martes, 25 de agosto de 2015
martes, 18 de agosto de 2015
Cómo ser un escritor conocido: manual para recién llegados - Joaquín Sánchez Mariño
En un mundo pleno de aspirantes a la escena literaria, leer y escribir bien no parece suficiente; la búsqueda de un público y la autopromoción asoman como inevitables
Por Joaquín Sánchez Mariño | Para LA NACION
El señor M tiene una pequeña gema entre las manos, pero carga con la lepra: no lo conoce nadie. Ergo, nadie leyó su pequeña gema. ¿Cómo puede hacer el señor M para que alguien repare en su trabajo? En el siglo XV, pongamos que habla mal de Dios hasta quedar encadenado y recitar sus versos finales al calor de la hoguera. En el XIX escribe una profunda novela sobre alguno de los grandes temas y la gente de Londres corre a comprarla. En el XX se hace amigo de algún literato con campo y se deja llevar por la gracia de su mecenas. Pero hoy, año 2015, sus posibilidades parecen ser infinitas. ¿Cómo se hace, entonces, para ser un escritor conocido?
Mercedes Romero tiene 25 años. Empezó en el género preliterario por excelencia: el posteo de Facebook. Después entró en un taller literario con Luis Mey y su estilo fue adquiriendo likes, ese bien de cambio de la contemporaneidad. Hoy, a menos de un año de ese primer texto replicado en las redes, a Mercedes acaban de confirmarle que la editorial Notanpüan va a publicar su primer libro.
Julieta Habif, de 24 años, por estos días se está preguntando qué hacer. Tiene un blog (estoesunapipa.blogspot.com), donde escribe historias de amor. Con el tiempo fue logrando una comunidad de seguidores y le dieron ganas de tener un libro propio, pero no sabe si autopublicarlo o esperar a que alguna editorial le acepte el manuscrito. "Me gusta mucho escribir, cada vez más, y publicar me parece el siguiente paso lógico para seguir haciéndolo. Como irse a vivir con la pareja después de un tiempo de noviazgo", dice. Guillermo, librero de Eterna Cadencia desde hace 5 años, no recomienda ir por el camino de la autoedición si se pretende alcanzar el gran público: "Llegan muchas ediciones de autor a la librería, y la verdad es que muy difícilmente se les hace un lugar si no vienen con una recomendación determinada o al amparo de una editorial respetada".
Juan Sklar es un caso distinto. El año pasado publicó Los catorce cuadernos (Beatriz Viterbo), y aun siendo su primera novela, ya vendió más de mil ejemplares. Por supuesto, su libro no llega de la nada a los anaqueles. Sus notas web, "Sexo Turista" primero (publicada en la revista La única) y el más reciente "Hecho en Bangkok", donde cuenta que va a ser padre, le valieron miles y miles de lectores. Para cuando salió su libro ya había mucha gente esperándolo.
"Mi mejor herramienta de difusión fueron los textos, ellos me valieron el contagio que se generó con lo que escribo. Con la literatura no hice, en términos de difusión, nada que no haya hecho antes en otros mundos: la tele, la radio, el teatro. Pero sólo acá pasó lo que pasó. Quiero decir: la difusión sola no logra nada. Pero tampoco podemos escribir y nada más. Hay que salir a defender la obra. Tal vez me haya quedado del teatro la falta de pudor por el autobombo. El under teatral se desespera por conseguir público. Pero ojo, tiene que estar claro que la prioridad es escribir, no postear. Por otro lado, no entiendo la fantasía que se formó alrededor de los escritores: es un mundo en el que hay muy poca plata, no hay muchas mujeres ni hombres, y no hay grandes fiestas? Y sin embargo, todo el mundo quiere ser un escritor famoso. Qué sé yo".
¿Realmente la literatura -o la defensa de ella- nos muestra mejores de lo que somos? No, nos muestra solos y desesperados por saciar la vanidad de nuestro ego. Si ya sabemos que el éxito como escritor no nos deparará dinero, ni amores y aventuras, ¿por qué buscar tan desesperadamente que nos lean? Es la respuesta incómoda que nadie acepta y que Don Draper, el genial antihéroe de Mad Men, confiesa con total liviandad cuando una chica le pregunta qué hace bañado y perfumado a las tres de la mañana: "Soy vanidoso".
ESCRIBIR NO ES PARA TÍMIDOS
"El camino más noble y efectivo para hacerse un lugar en la literatura es leer y escribir bien. El resto son variaciones de la falta de pudor o cierto goce exhibicionista por el ridículo, cuestiones que siempre están ocultando una falta de verdadera voluntad creativa", dice Nicolás Mavrakis, periodista cultural free lance y escritor.
En esa línea está la obra de Cocó Muro. Su libro, Diez razones por las cuales usted debe tener este libro, saldrá el próximo mes por editorial Llanto de Mudo. "La estrategia de difusión es la clásica: comunicarlo por redes, generar cierta intriga y expectativa, enviarlo a los medios de comunicación que más me gustan y contarles en una gacetilla de prensa a los periodistas de qué se trata lo que les estoy enviando", explica. El suyo es un libro de listas ("literatura en potencia"), que surgió de su voluntad experimental y del buen recibimiento que tuvieron esos textos cuando los publicó en Facebook. Otra vez, el posteo como disparador, como género de acercamiento. Si de Borges se dice que además de su obra escrita está su obra oral, ¿cuántas obras hechas de posteos habrá de acá a cincuenta años?
"Todo el mundo deje de hablar ahora mismo. Presten atención. Se los dije a ustedes, se los dije a mis críticos: yo soy el más grande de todos los tiempos." Habla Muhammad Ali al comienzo de documental Facing Ali. Tiene razón el hombre: fue el mejor de todos los tiempos. ¿Pero sólo por su manera de pelear? Según Eduardo Bejuk, periodista especialista en boxeo, la revolución que causó en el mundo gracias a sus dichos, sus polémicas y su figura lo elevaron a la categoría de mito, iniciando la era moderna del deporte. Dice que Alí, sin lo que él inventó para sí, nunca hubiera sido Alí.
Y algo parecido pasa en el mundo de la nueva literatura: ya no gana el que domina el ring de la escritura sino el que mejor se inventa a sí mismo. Hay algo positivo después de todo: la ficción nunca tuvo tan buen pulso. "Pero nadie se sostiene sólo de posteos. Tiene que haber una obra detrás que lo sustente. Si no, la gente se siente estafada", dice Juan Sklar. En ese aspecto, Facebook permite ver en cámara lenta cómo van llegando esos 15 minutos de Warhol y cómo cada uno intenta retenerlos, estirarlos, reciclarlos, y finalmente dejarlos ir.
Facundo García Valverde sabe bien de qué se trata la fama. Escribió varios libros de famosos como ghost writer, y en este año la editorial Galerna publicará su novela Fama, sobre la vida de un extraño ex participante de Gran Hermano. "Cuando era más complejo publicar, había pocos puntos en común entre el mundo editorial y el de Gran Hermano. Hoy todo parece seguir una misma lógica, la de un mercado que te exige autopromocionarte: las lecturas son las presentaciones en discotecas de los ex participantes, las reseñas son los videos de tu paso por la casa, los lectores son los fans que agitan por Twitter y te votan por SMS, las roscas con otros escritores son los complots que se arman en la casa; las solicitudes de amistad en Facebook son los canjes publicitarios. Todo eso, sin embargo, no es nada; es al sexo lo que la ropa de tu pareja: lo que tenés que sacar para tener sexo. Lo único verdadero es que te lean y que los otros te reconozcan como alguien que vale la pena leer", dice.
En su mirada, un escritor que busca ser leído no lo hace por acariciar su ego: "Uno enfrenta el trabajo creativo y literario con tantas expectativas como inseguridades -explica-. Uno cree estar hablando de la soledad y, en realidad, está hablando del miedo; otro cree estar hablando de sus amigos y, en realidad, está describiendo la tragedia política de haber nacido en América Latina. Ese 'en realidad' es todo; ese 'en realidad' es por lo que la gente te lee y no tiene nada que ver con tu ambición o vanidad. En el fondo, es similar a lo que dice Hannah Arendt para el dominio político: 'Uno participa para mostrarse único en un ámbito donde nada es previsible y nada está bajo tu control'".
Adriana Amado, doctora en Ciencias Sociales de Flacso y especialista en medios, dice: "Los escritores no están lejos de los nuevos parámetros de celebridad: un escritor puede ser conocido, célebre o respetado. Son muy pocos los que tienen las tres condiciones. Las dos primeras son producto de la maquinaria de prensa de la industria editorial: entre periodistas que no leen, lo que se difunde es la solapa del libro. Además, sucede que somos más los que escribimos que los que leemos. Sobre todo porque cada vez tenemos menos tiempo de leer de tanto que nos lleva escribir. Por eso viene Amazon como justiciero universal y amenaza con pagar regalías por páginas efectivamente leídas. Yo creo que además debería descontar lo que leímos de falsas reseñas, falsas entrevistas al autor y demás delicias de la maquinaria de difusión".
Y sea por fama u oscuridad, de pronto todos queremos ser escritores. Queremos viajar a la Feria del Libro de Guadalajara y codearnos con nuestros cuates latinoamericanos mientras planeamos la revolución de la literatura, una vez más, pero para siempre. Queremos hacer frases que rompan la moda y poder descansar en lo que ya dijimos. Pero nos falta el corazón latente de nuestro sueño: nos falta haber escrito.
POR UN LUGAR EN LA LITERATURA
"Ser conocido puede ser un efecto secundario de trabajar mucho, moverte siempre en un ambiente determinado o ser muy bueno en Twitter. Mi táctica, que es producto de discapacidad publicitaria, es recitar en vivo y llevar los libros. Es un trabajo de hormiga pero es súper satisfactorio -cuenta Mariana Bugallo, que el miércoles que viene en Casa Brandon presentará el libro Muchacho-. Supongo, por otro lado, que los nuevos medios de difusión ayudan a que nos conozcamos entre nosotros más que a que se nos conozca".
Por su parte, Nora Galia, directora de la editorial Letras del Sur, profesora de la carrera de Edición de la UBA y especialista en Gestión cultural, dice: "En el marco de la hipermodernidad, no estamos frente a lectores sino a consumidores omnívoros. Es una tarea conjunta del editor y del autor batallar contra una constante oferta de 'entretenimiento' y de nuevos star systems. Hoy, el escritor tiene que tomar un rol activo para construirse como tal".
¿Pero qué es construirse como escritor? Primero, asumir el deseo de ser escritor, tenga sentido o no. Después, comunicar. Y comunicar es ser un escritor que postea. Intentar, claro, mantenerse en los reinos del buen gusto. Y si la competencia es feroz, bajar cada tanto al barro de la confesión y contar, por ejemplo, que uno va a estar leyendo textos en tal o cual evento palermitano. ¿Le importa a alguien? Imposible saberlo, pero la consigna es clara: el que quiere escribir, labure su perfil de escritor. Ya no más postear felices cumpleaños a la vieja ni fotos del partido: ahora sólo referencias a la literatura. Empezar a ir a encuentros a levantar la copa con extraños. Seguir escritores en Twitter, lograr en lo posible una mención de alguien respetado. Salir a la caza de notas y artículos sobre la propia novela. Y olvidar el lastre moral de la humildad. Después de todo, ¿qué es un escritor hoy en día sino alguien que proclama que sus palabras tienen un valor?
Gonzalo Garcés, director editorial de Galerna y escritor, dice: "Yo creo que los mejores artistas logran un equilibrio existencial muy delicado. Ellos saben que son boludos como todos tratando de ganarse el pan, pero saben también que la imagen mágica que proyectan no por ser falsa carece de valor. Es como la imagen de Dios para un ateo o la idealización que vos podés hacer de alguien a quien amás. Es un fantasma, sí, pero un fantasma que te eleva un poco más alto y te sirve de guía. George Clooney dijo que él no tenía Twitter porque si tenés Twitter sos accesible, y si sos accesible, no sos una estrella. No conozco a George, pero tengo el pálpito de que no cree que es una estrella inalcanzable, pero sabe que tiene que proyectar esa imagen. Es como ser padre. Ser padre, en presencia de tus hijos, es claramente ser mejor de lo que sos, porque ellos lo necesitan". Igual que la literatura, que necesita de la máquina de humo para seguir estando viva.
lunes, 17 de agosto de 2015
martes, 28 de julio de 2015
La creación de los cuentos - Clarissa Pinkola Estés
¿Cómo nacieron los cuentos? Ah, los cuentos vinieron al mundo porque Dios se sentía solo.
¿Que Dios se sentía solo? Pues sí, veréis, el vacío en el principio de los tiempos era muy oscuro.
Él vacío era oscuro porque estaba tan abarrotado de cuentos que ni siquiera uno solo de ellos sobresalía entre los demás.
Los cuentos, por lo tanto, no tenían forma, y el rostro de Dios se desplazaba sobre el abismo, buscando y buscando... un cuento. Y la soledad de Dios era muy grande.
Al final, surgió una gran idea, y Dios murmuró: «Hágase la luz.»
Y se hizo una luz tan grande que Dios pudo entonces adentrarse en el vacío y separar los cuentos oscuros de los cuentos de la luz. Como consecuencia de ello, nacieron los claros cuentos del amanecer y también los hermosos cuentos del atardecer. Y Dios vio que eso era bueno.
Ahora Dios estaba ya más animado y, a continuación, separó los cuentos celestiales de los cuentos terrenales, y éstos de los cuentos sobre el agua. Después Dios se complació en crear los árboles pequeños y los grandes y las semillas y plantas de brillantes colores, para que también pudiera haber cuentos acerca de los árboles y las semillas y las plantas.
Dios se rió con satisfacción y su risa hizo que las estrellas y el cielo se colocaran en su sitio. Dios puso en el cielo la luz dorada, el sol, para que gobernara el día, y la luz plateada, la luna, para que gobernara la noche. Y Dios creó todo eso para que hubiera cuentos de las estrellas y la luna, cuentos acerca del sol y cuentos sobre todos los misterios de la noche.
Tan satisfecho estaba Dios de lo que había hecho que se dedicó a crear los pájaros, los monstruos marinos y todas las criaturas vivientes que se mueven, todos los peces y las plantas que hay bajo el mar, y todas las criaturas aladas, todo el ganado y las cosas que se arrastran, y todas las bestias de la tierra según su especie. Y de todo ello surgieron cuentos sobre los mensajeros alados de Dios, y cuentos de fantasmas y monstruos, y cuentos de ballenas y peces, y otras historias sobre la vida antes de que la vida supiera de sí misma, sobre todo lo que ahora tiene vida y todo lo que algún día cobrará vida.
Y, sin embargo, a pesar de todas estas prodigiosas criaturas y todos estos soberbios cuentos y de todos los placeres de la creación, Dios seguía sintiéndose solo.
Entonces Dios se echó a andar y a pensar, a pensar y a andar y, ¡por fin!, a nuestro gran Creador se le ocurrió la idea. «Ya está. Hagamos a los seres humanos a nuestra imagen y semejanza. Dejemos que cuiden de todas las criaturas de los mares y del aire y de la tierra, y que éstas cuiden a su vez de ellos.»
Así pues, Dios creó a los seres humanos a partir del polvo de la tierra y les insufló el aliento de la vida, y los seres humanos se convirtieron en almas vivientes: Dios los creó hombre y mujer. Y, en cuanto los hubo creado, cobraron vida de repente todos los cuentos relativos a la existencia humana, millones y millones de cuentos. Y Dios los bendijo a todos y los puso en un jardín llamado Edén.
Ahora Dios paseaba por los cielos todo sonrisas, porque ya no estaba solo. No eran cuentos lo que faltaba en la creación, sino más bien, y muy especialmente, los seres humanos emotivos que pudieran contarlos.
sábado, 20 de junio de 2015
A novel oasis: why Argentina is the bookshop capital of the world
[De: http://www.theguardian.com/world/2015/jun/19/argentina-books-bookstores-reading]
A novel oasis: why Argentina is the bookshop capital of the world
Buenos Aires alone has more bookstores per person than any other city in the world – just enough for inquisitive Argentinians to indulge their literary cravings
El Ateneo Grand Splendid mega bookstore in Buenos Aires is an old theatre converted into a modern bookshop.
Their country has endured military dictatorship, economic collapse and a particularly vituperative brand of politics, so perhaps it is not surprising that Argentinians should still find solace in the oldest of pleasures: curling up with a good book.
The country’s capital Buenos Aires has more bookshops per inhabitant than any other city in the world, according to a recent study by the World Cities Culture Forum.
With a population of around 2.8 million, Buenos Aires has at least 734 bookstores – roughly 25 bookshops for every 100,000 inhabitants. Worldwide, only Hong Kong comes close, with 22 bookshops per 100,000, followed by Madrid in a distant third with just 16 and compared to a mere 10 bookshops for every 100,000 for London.
Gabriela Adamo, who until recently was the president of the city’s annual book fair – an event which draws over 1 million visitors each year – says Argentina’s love affair with the book is related to the wave of mass immigration in the late 19th and early 20th centuries.
A century ago, Buenos Aires was the shining capital of one of the wealthiest countries of the world. European immigrants poured into Buenos Aires, creating a multicultural environment in which culture and the arts thrived.
At one stage Buenos Aires boasted two English-language newspapers, various German-language papers (including at one stage a pro-Nazi paper, an anti-Nazi one and a Jewish newspaper) along with a plethora of Spanish-language newspapers, magazines and literary and arts publications. “The book as an object became a cultural symbol back then. It’s something that persists today,” said Adamo.
But contemporary economics also plays a role: books are exempt from Argentina’s standard sales tax – a whopping 21% on most goods – and internet sales and electronic book readers have yet to make inroads on the local publishing market.
Amazon does not have an Argentinian site and import restrictions make it a bureaucratic nightmare to purchase books from international internet sellers.
“Argentinians still prefer to come in and browse for books,” said Antonio Dalto, business manager of the Ateneo Grand Splendid bookshop. “We have a websitefor selling books, but it only draws a small percentage of readers. As a matter of fact, they seem to use it more to select titles online, but then they come to buy the actual book here at the shop.”
El Ateneo in Buenos Aires
That is perhaps unsurprising, considering the grandeur of the shop’s setting: opened as a theatre in 1919 and converted into a giant bookstore 15 years ago, the Grand Splendid still boasts the beautiful ceiling frescoes painted by an Italian artist almost a century ago. Around 1 million customers visit it each year to browse through its gargantuan 21,000 square feet showroom, or withdraw into one of the old theatre boxes perched for a leisurely read.
“Culture is very important to the people of Buenos Aires. Even young kids read books, we see them here every day. Books for teenagers are one of our biggest sellers,” said Dalto.
Publishers and booksellers say that the city’s book market is distinctly catholic in taste, immune to fads or fashion. “There’s a very particular kind of reader here, with wide and varied demand,” said Adamo.
Argentina is one of the most prolific book publishers in Latin America, and the number of titles published has grown steadily each year, from 16,092 in 2004 to 28,010 last year. The total number of books printed in 2014 was 123m.
Publishing experts have also linked the country’s love for reading to its obsession with psychoanalysis: Argentina has more psychologists per inhabitant than any other country in the world, and according to Virginia Ungar, a member of the Buenos Aires Psychoanalytical Association, the habitual introspection of therapy makes Argentinians ideal readers.
“Psychoanalysis, reading and the arts in general are all linked because they are all an inquiry into the depths of personality. Both literature and psychoanalysis work with the word,” said Ungar, who is president-elect of the International Psychoanalytical Association founded by Sigmund Freud in 1910.
It is not only the market for new books which is thriving: Buenos Aires also has a total of 102 rare and secondhand bookshops, far outranking London with only 68 or Berlin, with only six, and only third in terms of secondhand bookshops per inhabitant after Johannesburg and Tokyo, most of them congregated along Avenida Corrientes.
A man reads in a book shop in Plaza Dorrego, San Telmo, Buenos Aires
The city’s unusual hours – people often meet for dinner at 11pm, and shops stay open until after midnight – also play a role, said Ignacio Iraola, general manager of the Argentinian branch of the Spanish publishing behemoth Planeta.
“Buenos Aires is a city that wakes up late and the day stretches out into the early hours,” he said. “Avenida Corrientes is like a long, open bookshop that never sleeps.”
Away from the city centre, local bookshops also thrive. Tucked away in the bohemian neighbourhood of Villa Crespo is La Internacional Argentina, an independent store which specialises in first editions of Latin American authors.
On a recent evening, its owners Francisco Garamona and Nicolás Moguilevsky, both thirtysomething, were ending the day with some bottles of red Argentinian wine in the back room where they run Mansalva, a speciality press that publishes many first-time novelists and poets, as well as art books by Argentinian painters.
“If this was a job we would have got bored by now and quit – our existence is a miracle,” says Garamona. Although the bookshop and Mansalva press barely scrape by, they have been in business for 15 years now, a testament to the unquenchable thirst of the city for books.
“We hold a fair every two months on a Saturday on the sidewalk here,” says Moguilevsky. “It’s really surprising, sometimes up to 500 people come, many of them young kids. And they usually walk away with two or three books that they get here for the price they would pay for just one at one of the big bookshops downtown.”
miércoles, 10 de junio de 2015
La casa de Adela - Mariana Henríquez
Todos los días pienso en Adela. Y si durante el día no aparece su recuerdo —las pecas, los dientes amarillos, el pelo rubio demasiado fino, el muñón en el hombro, sus botitas de gamuza— siempre regresa de noche, en sueños. Los sueños de Adela son todos distintos, pero nunca falta la lluvia ni faltamos mi hermano y yo, los dos parados frente a la casa abandonada, con nuestros pilotos amarillos, mirando a los policías en el jardín que hablan en voz baja con nuestros padres.
Nos hicimos amigos porque ella era una princesa de suburbio, mimada de su enorme chalet inglés insertado en nuestro barrio gris de Lanús, tan diferente que parecía un castillo, sus habitantes los señores y nosotros los siervos en nuestras casas cuadradas de cemento con jardines raquíticos. Nos hicimos amigos porque ella tenía los mejores juguetes importados. Y porque organizaba las mejores fiestas de cumpleaños cada 3 de enero, poco antes de Reyes y poco después de Año Nuevo, al lado de la pileta, con el agua que, bajo el sol de la siesta, parecía plateada, hecha de papel de regalo. Y porque tenía un proyector y usaba las paredes blancas del living para ver películas mientras el resto del barrio todavía penaba con televisores blanco y negro.
Era fácil hacerse amigo de Adela, porque la mayoría de los chicos del barrio la evitaba, a pesar de su casa, sus juguetes, su pileta y sus películas. Era por el brazo. Adela tenía un solo brazo. A lo mejor lo más preciso sea decir que le faltaba un brazo. El izquierdo. Por suerte no era zurda. Le faltaba desde el hombro; tenía ahí una pequeña protuberancia de carne que se movía, con un retazo de músculo, pero no servía para nada. Los padres de Adela decían que era un defecto de nacimiento. Muchos otros chicos le tenían miedo, o asco. Se reían de ella, le decían monstruita, adefesio, bicho incompleto; decían que la iban a contratar de un circo, que seguro estaba su foto en los libros de medicina. A ella no le importaba. Ni siquiera quería usar un brazo ortopédico. Le gustaba ser observada y nunca ocultaba el muñón. Si veía la repulsión en los ojos de alguien, era capaz de refregarle el muñón por la cara o de sentarse muy cerca y rozar el brazo del otro con su apéndice inútil, hasta humillarlo, hasta dejarlo al borde las lágrimas.
Nuestra madre decía que Adela tenía un caracter único, era valiente y fuerte, un ejemplo, una dulzura, qué bien la criaron, qué buenos padres, insistía. Pero Adela contaba que sus padres mentían. Sobre el brazo. No nací así. Y qué pasó, le preguntábamos. Y entonces ella daba su versión. La había atacado su perro, un Doberman negro llamado Infierno. El perro se había vuelto loco como a veces les pasa a los Doberman, una raza que, según Adela, tenía un cráneo demasiado chico para el tamaño del cerebro, entonces les dolía siempre la cabeza y se enloquecían. Decía que la había atacado cuando ella tenía dos años. Se acordaba, el dolor, los gruñidos, el ruido de las mandíbulas masticando, la sangre manchando el pasto, mezclada con el agua de la pileta. Su padre lo había matado de un tiro; excelente puntería, porque el perro, cuando recibió el disparo, todavía cargaba con Adela bebé entre los dientes.
Mi hermano no creía esta versión.
—A ver, y la cicatriz donde está.
—Se curó re bien. No se ve.
—Imposible. Siempre se ven.
—No quedó cicatriz de los dientes, me tuvieron que cortar más arriba de la mordida.
—Obvio. Igual tendría que haber cicatriz. No se borra así nomás.
Y le mostraba su propia cicatriz de apendicitis, en la ingle, como ejemplo.
—A vos porque te operaron médicos de cuarta. Yo estuve en la mejor clínica de capital.
—Bla bla bla —le decía mi hermano y la hacía llorar. Era el único que la enfurecía. Y sin embargo nunca se peleaban del todo. Él disfrutaba sus mentiras. A ella le gustaba el desafío. Y yo solamente escuchaba y así pasaban las tardes después de la escuela hasta que mi hermano y Adela descubrieron las películas de terror y cambió todo para siempre.
No sé cuál fue la primera película. A mi no me daban permiso para verlas. Mi mamá decía que era demasiado chica. Pero Adela tiene mi misma edad, insistía yo. Problema de sus papás si la dejan: vos no, decía mi mamá y era imposible discutir con ella.
—¿Y por qué a Pablo lo dejás?
—Porque es más grande.
—¡Porque es varón! —gritaba mi papá, entrometido, orgulloso.
—¡Los odio! —gritaba yo, y lloraba en mi cama hasta quedarme dormida.
Lo que no pudieron controlar fue que mi hermano Pablo y Adela, llenos de compasión, me contaran las películas. Y cuando terminaban de contarlas, contaban más historias. Cuando Adela hablaba, cuando se concentraba y le ardían los ojos oscuros, el parque de la casa se llenaba de sombras, que corrían, que saludaban burlonas. Yo las veía cuando ella se sentaba de espaldas al ventanal, en el living. No se lo decía. Pero Adela sabía. Mi hermano no sé. Él podía ocultar mejor que nosotras.
Supo ocultar hasta el final, hasta su último acto, hasta que solamente quedó de él ese costillar a la vista, ese cráneo destrozado y, sobre todo, ese brazo izquierdo en el medio de las vías, tan separado de su cuerpo y del tren que no parecía producto del accidente –del suicidio, le sigo diciendo accidente a su suicidio—; parecía que alguien lo había centrado entre dos rieles para exponerlo, como un saludo, un mensaje.
La verdad es que no recuerdo cuáles de las historias eran resúmenes de películas. Nunca pude ver una película de terror. Después de lo que pasó en la casa les tengo fobia. Si veo una escena por casualidad o error en la televisión, esa noche tengo que tomar pastillas para dormir y durante días tengo náuseas y recuerdo a Adela sentada en el sillón, con los ojos quietos y sin su brazo, y mi hermano mirándola con adoración. Algunas de las historias que recuerdo: un perro poseído por el demonio —Adela tenía debilidad por las historias de animales, otra sobre un hombre que había descuartizado a su mujer y ocultado sus miembros en una heladera; esos miembros, por la noche, habían salido a perseguirlo, piernas y brazos y tronco y cabeza rodando y arrastrándose por la casa, hasta que la mano muerta y vengadora mata al asesino, apretándole el cuello –Adela tenía debilidad, también, por las historias de miembros mutilados y amputaciones—; otra sobre el fantasma de un niño que siempre aparecía en las fotos de cumpleaños, el invitado terrorífico que nadie reconocía, de piel gris y sonrisa ancha.
Solamente me acuerdo en detalle de las historias sobre la casa abandonada. Incluso sé cuando comenzó la obsesión. Fue culpa de mi madre. Una tarde después de la escuela mi hermano y yo la acompañamos hasta el supermercado. Ella apuró el paso cuando pasamos frente a la casa abandonada que estaba a media cuadra del negocio. Nos dimos cuenta y le preguntamos por qué corría. Ella se rió. Me acuerdo de la risa de mi madre, lo joven que era esa tarde de verano, el olor a champú de limón de su pelo y la carcajada de chicle de menta.
—¡Soy más tonta! Me da miedo esa casa, no me hagan caso.
Trataba de tranquilizarnos, de portarse como una adulta, como una madre.
—Por qué –dijo Pablo.
—Por nada, porque está abandonada.
—¿Y?
—No hagas caso hijo.
—¡Decime, dale!
—Me da miedo que se esconda alguien adentro, un ladrón, cualquier cosa.
Mi hermano quiso saber más, pero mi madre no tenía argumentos, solamente su aprehensión. La casa había estado abandonada desde que mis padres llegaron al barrio, antes del nacimiento de Pablo. Ella sabía que, apenas meses antes, se habían muerto los dueños, un matrimonio de viejitos. ¿Se murieron juntos?, quiso saber Pablo. Qué morboso estás hijo, te voy a prohibir las películas. No, se murieron uno atrás del otro. Les pasa a los matrimonios de viejitos, cuando uno se muere el otro se apaga enseguida. Y desde entonces los hijos se están peleando por la sucesión. Qué es la sucesión, quise saber yo. Es la herencia, dijo mi madre. Se están peleando a ver quién se queda con la casa. Pero es una casa bastante chota, dijo Pablo, y mi mamá lo retó por usar una mala palabra.
—¿Qué mala palabra?
—Sabés perfectamente: no voy a repetir.
—Chota no es una mala palabra.
—Pablo, te reviento eh.
—Bueno. Pero está que se cae la casa, mamá.
—Qué se yo hijo, querrán el terreno, es un problema de la familia.
—Para mi que tiene fantasmas.
—¡A vos te están haciendo mal las películas!
Yo creí que se las iban a prohibir, pero mi mamá no volvió a mencionar el tema. Y, al día siguiente, mi hermano le contó a Adela sobre la casa. Ella se entusiasmó: una casa embrujada tan cerca, en el barrio, a dos cuadras apenas, era la pura felicidad. Vamos a verla, dijo ella. Salimos corriendo. Bajamos las escaleras de madera del chalet, muy hermosas, tenían de un lado ventanas con vidrios de colores, verdes, amarillos y rojos y estaban alfombradas. Adela corría más lento que nosotros y un poco de costado, por la falta del brazo; pero corría rápido. Esa tarde llevaba un vestido blanco, con breteles; me acuerdo de que, cuando corría, el bretel del lado izquierdo caía sobre su resto de bracito y ella lo acomodaba sin pensar, como si se sacara de la cara un mechón de pelo.
La casa no tenía nada especial a primera vista, pero si se le prestaba atención, había detalles inquietantes. Las ventanas estaban tapiadas, cerradas completamente, con ladrillos. ¿Para evitar que alguien entrara o que algo saliera? La puerta, de hierro, estaba pintada de marrón oscuro; parece sangre seca, dijo Adela.
Qué exagerada, me atreví a decirle. Ella solamente me sonrió. Tenía los dientes amarillos. Eso sí me daba asco, no su brazo, o su falta de brazo. No se lavaba los dientes; y además era muy pálida y la piel traslúcida hacía resaltar ese color enfermizo, como pasa en los rostros de las geishas o de los mimos. Entró al jardín, muy pequeño, de la casa. Se paró en el camino de baldosas que llevaba a la puerta, se dio vuelta y dijo:
—¿Se dieron cuenta?
No esperó nuestra respuesta.
—Es muy raro, ¿cómo puede ser que tenga el pasto tan corto?
Mi hermano la siguió, entró al jardín y, como si tuviera miedo, también se quedó en el sendero de baldosas que llevaba de la vereda a la puerta de entrada.
—Es verdad –dijo. —Los pastos tendrían que estar altísimos. Mirá, Clara, vení.
Entré. Cruzar el portón oxidado fue horrible. No lo recuerdo así por lo que pasó después: estoy segura de lo que sentí entonces, en ese preciso momento. Hacía frío en ese jardín. Y el pasto parecía quemado. Arrasado. Era amarillo, corto: ni un yuyo verde. Ni una planta. En ese jardín había una sequía infernal y al mismo tiempo era invierno. Y la casa zumbaba, zumbaba como un mosquito ronco, como un mosquito gordo. Vibraba. No salí corriendo porque no quería que mis hermano y Adela se burlaran de mi, pero tenía ganas de escapar hasta mi casa, hasta mi mamá, de decirle tenés razón, esa casa es mala y no se esconden ladrones, se esconde un bicho que tiembla, se esconde algo que no tiene que salir.
Adela y Pablo no hablaban de otra cosa. Todo era la casa. Preguntaban por el barrio sobre la casa. Preguntaban al quiosquero y en el club; a Don Justo, que esperaba el atardecer sentado en una silla sobre la vereda, a los gallegos del bazar y a la verdulera. Nadie les decía nada de importancia. Pero varios coincidieron en que la rareza de las ventanas tapiadas y ese jardín reseco les daba escalofríos, tristeza, a veces miedo, sobre todo de noche. Muchos se acordaban de los viejitos: eran rusos o lituanos, muy amables, muy callados. ¿Y los hijos? Algunos decían que peleaban por la herencia. Otros que nunca visitaban a sus padres, ni siquiera cuando se enfermaron. Nadie los conocía. Los hijos, si existían, eran un misterio.
—Alguien tuvo que tapiar las ventanas –le dijo mi hermano a Don Justo.
—Vos sabés que sí, ahora que decís. Pero lo hicieron unos albañiles, no lo hicieron los hijos.
—A lo mejor los albañiles eran los hijos.
—Seguro que no. Eran bien morochos los albañiles y los viejitos eran rubios, transparentes. Como vos, Adelita, como tu mamá. Polacos debían ser.
La idea de entrar a la casa fue de mi hermano. Estaba fanatizado. Tenía que saber que había pasado en esa casa, qué había adentro. Lo deseaba con un fervor muy extraño para un chico de once años. No entiendo, nunca pude entender qué le hizo la casa, cómo lo atrajo así. Porque lo atrajo a él, primero. Y él contagió a Adela.
Se sentaban en el caminito de baldosas amarillas y rosas que partía el jardín reseco. El portón de hierro oxidado estaba siempre abierto, les daba la bienvenida. Yo los acompañaba, pero me quedaba afuera, en la vereda. Ellos miraban la puerta, como si creyeran que podían abrirla con la mente. Pasaban horas ahí sentados, en silencio. La gente que pasaba por la vereda no les prestaba atención. No les parecía raro o quizá no los veían. Yo no me atrevía a contarle nada a mi madre.
O, a lo mejor, la casa no me dejaba hablar. La casa no quería que los salvara.
Seguíamos reuniéndonos en el living de la casa de Adela, pero ya no se hablaba de películas. Ahora Pablo y Adela –pero sobre todo Adela— contaban historias de la casa. De dónde las sacan, les pregunté una tarde. Parecieron sorprendidos, se miraron.
—La casa nos cuenta las historias. ¿Vos no la escuchás?
—Pobre –dijo Pablo. —No escucha la voz de la casa.
—No importa –dijo Adela. —Nosotros te contamos.
Y me contaban.
Sobre la viejita, que tenía ojos sin pupilas pero no estaba ciega.
Sobre el viejito, que quemaba libros de medicina junto al gallinero vacío, en el patio de atrás.
Sobre el patio de atrás, igual de seco y muerto que el jardín, lleno de pequeños agujeros como madrigueras de ratas.
Sobre una canilla que no dejaba de gotear porque lo que vivía en la casa necesitaba agua.
A Pablo le costó un poco convencer a Adela de entrar. Fue extraño. Ella parecía tener miedo. Ella parecía entender mejor. Mi hermano le insistía. La agarraba del único brazo y hasta la sacudía. Decidieron entrar a la casa el último día del verano. Fueron las exactas palabras de Adela, una tarde de discusión en el living de su casa.
—El último día del verano, Pablo –dijo. —Dentro de una semana.
Quisieron que yo los acompañara y acepté porque no quería dejarlos. Yo tenía 9 años. Era más chica que ellos pero sentía que debía cuidarlos. Que no podían entrar solos a la oscuridad.
Decidimos entrar de noche, después de cenar. Teníamos que escaparnos pero salir de casa de noche, en verano, no era tan difícil. Los chicos jugaban en la calle hasta tarde en el barrio. Ahora ya no es así. Ahora es un barrio pobre y peligroso, los vecinos no salen, tienen miedo de que los roben, tienen miedo de los adolescentes que toman vino en las esquinas. El chalet de Adela se vendió y fue dividido en departamentos. En el parque se construyó un galpón. Es mejor, creo. El galpón oculta las sombras.
Un grupo de chicas jugaba al elástico en el medio de la calle; cuando pasaba un auto paraban para dejarlo pasar. Más lejos, otros pateaban una pelota y donde el asfalto era más nuevo, más liso, algunas adolescentes patinaban. Caminamos entre ellas, desapercibidos. Adela esperaba en el jardín muerto. Estaba muy tranquila.
Conectada, pienso ahora.
Nos señaló a puerta y yo gemí de miedo. Estaba entreabierta, apenas una rendija.
—¿Cómo? —preguntó Pablo.
—La encontré así.
Mi hermano se sacó la mochila y la abrió. Traía llaves, destornilladores, palancas; herramientas de mi papá, que había encontrado en una caja, en el lavadero. Ya no las iba a necesitar. Estaba buscando la linterna.
—No hace falta –dijo Adela.
La miramos confundidos. Ella abrió la puerta del todo y entonces vimos que adentro de la casa había luz.
Recuerdo que caminamos de la mano, bajo esa luminosidad que parecía eléctrica, aunque en el techo, donde debía haber lámparas, sólo había cables viejos, asomando de los huecos como ramas secas. Afuera era de noche y amenazaba tormenta, una poderosa lluvia de verano. Adentro hacía frío y olía a desinfectante y la luz era como de hospital.
La casa no parecía rara, al principio. En el pequeño hall de entrada estaba la mesa del teléfono, un teléfono negro, como el de nuestros abuelos.
Que por favor no suene, que no suene, me acuerdo que recé, que repetí en voz baja, con los ojos cerrados. Y no sonó.
Los tres juntos pasamos a la siguiente sala. La casa se sentía más grande de lo que parecía desde afuera. Y zumbaba, como si detrás de las paredes vivieran colonias de bichos ocultos bajo la pintura.
Adela se adelantaba, entusiasmada, sin miedo. Pablo le pedía “esperá, esperá” cada tres pasos. Ella hacía caso pero no sé si nos escuchaba claramente. Cuando se daba vuelta para mirarnos, parecía perdida. En sus ojos no había reconocimiento. Decía “sí, sí”, pero yo sentí que ya no nos hablaba a nosotros. Pablo sintió lo mismo. Me lo dijo después.
La sala siguiente, el living, tenía sillones sucios, de color mostaza, agrisados por el polvo. Contra la pared se apilaban estantes de vidrio. Estaban muy limpios y llenos de pequeños adornos, tan pequeños que tuvimos que acercarnos para verlos. Recuerdo que nuestros alientos, juntos, empañaron los estantes más bajos, los que alcanzábamos: llegaban hasta el techo.
Al principio no supe lo que estaba viendo. Eran objetos chiquitísimos, de un blanco amarillento, con forma semicircular. Algunos eran redondeados, otros más puntiagudos. No quise tocarlos.
—Son uñas –dijo Pablo.
Sentí que el zumbido me ensordecía. Abracé a Pablo, pero no dejé de mirar. En el siguiente estante, el de más arriba, había dientes. Muelas con plomo negro en el centro, como las de mi papá, que las tenía arregladas; incisivos, como los que me molestaban cuando empecé a usar el aparato de ortodoncia; paletas como las de Roxana, la chica que se sentaba adelante mío en la escuela; le decíamos Coneja
Cuando levanté la cabeza para mirar el tercer estante, se apagó la luz.
Adela gritó en la oscuridad. Yo solamente escuchaba mi corazón: latía tan fuerte que me dejaba sorda. Pero sentía a mi hermano, que me abrazaba los hombros, que no me soltaba. De pronto vi un redondel de luz en la pared: era la linterna. Dije “salgamos, salgamos”. Pablo, sin embargo, caminó en dirección opuesta a la salida, siguió entrando en la casa. Lo acompañé. Quería irme, pero no sola.
La luz de la linterna iluminaba cosas sin sentido. Un libro de medicina, de hojas brillantes, abierto en el suelo. Un espejo colgado cerca del techo, ¿quién podía reflejarse ahí? Una pila de ropa blanca. Pablo se detuvo: movía la linterna y la luz sencillamente no mostraba ninguna otra pared. Esa habitación no terminaba nunca o su límites estaban demasiado lejos para ser alcanzados por la luz de una linterna.
—Salgamos –volví a decirle y recuerdo que pensé en irme sola, en dejarlo, en escapar.
—¡Adela! —gritó Pablo. No se la escuchaba en la oscuridad. Dónde podía estar, en esa habitación eterna.
—Acá.
Era su voz, muy baja, cercana. Estaba detrás nuestro. Retrocedimos. Pablo iluminó el lugar de donde venía la voz y entonces la vimos.
Adela no había salido de la habitación de los estantes. Nos saludó con la mano derecha, parada junto a una puerta. Después se dio vuelta, abrió la puerta que estaba a su lado y la cerró detrás suyo. Mi hermano corrió pero cuando alcanzó la puerta, ya no pudo abrirla. Estaba cerrada con llave.
Sé lo que Pablo pensó: buscar las herramientas que había dejado afuera, en la mochila, para abrir la puerta que se había llevado a Adela. Yo no quería rescatarla: solamente quería salir y lo seguí, corriendo. Afuera llovía y las herramientas estaban desparramadas sobre el pasto seco del jardín; mojadas, brillaban en la noche. Alguien las había sacado de la mochila. Cuando nos quedamos quietos un minuto, asustados, sorprendidos, alguien cerró la puerta desde adentro.
La casa dejó de zumbar.
No recuerdo bien cuánto tiempo pasó Pablo intentando abrir la puerta. En algún momento escuchó mis gritos. Y me hizo caso.
Mis padres llamaron a la policía.
Y todos los días y casi todas las noches vuelvo a esa noche de lluvia. Mis padres, los padres de Adela, la policía en el jardín. Nosotros empapados, con pilotos amarillos. Los policías que salían de la casa diciendo que no con la cabeza. La madre de Adela desmayada bajo la lluvia.
Nunca la encontraron. Ni viva ni muerta. Estuvieron dentro de la casa durante horas, toda esa noche y hasta la madrugada. Adela no estaba. Nos pidieron la descripción del interior de la casa. Se la dimos. La repetimos. Mi madre me dio un cachetazo cuando hablé de los estantes y de la luz. “¡La casa está llena de escombros, mentirosa!”, me gritó. La madre de Adela lloraba y pedía por favor dónde está mi hija.
En la casa, le dijimos. Abrió una habitación de la casa, entró y ahí debe estar todavía.
Los policías decían que no quedaba una sola puerta dentro de la casa. Ni nada que pudiera ser considerado una habitación. La casa era una cáscara, decían. Todas las paredes interiores habían sido demolidas.
Recuerdo que lo escuché decir “máscara”, no “cáscara”. La casa es una máscara, escuché.
Creían que mentíamos. O que estábamos shockeados. No querían creer, siquiera, que habíamos entrado a la casa. Mi madre no nos creyó nunca. La policía rastrilló el barrio entero, allanó cada casa. Incluso detuvieron a algunos vecinos por sospechosos, pero tuvieron que dejarlos libres muy pronto: nada los relacionaba con un supuesto secuestro. El caso estuvo en televisión: nos dejaban ver los noticieros y leer las revistas que hablaban de la desaparición. La madre de Adela nos visitó varias veces y siempre decía: “A ver si me dicen la verdad, chicos, a ver si se acuerdan”.
Nosotros volvíamos a contar todo. Ella se iba llorando. Mi hermano también lloraba. Yo la convencí, yo la hice entrar, decía.
Una noche, mi papá se despertó en medio de la noche, escuchó que alguien intentaba abrir la puerta. Se levantó de la cama, agazapado, pensando que encontraría a un ladrón. Encontró a Pablo, que luchaba con la llave en la cerradura –esa cerradura siempre andaba mal—; llevaba herramientas y una linterna en la mochila. Los escuché gritar durante horas y recuerdo que mi hermano le pedía por favor, que quería mudarse, que si no se mudaba, se iba a volver loco.
Nos mudamos. Mi hermano se volvió loco igual. Se suicidó a los 22 años. Yo reconocí el cuerpo destrozado. No tuve opción: mis padres estaban de vacaciones en la costa cuando se arrojó frente al tren, bien lejos de nuestra casa, cerca de la estación Beccar. No dejó una nota. Él siempre soñaba con Adela: en sus sueños, nuestra amiga no tenía uñas ni dientes, sangraba por la boca, sangraban sus manos.
Desde que Pablo se mató yo vuelvo a la casa. Entro al jardín, que sigue quemado y amarillo. Miro por las ventanas, abiertas como ojos negros: la policía derrumbó los ladrillos que las tapiaban hace quince años y así quedaron, abiertas. Adentro, cuando el sol la ilumina, se ven vigas, el techo agujereado, y basura. Los chicos del barrio saben lo que pasó ahí dentro. Los chicos creen nuestra versión. Nunca se pudo probar un secuestro. Nunca hubo pistas. Durante una época cambiaban al equipo de investigadores, echaban a policías, temblaba el gobernador. Ahora el caso está cerrado. Adentro de la casa, en el piso, los chicos del barrio pintaron con aerosol el nombre de Adela. En las paredes de afuera también. ¿Dónde está Adela?, dice una pintada. Otra, más pequeña, escrita en fibra, repite el modelo de una leyenda urbana: hay que decir Adela tres veces a la medianoche, frente al espejo, con una vela en la mano, y entonces veremos reflejado lo que ella vio, quién se la llevó.
Mi hermano, que también visitaba la casa, vio estas indicaciones e hizo este viejo ritual, una noche. No vio nada. Rompió el espejo del baño con sus puños y tuvimos que llevarlo al hospital.
No me animo a entrar. Hay una pintada sobre la puerta que me mantiene afuera. “Acá vive Adela, ¡cuidado!”, dice. Imagino que la escribió un chico del barrio, en chiste, o en desafío, para asustar. Pero yo sé que tiene razón. Que esta es su casa. Y todavía no estoy preparada para visitarla.
El Otro - Jorge Luis Borges
El hecho ocurrió el mes de febrero de 1969, al norte de Boston, en Cambridge. No lo escribí inmediatamente porque mi primer propósito fue olvidarlo, para no perder la razón. Ahora, en 1972, pienso que si lo escribo, los otros lo leerán como un cuento y, con los años, lo será tal vez para mí. Sé que fue casi atroz mientras duró y más aún durante las desveladas noches que lo siguieron. Ello no significa que su relato pueda conmover a un tercero.
Serían las diez de la mañana. Yo estaba recostado en un banco, frente al río Charles. A unos quinientos metros a mi derecha había un alto edificio, cuyo nombre no supe nunca. El agua gris acarreaba largos trozos de hielo. Inevitablemente, el río hizo que yo pensara en el tiempo. La milenaria imagen de Heráclito. Yo había dormido bien, mi clase de la tarde anterior había logrado, creo, interesar a los alumnos. No había un alma a la vista.
Sentí de golpe la impresión (que según los psicólogos corresponde a los estados de fatiga) de haber vivido ya aquel momento. En la otra punta de mi banco alguien se había sentado. Yo hubiera preferido estar solo, pero no quise levantarme en seguida, para no mostrarme incivil. El otro se había puesto a silbar. Fue entonces cuando ocurrió la primera de las muchas zozobras de esa mañana. Lo que silbaba, lo que trataba de silbar (nunca he sido muy entonado), era el estilo criollo de La tapera de Elías Regules. El estilo me retrajo a un patio, que ha desaparecido, y la memoria de Alvaro Melián Lafinur, que hace tantos años ha muerto. Luego vinieron las palabras. Eran las de la décima del principio. La voz no era la de Álvaro, pero quería parecerse a la de Alvaro. La reconocí con horror.
Me le acerqué y le dije:
-Señor, ¿usted es oriental o argentino?
-Argentino, pero desde el catorce vivo en Ginebra -fue la contestación.
Hubo un silencio largo. Le pregunté:
-¿En el número diecisiete de Malagnou, frente a la iglesia rusa?
Me contestó que si.
-En tal caso -le dije resueltamente- usted se llama Jorge Luis Borges. Yo también soy Jorge Luis Borges. Estamos en 1969, en la ciudad de Cambridge.
-No -me respondió con mi propia voz un poco lejana.
Al cabo de un tiempo insistió:
-Yo estoy aquí en Ginebra, en un banco, a unos pasos del Ródano. Lo raro es que nos parecemos, pero usted es mucho mayor, con la cabeza gris.
Yo le contesté:
-Puedo probarte que no miento. Voy a decirte cosas que no puede saber un desconocido. En casa hay un mate de plata con un pie de serpientes, que trajo de Perú nuestro bisabuelo. También hay una palangana de plata, que pendía del arzón. En el armario de tu cuarto hay dos filas de libros. Los tres de volúmenes de Las mil y una noches de Lane, con grabados en acero y notas en cuerpo menor entre capítulo, el diccionario latino de Quicherat, la Germania de Tácito en latín y en la versión de Gordon, un Don Quijote de la casa Garnier, las Tablas de Sangre de Rivera Indarte, con la dedicatoria del autor, el Sartor Resartus de Carlyle, una biografía de Amiel y, escondido detrás de los demás, un libro en rústica sobre las costumbres sexuales de los pueblos balkánicos. No he olvidado tampoco un atardecer en un primer piso en la plaza Dubourg.
-Dufour -corrigió.
-Esta bien. Dufour. ¿Te basta con todo eso?
-No -respondió-. Esas pruebas no prueban nada. Si yo lo estoy soñando, es natural que sepa lo que yo sé. Su catálogo prolijo es del todo vano.
La objeción era justa. Le contesté:
-Si esta mañana y este encuentro son sueños, cada uno de los dos tiene que pensar que el soñador es él. Tal vez dejemos de soñar, tal vez no. Nuestra evidente obligación, mientras tanto, es aceptar el sueño, como hemos aceptado el universo y haber sido engendrados y mirar con los ojos y respirar.
-¿Y si el sueño durara? -dijo con ansiedad.
Para tranquilizarlo y tranquilizarme, fingí un aplomo que ciertamente no sentía. Le dije:
-Mi sueño ha durado ya setenta años. Al fin y al cabo, al recordarse, no hay persona que no se encuentre consigo misma. Es lo que nos está pasando ahora, salvo que somos dos. ¿No querés saber algo de mi pasado, que es el porvenir que te espera?
Asintió sin una palabra. Yo proseguí un poco perdido:
-Madre está sana y buena en su casa de Charcas y Maipú, en Buenos Aires, pero padre murió hace unos treinta años. Murió del corazón. Lo acabó una hemiplejía; la mano izquierda puesta sobre la mano derecha era como la mano de un niño sobre la mano de un gigante. Murió con impaciencia de morir, pero sin una queja. Nuestra abuela había muerto en la misma casa. Unos días antes del fin, nos llamo a todos y nos dijo: "Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente. "Norah, tu hermana, se casó y tiene dos hijos. A propósito, ¿en casa cómo están?
-Bien. Padre siempre con sus bromas contra la fe. Anoche dijo que Jesús era como los gauchos, que no quieren comprometerse, y que por eso predicaba en parábolas.
Vaciló y me dijo:
-¿Y usted?
No sé la cifra de los libros que escribirás, pero sé que son demasiados. Escribirás poesías que te darán un agrado no compartido y cuentos de índole fantástica. Darás clases como tu padre y como tantos otros de nuestra sangre. Me agradó que nada me preguntara sobre el fracaso o éxito de los libros.
Cambié. Cambié de tono y proseguí:
-En lo que se refiere a la historia... Hubo otra guerra, casi entre los mismos antagonistas. Francia no tardó en capitular; Inglaterra y América libraron contra un dictador alemán, que se llamaba Hitler, la cíclica batalla de Waterllo. Buenos Aires, hacía mil novecientos cuarenta y seis, engendró otro Rosas, bastante parecido a nuestro pariente. El cincuenta y cinco, la provincia de Córdoba nos salvó, como antes Entre Ríos. Ahora, las cosas andan mal. Rusia está apoderándose del planeta; América, trabada por la superstición de la democracia, no se resuelve a ser un imperio. Cada día que pasa nuestro país es más provinciano. Más provinciano y más engreído, como si cerrara los ojos. No me sorprendería que la enseñanza del latín fuera reemplazada por la del guaraní.
Noté que apenas me prestaba atención. El miedo elemental de lo imposible y sin embargo cierto lo amilanaba. Yo, que no he sido padre, sentí por ese pobre muchacho, más íntimo que un hijo de mi carne, una oleada de amor. Vi que apretaba entre las manos un libro. Le pregunté qué era.
-Los poseídos o, según creo, Los demonios de Fyodor Dostoievski -me replicó no sin vanidad.
-Se me ha desdibujado. ¿Qué tal es?
No bien lo dije, sentí que la pregunta era una blasfemia.
-El maestro ruso -dictaminó- ha penetrado más que nadie en los laberintos del alma eslava.
Esa tentativa retórica me pareció una prueba de que se había serenado.
Le pregunté qué otros volúmenes del maestro había recorrido.
Enumeró dos o tres, entre ellos El doble.
Le pregunté si al leerlos distinguía bien los personajes, como en el caso de Joseph Conrad, y si pensaba proseguir el examen de la obra completa.
-La verdad es que no -me respondió con cierta sorpresa.
Le pregunté qué estaba escribiendo y me dijo que preparaba un libro de versos que se titularía Los himnos rojos. También había pensado en Los ritmos rojos.
-¿Por qué no? -le dije-. Podés alegar buenos antecedentes. El verso azul de Rubén Darío y la canción gris de Verlaine.
Sin hacerme caso, me aclaró que su libro cantaría la fraternidad de todos lo hombres. El poeta de nuestro tiempo no puede dar la espalda a su época. Me quedé pensando y le pregunté si verdaderamente se sentía hermano de todos. Por ejemplo, de todos los empresarios de pompas fúnebres, de todos los carteros, de todos buzos, de todos los que viven en la acera de los números pares, de todos los afónicos, etcétera. Me dijo que su libro se refería a la gran masa de los oprimidos y parias.
-Tu masa de oprimidos y de parias -le contesté- no es más que una abstracción. Sólo los individuos existen, si es que existe alguien. El hombre de ayer no es el hombre de hoy sentencio algún griego. Nosotros dos, en este banco de Ginebra o de Cambridge, somos tal vez la prueba.
Salvo en las severas páginas de la Historia, los hechos memorables prescinden de frases memorables. Un hombre a punto de morir quiere acordarse de un grabado entrevisto en la infancia; los soldados que están por entrar en la batalla hablan del barro o del sargento. Nuestra situación era única y, francamente, no estábamos preparados. Hablamos, fatalmente, de letras; temo no haber dicho otras cosas que las que suelo decir a los periodistas. Mi alter ego creía en la invención o descubrimiento de metáforas nuevas; yo en las que corresponden a afinidades íntimas y notorias y que nuestra imaginación ya ha aceptado. La vejez de los hombres y el ocaso, los sueños y la vida, el correr del tiempo y del agua. Le expuse esta opinión, que expondría en un libro años después.
Casi no me escuchaba. De pronto dijo:
-Si usted ha sido yo, ¿cómo explicar que haya olvidado su encuentro con un señor de edad que en 1918 le dijo que él también era Borges?
No había pensado en esa dificultad. Le respondí sin convicción:
-Tal vez el hecho fue tan extraño que traté de olvidarlo.
Aventuró una tímida pregunta:
-¿Cómo anda su memoria?
Comprendí que para un muchacho que no había cumplido veinte años; un hombre de más de setenta era casi un muerto. Le contesté:
-Suele parecerse al olvido, pero todavía encuentra lo que le encargan.
Estudio anglosajón y no soy el último de la clase.
Nuestra conversación ya había durado demasiado para ser la de un sueño.
Una brusca idea se me ocurrió.
-Yo te puedo probar inmediatamente -le dije- que no estás soñando conmigo.
Oí bien este verso, que no has leído nunca, que yo recuerde.
Lentamente entoné la famosa línea:
L'hydre - univers tordant son corps écaillé d'astres. Sentí su casi temeroso estupor. Lo repitió en voz baja, saboreando cada resplandeciente palabra.
-Es verdad -balbuceó-. Yo no podré nunca escribir una línea como ésa.
Hugo nos había unido.
Antes, él había repetido con fervor, ahora lo recuerdo, aquella breve pieza en que Walt Whitman rememora una compartida noche ante el mar, en que fue realmente feliz.
-Si Whitman la ha cantado -observé- es porque la deseaba y no sucedió. El poema gana si adivinamos que es la manifestación de un anhelo, no la historia de un hecho.
Se quedó mirándome.
-Usted no lo conoce -exclamó-. Whitman es capaz de mentir.
Medio siglo no pasa en vano. Bajo nuestra conversación de personas de miscelánea lectura y gustos diversos, comprendí que no podíamos entendernos.
Éramos demasiado distintos y demasiado parecidos. No podíamos engañarnos, lo cual hace difícil el dialogo. Cada uno de los dos era el remendo caricaturesco del otro. La situación era harto anormal para durar mucho más tiempo. Aconsejar o discutir era inútil, porque su inevitable destino era ser el que soy.
De pronto recordé una fantasía de Coleridge. Alguien sueña que cruza el paraíso y le dan como prueba una flor. Al despertarse, ahí está la flor. Se me ocurrió un artificio análogo.
-Oí -le dije-, ¿tenés algún dinero?
-Sí - me replicó-. Tengo unos veinte francos. Esta noche lo convidé a Simón Jichlinski en el Crocodile.
-Dile a Simón que ejercerá la medicina en Carouge, y que hará mucho bien... ahora, me das una de tus monedas.
Sacó tres escudos de plata y unas piezas menores. Sin comprender me ofreció uno de los primeros.
Yo le tendí uno de esos imprudentes billetes americanos que tienen muy diverso valor y el mismo tamaño. Lo examinó con avidez.
-No puede ser -gritó-. Lleva la fecha de mil novecientos sesenta y cuatro. (Meses después alguien me dijo que los billetes de banco no llevan fecha.)
-Todo esto es un milagro -alcanzó a decir- y lo milagroso da miedo. Quienes fueron testigos de la resurrección de Lázaro habrán quedado horrorizados. No hemos cambiado nada, pensé. Siempre las referencias librescas.
Hizo pedazos el billete y guardó la moneda.
Yo resolví tirarla al río. El arco del escudo de plata perdiéndose en el río de plata hubiera conferido a mi historia una imagen vívida, pero la suerte no lo quiso.
Respondí que lo sobrenatural, si ocurre dos veces, deja de ser aterrador. Le propuse que nos viéramos al día siguiente, en ese mismo banco que está en dos tiempos y en dos sitios.
Asintió en el acto y me dijo, sin mirar el reloj, que se le había hecho tarde. Los dos mentíamos y cada cual sabía que su interlocutor estaba mintiendo. Le dije que iban a venir a buscarme.
-¿A buscarlo? -me interrogó.
-Sí. Cuando alcances mi edad habrás perdido casi por completo la vista.
Verás el color amarillo y sombras y luces. No te preocupes. La ceguera gradual no es una cosa trágica. Es como un lento atardecer de verano. Nos despedimos sin habernos tocado. Al día siguiente no fui. El otro tampoco habrá ido.
He cavilado mucho sobre este encuentro, que no he contado a nadie. Creo haber descubierto la clave. El encuentro fue real, pero el otro conversó conmigo en un sueño y fue así que pudo olvidarme; yo conversé con él en la vigilia y todavía me atormenta el encuentro.
El otro me soñó, pero no me soñó rigurosamente. Soñó, ahora lo entiendo, la imposible fecha en el dólar.