como si pensara.

—Quiero el escritorio —dijo la chica—. ¿Cuánto es el escritorio?

El hombre, ante lo absurdo de la pregunta, hizo un movimiento con la mano.

—Di una cantidad —propuso.

Los chicos estaban sentados a la mesa. El hombre los miró. A la luz de la lámpara, creyó ver algo en sus caras. Algo agradable o desagradable. ¿Quién podía saberlo?

 

—Voy a apagar la televisión y a poner un disco —dijo el hombre—. También vendo el tocadiscos. Barato. ¿Cuán­to me dais por él?

Se sirvió más whisky y abrió una cerveza.

—Lo vendo todo —añadió.

La chica alargó el vaso y el hombre le sirvió whisky.

—Gracias —dijo la chica— Muy amable.

—Se te sube a la cabeza —advirtió el chico—. Se me está subiendo a la cabeza. —Alzó el vaso y lo agitó.

El hombre acabó su whisky y se sirvió otro. Luego encontró la caja de los discos.

—Elige algo —animó a la chica, y le tendió los discos.

El chico extendía el cheque.

—Ahí tiene —contestó la chica eligiendo uno, uno cual­quiera, porque no conocía los nombres de las tapas. Se levantó de la mesa y se volvió a sentar. No quería estar sentada y quieta todo el tiempo.

—Estoy poniendo el importe —anunció el chico.

—Claro —dijo el hombre.

Bebieron. Escucharon el disco. Luego el hombre puso otro.

¿Por qué no bailáis?, decidió decir; y lo hizo: —Eh, chicos, ¿por qué no bailáis? —No, no —dijo el chico.

—Venga —insistió el hombre—. Es mi jardín. Podéis bailar si os apetece.

 

Abrazados, con los cuerpos muy juntos, el chico y la chica se deslizaban de un lado a otro por el firme de la entrada. Bailaban. Cuando se acabó el disco, bailaron con el siguiente, y cuando se acabó éste el chico de­claró:

—Estoy borracho.

Y la chica negó:

—No estás borracho.

—Sí, estoy borracho.

El hombre dio la vuelta al disco, y el chico repitió: —Lo estoy.

—Baila conmigo —le pidió la chica al chico, y luego al hombre; y cuando el hombre se levantó, avanzó hacia él con los brazos abiertos.—Esa gente de allí. Están mirándonos —observó la chica.

—No pasa nada —dijo el hombre—. Es mi casa. —Que miren —dijo la chica.

—Eso es —la apoyó el hombre—. Creían haberlo visto todo en esta casa. Pero no habían visto esto, ¿eh? Sintió el aliento de la chica en el cuello. —Espero que te guste la cama.

La chica cerró los ojos; luego los abrió. Pegó la cara contra el hombro del hombre. Y atrajo su cuerpo hacia sí.

—Debes de estar desesperado o algo parecido —le dijo.

 

Semanas después, la chica explicó:

—El tipo era de edad mediana. Todas sus cosas esta­ban por allí, en el jardín. No miento. Estábamos trom­pas y nos pusimos a bailar. En la entrada de los coches. Oh, Dios. No os riais. Nos puso discos. Mirad este toca­discos. El viejo nos lo regaló. Y todos esos discos de mierda. ¿Habéis visto esta mierda?

Siguió hablando. Se lo contó a todo el mundo. Tenía muchos más detalles que contar, e intentaba que se ha­blara de ello largo y tendido. Al cabo de un rato dejó de intentarlo. 

 

 

Un día perfecto para el pez plátano - J. D. Salinger (1919- 2010)

      En el hotel había noventa y siete agentes de publicidad neoyorquinos. Como monopolizaban las líneas telefónicas de larga distancia, la chica del 507 tuvo que esperar su llamada desde el mediodía hasta las dos y media de la tarde. Pero no perdió el tiempo. En una revista femenina leyó un artículo titulado «El sexo es divertido o infernal». Lavó su peine y su cepillo. Quitó una mancha de la falda de su traje beige. Corrió un poco el botón de la blusa de Saks. Se arrancó los dos pelos que acababan de salirle en el lunar. Cuando, por fin, la operadora la llamó, estaba sentada en el alféizar de la ventana y casi había terminado de pintarse las uñas de la mano izquierda.
       No era una chica a la que una llamada telefónica le produjera gran efecto. Se comportaba como si el teléfono hubiera estado sonando constantemente desde que alcanzó la pubertad.
       Mientras sonaba el teléfono, con el pincelito del esmalte se repasó una uña del dedo meñique, acentuando el borde de la lúnula. Tapó el frasco y, poniéndose de pie, abanicó en el aire su mano pintada, la izquierda. Con la mano seca, tomó del alféizar un cenicero repleto y lo llevó hasta la mesita de noche, donde estaba el teléfono. Se sentó en una de las dos camas gemelas ya hecha y—ya era la cuarta o quinta llamada—levantó el auricular del teléfono.
       —Diga—dijo, manteniendo extendidos los dedos de la mano izquierda lejos de la bata de seda blanca, que era lo único que llevaba puesto, junto con las chinelas: los anillos estaban en el cuarto de baño.
       —Su llamada a Nueva York, señora Glass—dijo la operadora.
       —Gracias—contestó la chica, e hizo sitio en la mesita de noche para el cenicero.
       A través del auricular llegó una voz de mujer:
       — ¿Muriel? ¿Eres tú?
       La chica alejó un poco el auricular del oído.
       —Sí, mamá. ¿Cómo estás?—dijo.
       —He estado preocupadísima por ti. ¿Por qué no has llamado? ¿Estás bien?
       —Traté de telefonear anoche y anteanoche. Los teléfonos aquí han...
       — ¿Estás bien, Muriel?
       La chica separó un poco más el auricular de su oreja.
       —Estoy perfectamente. Hace mucho calor. Este es el día más caluroso que ha habido en Florida desde...
       — ¿Por qué no has llamado antes? He estado tan preocupada...
       —Mamá, querida, no me grites. Te oigo perfectamente —dijo la chica—. Anoche te llamé dos veces. Una vez justo después...
       —Le dije a tu padre que seguramente llamarías anoche. Pero no, él tenía que... ¿estás bien, Muriel? Dime la verdad.
       —Estoy perfectamente. Por favor, no me preguntes siempre lo mismo.
       — ¿Cuándo llegasteis?
       —No sé... el miércoles, de madrugada.
       — ¿Quién condujo?
       —Él—dijo la chica—. Y no te asustes. Condujo bien. Yo misma estaba asombrada.
       — ¿Condujo él? Muriel, me diste tu palabra de que...
       —Mamá—interrumpió la chica—, acabo de decírtelo. Condujo perfectamente. No pasamos de ochenta en todo el trayecto, ésa es la verdad.
       — ¿No trató de hacer el tonto otra vez con los árboles?
       —Vuelvo a repetirte que condujo muy bien, mamá. Vamos, por favor. Le pedí que se mantuviera cerca de la línea blanca del centro, y todo lo demás, y entendió perfectamente, y lo hizo. Hasta se esforzaba por no mirar los árboles... se notaba. Por cierto, ¿papá ha
    hecho arreglar el coche?
       —Todavía no. Es que piden cuatrocientos dólares, sólo para...
       —Mamá, Seymour le dijo a papá que pagaría él. Así que no hay motivo para...
       —Bueno, ya veremos. ¿Cómo se portó? Digo, en el coche y demás...
       —Muy bien—dijo la chica.
       — ¿Sigue llamándote con ese horroroso...?
       —No. Ahora tiene uno nuevo
       — ¿Cuál?
       —Mamá... ¿qué importancia tiene?
       —Muriel, insisto en saberlo. Tu padre...
       —Está bien, está bien. Me llama Miss Buscona Espiritual 1948—dijo la chica, con una risita.
       —No tiene nada de gracioso, Muriel. Nada de gracioso. Es horrible. Realmente, es triste. Cuando pienso cómo...
       —Mamá—interrumpió la chica—, escúchame. ¿Te acuerdas de aquel libro que me mandó de Alemania? Unos poemas en alemán. ¿Qué hice con él? Me he estado rompiendo la cabeza...
       —Lo tienes tú.
       — ¿Estás segura?—dijo la chica.
       —Por supuesto. Es decir, lo tengo yo. Está en el cuarto de Freddy. Lo dejaste aquí y no había sitio en la... ¿Por qué? ¿Te lo ha pedido él?
       —No. Simplemente me preguntó por él, cuando veníamos en el coche. Me preguntó si lo había leído.
       — ¡Pero está en alemán!
       —Sí, mamita. Ese detalle no tiene importancia—dijo la chica, cruzando las piernas—. Dijo que casualmente los poemas habían sido escritos por el único gran poeta de este siglo. Me dijo que debería haber comprado una traducción o algo así. O aprendido el idioma... nada menos.. .
       —Espantoso. Espantoso. Es realmente triste... Ya decía tu padre anoche...
       —Un segundo, mamá—dijo la chica. Se acercó hasta el alféizar en busca de cigarrillos, encendió uno y volvió a sentarse en la cama—. ¿Mamá?—dijo, echando una bocanada de humo.
       —Muriel, mira, escúchame.
       —Te estoy escuchando.
       —Tu padre habló con el doctor Sivetski.
       — ¿Sí?—dijo la chica.
       —Le contó todo. Por lo menos, eso me dijo, ya sabes cómo es tu padre. Los árboles. Ese asunto de la ventana. Las cosas horribles que le dijo a la abuela acerca de sus proyectos sobre la muerte. Lo que hizo con esas fotos tan bonitas de las Bermudas... ¡Todo!
       — ¿Y...?—dijo la chica.
       —En primer lugar, dijo que era un verdadero crimen que el ejército lo hubiera dado de alta del hospital. Palabra. En definitiva, dijo a tu padre que hay una posibilidad, una posibilidad muy grande, dijo, de que Seymour pierda por completo la razón. Te lo juro.
       —Aquí, en el hotel, hay un psiquiatra —dijo la chica.
       — ¿Quién? ¿Cómo se llama?
       —No sé. Rieser o algo así. Dicen que es un psiquiatra muy bueno.
       —Nunca lo he oído nombrar.
       —De todos modos, dicen que es muy bueno.
       —Muriel, por favor, no seas inconsciente. Estamos muy preocupados por ti. Lo cierto es que... anoche tu padre estuvo a punto de enviarte un telegrama para que volvieras inmediatamente a casa...
       —Por ahora no pienso volver, mamá. Así que tómalo con calma
       —Muriel, te doy mi palabra. El doctor Sivetski ha dicho que Seymour podía perder por completo la...
       —Mamá, acabo de llegar. Hace años que no me tomo vacaciones, y no pienso meter todo en la maleta y volver a casa porque sí—dijo la chica—. Por otra parte, ahora no podría viajar. Estoy tan quemada por el sol que ni me puedo mover.
       — ¿Te has quemado mucho? ¿No has usado ese bronceador que te puse en la maleta? Está...
       —Lo usé. Pero me quemé lo mismo.
       — ¡Qué horror! ¿Dónde te has quemado?
       —Me he quemado toda, mamá, toda.
       — ¡Qué horror!
       —No me voy a morir.
       —Dime, ¿has hablado con ese psiquiatra?
       —Bueno... sí... más o menos...—dijo la chica.
       — ¿Qué dijo? ¿Dónde estaba Seymour cuando le hablaste?
       —En la Sala Océano, tocando el piano. Ha tocado el piano las dos noches que hemos pasado aquí.
       —Bueno, ¿qué dijo?
       — ¡Oh, no mucho! ¡Él fue el primero en hablar. Yo estaba sentada anoche a su lado, jugando albingo, y me preguntó si el que tocaba el piano en la otra sala era mi marido. Le dije que sí, y me preguntó si Seymour había estado enfermo o algo por el estilo. Entonces yo le dije...
       — ¿Por qué te hizo esa pregunta?
       —No sé, mamá. Tal vez porque lo vio tan pálido, y yo qué sé—dijo la chica—. La cuestión es que, después de jugar al bingo, él y su mujer me invitaron a tomar una copa. Y yo acepté. La mujer es espantosa. ¿Te acuerdas de aquel vestido de noche tan horrible que vimos en el escaparate de Bonwit? Aquel vestido que tú dijiste que para llevarlo había que tener un pequeño, pequeñísimo...
       — ¿El verde?
       —Lo llevaba puesto. ¡Con unas cadenas...! Se pasó el rato preguntándome si Seymour era pariente de esa Suzanne Glass que tiene una tienda en la avenida Madison... la mercería...
       —Pero ¿qué dijo él? El médico.
       —Ah, sí... Bueno... en realidad, no dijo mucho. Sabes, estábamos en el bar. Había mucho barullo.
       —Sí, pero... ¿le... le dijiste lo que trató de hacer con el sillón de la abuela?
       —No, mamá. No entré en detalles—dijo la chica—. Seguramente podré hablar con él de nuevo. Se pasa todo el día en el bar.
       — ¿No dijo si había alguna posibilidad de que pudiera ponerse... ya sabes, raro, o algo así...? ¿De que pudiera hacerte algo...?
       —En realidad, no—dijo la chica—. Necesita conocer más detalles, mamá. Tienen que saber todo sobre la infancia de uno... todas esas cosas. Ya te digo, había tanto ruido que apenas podíamos hablar.
       —En fin. ¿Y tu abrigo azul?
       —Bien. Le subí un poco las hombreras.
       — ¿Cómo es la ropa este año?
       —Terrible. Pero preciosa. Con lentejuelas por todos lados.
      — ¿Y tu habitación?
       —Está bien. Pero nada más que eso. No pudimos conseguir la habitación que nos daban antes de la guerra—dijo la chica—. Este año la gente es espantosa. Tendrías que ver a los que se sientan al lado nuestro en el comedor. Parece que hubieran venido en un
     camión.
       —Bueno, en todas partes es igual. ¿Y tu vestido de baile?
       —Demasiado largo. Te dije que era demasiado largo.
       —Muriel, te lo voy a preguntar una vez más... ¿En serio, va todo bien?
       —Sí, mamá—dijo la chica—. Por enésima vez.
       — ¿Y no quieres volver a casa?
       —No, mamá.
       —Tu padre dijo anoche que estaría encantado de pagarte el viaje si quisieras irte sola a algún lado y pensarlo bien. Podrías hacer un hermoso crucero. Los dos pensamos...
       —No, gracias—dijo la chica, y descruzó las piernas—.
       —Mamá, esta llamada va a costar una for...
       —Cuando pienso cómo estuviste esperando a ese muchacho durante toda la guerra... quiero decir, cuando unapiensa en esas esposas alocadas que...
       —Mamá—dijo la chica—. Colguemos. Seymour puede llegar en cualquier momento.
       — ¿Dónde está?
       —En la playa.
       — ¿En la playa? ¿Solo? ¿Se porta bien en la playa?
       —Mamá—dijo la chica—. Hablas de él como si fuera un loco furioso.
       —No he dicho nada de eso, Muriel.
       —Bueno, ésa es la impresión que das. Mira, todo lo que hace es estar tendido en la arena. Ni siquiera se quita el albornoz.
       — ¿Que no se quita el albornoz? ¿Por qué no?
       —No lo sé. Tal vez porque tiene la piel tan blanca.
       —Dios mío, necesita tomar sol. ¿Por qué no lo obligas?
       —Lo conoces muy bien—dijo la chica, y volvió a cruzar las piernas—. Dice que no quiere tener un montón de imbéciles alrededor mirándole el tatuaje.
       — ¡Si no tiene ningún tatuaje! ¿O acaso se hizo tatuar cuando estaba en la guerra?
       —No, mamá. No, querida—dijo la chica, y se puso de pie—. Escúchame, a lo mejor te llamo otra vez mañana.
       —Muriel, hazme caso.
       —Sí, mamá—dijo la chica, cargando su peso sobre la pierna derecha.
       —Llámame en cuanto haga, o diga, algo raro..., ya me entiendes. ¿Me oyes?
       —Mamá, no le tengo miedo a Seymour.
       —Muriel, quiero que me lo prometas.
       —Bueno, te lo prometo. Adiós, mamá—dijo la chica—. Besos a papá—y colgó.

       —Ver más vidrio—dijo Sybil Carpenter, que estaba alojada en el hotel con su madre—. ¿Has visto más vidrio?
       —Cariño, por favor, no sigas repitiendo eso. Vas a volver loca a mamaíta. Estáte quieta, por favor.
       La señora Carpenter untaba la espalda de Sybil con bronceador, repartiéndolo sobre sus omóplatos, delicados como alas. Sybil estaba precariamente sentada sobre una enorme y tensa pelota de playa, mirando el océano. Llevaba un traje de baño de color amarillo canario, de dos piezas, una de las cuales en realidad no necesitaría hasta dentro de nueve o diez años.
       —No era más que un simple pañuelo de seda... una podía darse cuenta cuando se acercaba a mirarlo—dijo la mujer sentada en la hamaca contigua a la de la señora Carpenter—. Ojalá supiera cómo lo anudó. Era una preciosidad.
       —Por lo que dice, debía de ser precioso—asintió la señora Carpenter.
       —Estáte quieta, Sybil, cariño...
       — ¿Viste más vidrio?—dijo Sybil.
       La señora Carpenter suspiró.
       —Muy bien—dijo. Tapó el frasco de bronceador—. Ahora vete a jugar, cariño. Mamaíta va a ir al hotel a tomar un martini con la señora Hubbel. Te traeré la aceituna.
       Cuando estuvo libre, Sybil echó a correr inmediatamente por el borde firme de la playa hacia el Pabellón de los Pescadores. Se detuvo únicamente para hundir un pie en un castillo de arena inundado y derruido, y en seguida dejó atrás la zona reservada a los clientes del hotel.
       Caminó cerca de medio kilómetro y de pronto echó a correr oblicuamente, alejándose del agua hacia la arena blanda. Se detuvo al llegar junto a un hombre joven que estaba echado de espaldas.
       — ¿Vas a ir al agua, ver más vidrio?—dijo.
       El joven se sobresaltó, llevándose instintivamente la mano derecha a las solapas del albornoz. Se volvió boca abajo, dejando caer una toalla enrollada como una salchicha que tenía sobre los ojos, y miró de reojo a Sybil.
       — ¡Ah!, hola, Sybil.
       — ¿Vas a ir al agua?
       —Te esperaba—dijo el joven—. ¿Qué hay de nuevo?
       — ¿Qué?—dijo Sybil.
       — ¿Qué hay de nuevo? ¿Qué programa tenemos?
       —Mi papá llega mañana en un avión—dijo Sybil, tirándole arena con el pie.
       —No me tires arena a la cara, niña—dijo el joven, cogiendo con una mano el tobillo de Sybil—. Bueno, ya era hora de que tu papi llegara. Lo he estado esperando horas. Horas.
       — ¿Dónde está la señora?—dijo Sybil.
       — ¿La señora?—el joven hizo un movimiento, sacudiéndose la arena del pelo ralo—. Es difícil saberlo, Sybil. Puede estar en miles de lugares. En la peluquería. Tiñiéndose el pelo de color visón. O en su habitación, haciendo muñecos para los niños pobres.
       Se puso boca abajo, cerró los dos puños, apoyó uno encima del otro y acomodó el mentón sobre el de arriba.
       —Pregúntame algo más, Sybil—dijo—. Llevas un bañador muy bonito. Si hay algo que me gusta, es un bañador azul.
       Sybil lo miró asombrada y después contempló su prominente barriga.
       —Es amarillo—dijo—. Es amarillo.
       — ¿En serio? Acércate un poco más.
       Sybil dio un paso adelante.
       —Tienes toda la razón del mundo. Qué tonto soy.
       — ¿Vas a ir al agua?—dijo Sybil.
       —Lo estoy considerando seriamente, Sybil. Lo estoy pensando muy en serio.
       Sybil hundió los dedos en el flotador de goma que el joven usaba a veces como almohadón.
       —Necesita aire—dijo.
       —Es verdad. Necesita más aire del que estoy dispuesto a admitir—retiró los puños y dejó que el mentón descansara en la arena—. Sybil—dijo—, estás muy guapa. Da gusto verte. Cuéntame algo de ti—estiró los brazos hacia delante y tomó en sus manos los dos tobillos de Sybil—. Yo soy capricornio. ¿Cuál es tu signo?
       —Sharon Lipschutz dijo que la dejaste sentarse a tu lado en el taburete del piano—dijo Sybil.
       — ¿Sharon Lipschutz dijo eso?
       Sybil asintió enérgicamente. Le soltó los tobillos, encogió los brazos y apoyó la mejilla en el antebrazo derecho.
       —Bueno —dijo—. Tú sabes cómo son estas cosas, Sybil. Yo estaba sentado ahí, tocando. Y tú te habías perdido de vista totalmente y vino Sharon Lipschutz y se sentó a mi lado. No podía echarla de un empujón, ¿no es cierto?
       —Sí que podías.
       —Ah, no. No era posible. Pero ¿sabes lo que hice?
       — ¿Qué?
       —Me imaginé que eras tú.
       Sybil se agachó y empezó a cavar en la arena.
       —Vayamos al agua—dijo.
       —Bueno—replicó el joven—. Creo que puedo hacerlo.
       —La próxima vez, échala de un empujón —dijo Sybil.
       — ¿Que eche a quién?
       —A Sharon Lipschutz.
       —Ah, Sharon Lipschutz —dijo él—. ¡Siempre ese nombre! Mezcla de recuerdos y deseos. —De repente se puso de pie y miró el mar—. Sybil—dijo—, ya sé lo que podemos hacer. Intentaremos pescar un pez plátano.
       — ¿Un qué?
       —Un pez plátano—dijo, y desanudó el cinturón de su albornoz.
       Se lo quitó. Tenía los hombros blancos y estrechos. El traje de baño era azul eléctrico. Plegó el albornoz, primero a lo largo y después en tres dobleces. Desenrolló la toalla que se había puesto sobre los ojos, la tendió sobre la arena y puso encima el albornoz plegado. Se agachó, recogió el flotador y se lo puso bajo el brazo derecho. Luego, con la mano izquierda, tomó la de Sybil.
       Los dos echaron a andar hacia el mar.
       —Me imagino que ya habrás visto unos cuantos peces plátano—dijo el joven.
       Sybil negó con la cabeza.
       — ¿En serio que no? Pero, ¿dónde vives, entonces?
       —No sé—dijo Sybil.
       —Claro que lo sabes. Tienes que saberlo. Sharon Lipschutz sabe dónde vive, y sólo tiene tres años y medio.
       Sybil se detuvo y de un tirón soltó su mano de la de él. Recogió una concha y la observó con estudiado interés. Luego la tiró.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo, y echó nuevamente a andar, sacando la barriga.
       —Whirly Wood, Connecticut—dijo el joven—. ¿Eso, por casualidad, no está cerca de Whirly Wood, Connecticut?
       Sybil lo miró:
       —Ahí es donde vivo—dijo con impaciencia—. Vivo en Whirly Wood, Connecticut.
       Se adelantó unos pasos, se cogió el pie izquierdo con la mano izquierda y dio dos o tres saltos.
       —No puedes imaginarte cómo lo aclara todo eso —dijo él.
       Sybil soltó el pie:
       — ¿Has leído El negrito Sambo?—dijo.
       —Es gracioso que me preguntes eso—dijo él—. Da la casualidad que acabé de leerlo anoche. —Se inclinó y volvió a tomar la mano de Sybil—. ¿Qué te pareció?
       — ¿Te acuerdas de los tigres que corrían todos alrededor de ese árbol?
       —Creí que nunca iban a parar. Jamás vi tantos tigres.
       —No eran más que seis—dijo Sybil.
       — ¡Nada más que seis! —dijo el joven—. ¿Y dices «nada más»?
       — ¿Te gusta la cera?—preguntó Sybil.
       — ¿Si me gusta qué?
       —La cera.
       —Mucho. ¿A ti no?
       Sybil asintió con la cabeza:
       — ¿Te gustan las aceitunas?—preguntó.
       — ¿Las aceitunas?... Sí. Las aceitunas y la cera. Nunca voy a ningún lado sin ellas.
       — ¿Te gusta Sharon Lipschutz?—preguntó Sybil.
       —Sí. Sí me gusta. Lo que más me gusta de ella es que nunca hace cosas feas a los perritos en la sala del hotel. Por ejemplo, a ese bulldog enano de la señora canadiense. Te resultará difícil creerlo, pero hay algunas niñas que se divierten mucho pinchándolo con los palitos de los globos. Pero Sharon, jamás. Nunca es mala ni grosera. Por eso la quiero tanto.
       Sybil no dijo nada.
       —Me gusta masticar velas—dijo ella por último.
       —Ah, ¿y a quién no?—dijo el joven mojándose los pies—. ¡Diablos, qué fría está!—Dejó caer el flotador en el agua—. No, espera un segundo, Sybil. Espera a que estemos un poquito más adentro.
       Avanzaron hasta que el agua llegó a la cintura de Sybil. Entonces el joven la levantó y la puso boca abajo en el flotador.
       — ¿Nunca usas gorro de baño ni nada de eso?—preguntó él.
       —No me sueltes—dijo Sybil—. Sujétame, ¿quieres?
       —Señorita Carpenter, por favor. Yo sé lo que estoy haciendo—dijo el joven—. Ocúpate sólo de ver si aparece un pez plátano. Hoy es un día perfecto para los peces plátano.
       —No veo ninguno—dijo Sybil.
       —Es muy posible. Sus costumbres son muy curiosas. Muy curiosas.
       Siguió empuiando el flotador. El agua le llegaba al pecho.
       —Llevan una vida triste—dijo—. ¿Sabes lo que hacen, Sybil?
       Ella negó con la cabeza.
       —Bueno, te lo explicaré. Entran en un pozo que está lleno de plátanos. Cuando entran, parecen peces como todos los demás. Pero, una vez dentro, se portan como cerdos, ¿sabes? He oído hablar de peces plátano que han entrado nadando en pozos de plátanos y llegaron a comer setenta y ocho plátanos—empujó al flotador y a su pasajera treinta centímetros más hacia el horizonte—. Claro, después de eso engordan tanto que ya no pueden salir. No pasan por la puerta.
       —No vayamos tan lejos—dijo Sybil—. ¿Y qué pasa despues con ellos?
       — ¿Qué pasa con quiénes?
       —Con los peces plátano.
       —Bueno, ¿te refieres a después de comer tantos plátanos que no pueden salir del pozo?
       —Sí—dijo Sybil.
       —Mira, lamento decírtelo, Sybil. Se mueren.
       — ¿Por qué?—preguntó Sybil.
       —Contraen fiebre platanífera. Una enfermedad terrible.
       —Ahí viene una ola—dijo Sybil nerviosa.
       —No le haremos caso. La mataremos con la indiferencia—dijo el joven-, como dos engreídos.
       Tomó los tobillos de Sybil con ambas manos y empujó hacia delante. El flotador levantó la proa por encima de la ola. El agua empapó los cabellos rubios de Sybil, pero sus gritos eran de puro placer.
       Cuando el flotador estuvo nuevamente inmóvil, se apartó de los ojos un mechón de pelo pegado, húmedo, y comentó:
       —Acabo de ver uno.
       — ¿Un qué, amor mío?
       —Un pez plátano.
       — ¡No, por Dios!—dijo el joven—. ¿Tenía algún plátano en la boca?
       —Sí—dijo Sybil—. Seis.
       De pronto, el joven tomó uno de los mojados pies de Sybil que colgaban por el borde del flotador y le besó la planta.
       — ¡Eh!—dijo la propietaria del pie, volviéndose.
       — ¿Cómo, eh? Ahora volvamos. ¿Ya te has divertido bastante?
       — ¡No!
       —Lo siento—dijo, y empujó el flotador hacia la playa hasta que Sybil descendió. El resto del camino lo llevó bajo el brazo.
       —Adiós —dijo Sybil, y salió corriendo hacia el hotel.
       El joven se puso el albornoz, cruzó bien las solapas y metió la toalla en el bolsillo. Recogió el flotador mojado y resbaladizo y se lo acomodó bajo el brazo. Caminó solo, trabajosamente, por la arena caliente, blanda, hasta el hotel.
       En el primer nivel de la planta baja del hotel—que los bañistas debían usar según instrucciones de la gerencia— entró con él en el ascensor una mujer con la nariz cubierta de pomada.
       —Veo que me está mirando los pies—dijo él, cuando el ascensor se puso en marcha.
       —¿Cómo dice?—dijo la mujer.
       —Dije que veo que me está mirando los pies.
       —Perdone, pero casualmente estaba mirando el suelo —dijo la mujer, y se volvió hacia las puertas del ascensor.
       —Si quiere mirarme los pies, dígalo—dijo el joven—. Pero, maldita sea, no trate de hacerlo con tanto disimulo.
       —Déjeme salir, por favor—dijo rápidamente la mujer a la ascensorista.
       Cuando se abrieron las puertas, la mujer salió sin mirar hacia atrás.
       —Tengo los pies completamente normales y no veo por qué demonios tienen que mirármelos—dijo el joven—. Quinto piso, por favor.
       Sacó la llave de la habitación del bolsillo de su albornoz.
       Bajó en el quinto piso, caminó por el pasillo y abrió la puerta del 507. La habitación olía a maletas nuevas de piel de ternera y a quitaesmalte de uñas.
       Echó una ojeada a la chica que dormía en una de las camas gemelas. Después fue hasta una de las maletas, la abrió y extrajo una automática de debajo de un montón de calzoncillos y camisetas, una Ortgies calibre 7,65. Sacó el cargador, lo examinó y volvió a colocarlo. Quitó el seguro. Después se sentó en la cama desocupada, miró a la chica, apuntó con la pistola y se disparó un tiro en la sien derecha.